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Panamá, sabado 15 de septiembre de 2007
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Pasa en las mejores familias

Campo Elías Estrada
cestrada@prensa.com

OPINIÓN. Lo que sucedió en Puebla, México, es una buena oportunidad para darse cuenta de que allá no todo es color de rosas, aunque tenga toda la infraestructura del mundo en materia de fútbol y que allí se hayan realizado dos Copas del Mundo. Lo que pasó en el estadio Cuauhtémoc de Puebla me hizo recordar los potreros de cancha que tenemos acá, que se convierten en chiqueros con unos minutos de lluvia que le caigan.

Diferente a lo que hoy es el estadio Rommel Fernández, donde ya no pasan estas cosas. Recuerdo su primer examen internacional cuando en la capital cayó un palo de aguacero durante toda una tarde y en la noche un partido amistoso que se jugó contra Paraguay se disputó sin ningún problema, diferente a lo que vimos por la televisión el domingo desde Puebla, que fue deprimente viniendo de una de las dos potencias del área.

Por eso me parece que lo más sensato que pudo haber hecho el gobierno de Martín Torrijos fue reacondicionar el estadio juandieño en el que tanto dinero se invirtió en vano en la reparación de su cancha. Hoy, gracias a la gestión que hizo en su momento el entonces director del Inde Roberto Bob Arango, Panamá puede sentirse orgullosa de la cancha que tiene su principal coliseo de ese deporte. Los nuevos directores que pasen por la entidad deportiva están en la obligación de darle mantenimiento y no permitir que se haga un mal uso de ella, porque dentro de un año la cancha será el punto medular de todas las mejoras que se le están haciendo al estadio, hay que cuidarla y darle mucho cariño, para que no vaya a suceder lo que pasó en el estadio Cuauhtémoc de Puebla.

Lo que aconteció el domingo en México es una anécdota, un partido que no se terminó, inconcluso, cuando se hable de él habrá que hacer un paréntesis, porque no cumplió con el tiempo reglamentario. Lamentablemente los 45 minutos que se jugaron no dan muchos parámetros para valorar el rendimiento de nuestro seleccionado, porque desde el momento en que el balón dejó de rodar los esquemas de Hugo Sánchez y Alexandre Guimaraes se fueron al fango y se diluyeron en la lluvia; el partido se terminó de jugar con más fuerza que otra cosa. Pero al final me queda un cosquilleo.

Tiene que ver con el autogol de Felipe Baloy. Nadie puede desconocer las virtudes del jugador del Monterrey, pero en la selección siempre se lleva un chasco. Si no es un autogol, despeja mal, o se resbala, o hace una mala entrega, por lo regular los 90 minutos siempre le tiene destinado un mal momento aunque haya hecho el partido de su vida. El domingo el balón le pegó accidentalmente en su cabeza y anotó en la cabaña de Penedo. Muy de malas. Por fortuna para Baloy el partido no cuenta.

El autor es periodista




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