Hoy en día existen productos de todas partes del mundo disponibles. Queremos probar todo y conocer a través de ellos a poblaciones que jamás hemos visitado. Podemos sentir lo que estos extraños han trabajado y comprender a otras culturas por medio de su gastronomía. Cuando degustamos un salado y fuerte jamón serrano, sentimos la fuerza y el carácter del español; al pedir un prosciutto de pronto nos imaginamos un romántico italiano seduciendo a su amada con una tajada de este suave manjar.
Somos privilegiados por estar en el centro del transporte marítimo y, por ende, poder recibir toda clase de productos alimenticios. Es increíble que en mercados y tiendas especializadas consigamos variedades de quesos, vinos, panes y aceites provenientes de todo el planeta. Que afortunados somos aquellos que nos lanzamos a probar lo nuevo, abriendo fronteras y dejando a nuestra mente viajar a tierras lejanas con un solo bocado de comida. Vivimos en un paraíso gastronómico si agregamos todos los productos que además generan nuestras tierras, y que otros llaman exóticos.
Hay un pequeño nudo en esto de la comida importada que debemos desenredar para no caer en la trampa de aceptar cualquier cosa extranjera como buena. Para esto necesitamos educar a nuestra gente. Explicarles qué hay detrás de cada producto, cómo se hace, cuánto tiempo toma su elaboración, y si es hecho por manos conocidas o simplemente por máquinas lejanas. Si comenzamos por aquellos jóvenes a quienes les ha tocado la labor de vender estos productos, sería maravilloso entrenarlos sobre la historia y el proceso de producción de cada uno de los manjares que llegan. Con la tecnología existente les podemos mostrar videos de producción y charlas de aquellos que explican y muestran sus plantaciones, fábricas y laboratorios de control de calidad. También debemos darles a estos neo-distribuidores de conocimientos el placer de probar cada uno de estos platillos, combinarlos con otros sabores y deleitarse de lo nuevo en el mercado. Que en el momento en que se les pida despachar un poco de aceitunas calamata o de queso de cabra, el vendedor sepa de qué se trata, y cómo se va a sentir el comensal cuando de repente rompa en su boca una deliciosa y jugosa aceituna, o una tajada delgada de prosciutto y un crujiente pan. Que puedan explicarle a la persona cómo revive ese pan francés en un par de horas para servirlo a sus invitados tal y como sale del horno. Qué hace un cliente con ese queso desconocido, que no ha probado, para servirlo sin temor. En fin, que tengan una formación que les brinde orgullo y seguridad a su trabajo.
Hoy en día vemos cocineros vestidos elegantemente por doquier con sus chaquetas de chef y sus sombreros altos. Esta vestimenta es en realidad un logro que se lleva con mucho honor luego de años de trabajar, ensuciarse, limpiar y recoger en una cocina. No sólo el uniforme hace al cocinero. La cocina es una pasión por la cual hay que pasar por todos los niveles, desde saber lavar las ollas, cortar las verduras, refrigerar bien los alimentos, mantenerlos vivos cuando llegan a la cocina (y al escribir “vivos” me refiero a las verduras recién cortadas y frescas que bajan de las tierras altas), hasta preparar un plato, servirlo y llevarlo a la mesa. Debemos pasar por muchas estaciones para poder llevar con altura esa toca o sombrero, al igual que la chaqueta blanca y limpia del chef ejecutivo que dice ser el jefe y guía de una cocina y que ya no necesita ensuciarse como lo hacía en un principio. Estos jóvenes cocineros que quieren salir adelante tienen un don en común. Todos sienten pasión por la cocina, se quedan horas y horas viendo a otros, tratando de aprender, apreciando los olores de diferentes mezclas, frutas y hierbas, y su transformación en platos deliciosos y elegantes. No tienen horario, como cuenta el libro The Making of a Chef de Michael Ruhlman, son gente pensadora, creativa y meditabunda, a veces fuertes y aparentemente toscos, pero esa luz interna que se enciende en los momentos en que sirven un plato de comida muestra su pasión.
En restaurantes de talla mundial, se reúnen a diario el chef, sus cocineros y sus meseros, para discutir, probar y hablar sobre los ingredientes escogidos y el menú del día. De manera que cuando llega una persona a su mesa y pregunta cuál es el especial del día, todos los empleados del lugar son capaces de explicar qué se servirá ese día, a qué sabe, y la razón de la elección del menú. De dónde vienen los productos, quién los produce y cómo han llegado a la cocina en horas de la mañana, son placeres por los cuales pagamos mayores sumas de dinero cuando decidimos ir a un restaurante reconocido. El hecho de llegar a una cocina en donde se ha tratado al alimento con seriedad e importancia, como lo haría sólo un apasionado, es lo que da a estos prestigiosos lugares sus estrellas y sus grandes nombres. Esto les permite crecer, desarrollarse y conocerse a nivel mundial.
Tenemos muchas personas apasionadas por la cocina en nuestra tierra. Lo vemos a diario en lugares pequeños y grandes, elegantes y deportivos, creciendo y tratando de hacerse un nombre. Desde productores de alimentos como quesos, carnes, embutidos, hortalizas y frutas exóticas, hasta restaurateurs, elaboran sus productos con la pasión y el cuidado que refleja un estilo de vida que eleva a éstos y da categoría a sus sitios. Con el gran número de frutos del mar frescos que nos llega diariamente, podemos desarrollar preparaciones como en los mejores restaurantes del Mediterráneo, y específicamente de las costas españolas, que tanto están dando de qué hablar en los últimos años. Además, sus ácidos omega 3 nos mantendrán como a todos los isleños, relajados y felices.