| UN CRIMEN PREMEDITADO.
Aniversario del asesinato de Spadafora
Roberto Díaz Herrera
Podemos ubicarnos en ideologías diferentes, podemos tener sentimientos opuestos, ser adversarios políticos enconados; de tales diferencias vive la sociedad mundial, de las polaridades se nutren las generaciones humanas.
Las propias religiones, llamadas a ser luces encendidas de la espiritualidad, se han trenzado casi que hasta ahora en guerras fratricidas, sin sustento. En nombre de Cristo se han cometido crímenes horrendos.
En esas líneas grises de las diferencias entre los hombres, encontramos los tonos que hacen las distancias entre un ser apasionado, ofuscado, vengativo, pendenciero, agresivo, todo eso parte de nuestras actitudes que alguna vez adoptamos por distintas causas, al otro ser, el que lleva el matiz tenebroso del hombre - animal, aquél que yendo más allá de la furia salvaje del lobo de Gubia, "la bestia temerosa, de sangre y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal", el que describe Rubén Darío, el terror del poblado, el asesino de hombres y ovejas, convierte al ser humano en un salvaje sin fronteras morales.
Y hasta aquél lobo hambriento acudió al llamado de Francisco de Asís, e indagado por sus crímenes responde al Santo: "es duro el invierno, y es horrible el hambre. En el bosque helado no hallé qué comer, y busqué el ganado y a veces comí ganado y pastor"...
Leí las primeras noticias del crimen de Hugo en la columna de Sánchez Borbón en La Prensa.
Seguramente no me creyeron para nada cuando dije, luego, que allí fue donde supe por vez primera la información sobre su secuestro, y luego, sobre el resto de los hechos, sobre su asesinato, que jamás imaginé que podían realizarlo manos de panameños. ¿Qué rabias diabólicas podían llevar a un ser humano a ir más allá de la furia del lobo de Rubén Darío?
Aquél asesinato premeditado, realizado con saña, alevosía, ventaja, con la más infinita cobardía humana, con una crueldad sin límites que raya en lo verdaderamente imperdonable por el sadismo utilizado, fue justamente lo que hizo en mi psiquis y en mi corazón mi propia orden de poner fin, con todas mis fuerzas posibles, a aquél régimen podrido de muerte en su propia cabeza, irredimible ya, que manchaba un uniforme que llevé con todo orgullo al lado de Omar Torrijos, el mismo que incluso se ganó el aprecio del propio Hugo, al punto de aceptar la amistad del general, y ser su viceministro de Salud y trabajar en las áreas más humildes de Colón como jefe regional.
Hugo y yo tuvimos una amistad conceptual, la que no se da en los salones de coctelitos superfluos. Tuvimos charlas íntimas, varias veces, e incluso me mandó saludos con mi esposa Maigualida, unos pocos meses antes de su suplicio; iba con "Fifi", pequeña entonces, según me dijo mi señora, y se encontraron en Marbella en el centro comercial donde está la agencia de la Caja de Ahorros; "salúdame a Roberto, Maigualida, dile que él sabe que no lo puedo buscar ahora".
La explicación la comprendí: ya él acusaba tenazmente a Noriega para entonces y yo todavía era "un subalterno militar", aunque estaba tremendamente distanciado de este último, un "jefe" que tenía la obligación moral de rechazar, analizando desde entonces mi difícil posición de estar en una institución verticalizada, dentro de esquemas de "obediencia debida", pero igualmente con un lema que me enseñó un gran instructor militar, el entonces teniente Hernán Alzamora: "recuerde, hijo, que la disciplina nunca es ciega, que cuando el superior pierde la razón, el subalterno tiene el derecho de perderle el respeto"... Yo para entonces, septiembre de 1985, no le tenía ninguno, de hecho no asistía a las reuniones del Estado Mayor, pese a fungir como el "jefe del Estado Mayor".
Todo era ya formal, un cargo de papel, pero intuyendo que estar en tal ubicación no era una casualidad. Ya yo había leído el sentido oriental de que no hay tales casualidades.
Mis padres, que fueron maestros, cristianos, practicantes de la humanidad más hermosa, jamás me habrían perdonado desde el cielo, verme en complicidades de crímenes horrendos.
Ellos, Anastasio y Gregoria, me importaron siempre más que las órdenes estúpidas de un psicópata que no diferenciaba, en los demás a los cuales sometía, la distancia entre la vida otorgada por Dios y la muerte, la misma que solo la mano divina sabe sellar, en su momento justo.
Las órdenes militares nunca pudieron someterme o colocarse por encima de las lecciones paternas, de solidaridad y compasión, aun dentro de las limitaciones, las fallas, los errores.
Desde aquél día que leí esa columna que me sacudió la noticia de que Hugo no aparecía, supe que "había llegado un momento crucial"; los entendimientos de los demás, las suspicacias, los entretelones incomprendidos, envueltos en los factores que me rodeaban, como estar inmerso en un drama que me enfrentaba no solo con Noriega, sino con poderes sin escrúpulos como la CIA, al menos la de entonces (a propósito, el ex embajador Ted Briggs y el general retirado Marc Cisneros dicen hoy que ellos mismos con su gran poder no podían enfrentar las cosas de la CIA), me hicieron vivir un intenso drama, que hoy, gracias a Dios, me parece una película de horror, de la cual fui protagonista directo, aunque a veces me parece mentira haberla vivido.
Ese crimen fue el motivo de mi explosión; por ese asesinato de mi íntimo amigo, intenté un golpe militar interno, en octubre de ese año 1985, que no logro articular, que irónicamente detuvo directamente el difunto Moisés Giroldi, parado pistola en mano frente a mí, y secundado por el poder del todopoderoso comandante del Comando Sur en Panamá, el general Galvin, que me llamó para decirme: "coronel Díaz Herrera, sepa que el único general que aceptamos es el general Noriega"... el resto es bastante conocido, especialmente en los últimos días, con tanto ruido sobre aquellos hechos. Estoy seguro que Hugo sabe bien todo esto, y conoce que aunque lo suyo no fue la única motivación, sí fue la más importante; su caso marcó la hora H, el momentum exacto.
Sin aquél asesinato, sin aquella sacudida a mi psiquis afectiva tal vez la cruel dictadura amoral habría durado varios años más en la vida de los panameños. Lo digo yo que conozco lo profundo de mis motivaciones, no importa que "historiadores, analistas o periodistas", todavía no lo comprendan.
El autor fue jefe del Estado mayor de las Fuerzas de Defensa y actualmente se desempeña como embajador en Perú
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