| DE DICTADURA A DEMOCRACIA.
La capacidad para evolucionar
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Para los que por principios y profunda convicción democrática fuimos enemigos de la dictadura militar a partir del primer día de la misma -el 11 de octubre de 1968- la lucha fue larga y con diario riesgo de vida. Hubo una época cuando, ya dirigiendo La Prensa, recibía de 3 a 4 amenazas de muerte por semana. En una ocasión, por insistencia de mi familia me hice asesorar por expertos internacionales en seguridad. Estudiaron mi rutina diaria y me entregaron una larga lista de recomendaciones que en la reunión con ellos deseché, diciéndoles "mi enemigo es el ejército del Gobierno, no un individuo o grupo; frente a esto no hay protección posible. Además, si sigo sus recomendaciones dejo de vivir, lo que equivale a morir. Muchas gracias, pero no gracias".
Gracias a Dios pude ver el cambio hacia la democracia (muchos otros luchadores murieron sin verla).
Llegada la democracia sentí la necesidad de provocar un cambio de dirección en La Prensa hacia gente con los mismos principios pero sin mi pasado de necesaria lucha radical. En pocas palabras, hicimos un esfuerzo por evolucionar y por no quedarnos anclados en un pasado ya superado. Lo fácil, lo sencillo, hubiera sido seguir odiando y no aceptar que el ser humano puede evolucionar, pero la salida fácil normalmente no es la mejor ni la más civilizada; como dice mi hermano Billy Ford, podremos perdonar, pero nunca olvidar.
Bueno, pero si los opositores a la dictadura podemos evolucionar, ¿no debemos pensar que los aliados e instrumentos de la dictadura también podrían tener la posibilidad de hacer lo mismo? … la respuesta, obviamente, es "sí".
Expongo mis experiencias con algunas personas:
Gabriel Lewis Galindo (q.e.p.d.): de aliado de la dictadura pasó a ser un incansable y muy eficaz luchador contra la misma. Muchos de la oposición desconfiaban de él; yo no. Lo vi evolucionar e hice equipo con él, confiado... y no me equivoqué.
Cuando Pérez Balladares lo nombró canciller y yo todavía dirigía La Prensa, Gabriel me llamó un día y me comentó que aunque él conocía poco a Daniel Delgado Diamante y sabía que no gozaba de simpatía alguna dentro del gobierno, éste había decidido que se había producido el final de la carrera militar en Panamá, volvió a la Universidad y se graduó de abogado… y se le había acercado para pedirle lo nombrara en alguna posición en la Cancillería para demostrarle su capacidad. Gabriel decidió probarlo y lo nombró secretario general de la Cancillería, y quería solicitarme que La Prensa le diera una oportunidad de probarse en su puesto civil, en vez de entrarle a golpes enseguida por su pasado. Así fue, y cuando se negociaba con los gringos lo de la limpieza del material bélico en las antiguas bases (tema aún pendiente), personalmente observé a Delgado Diamante planteando la posición panameña a nombre de la Cancillería en forma firme, inteligente, estudiada y con elegancia diplomática; no hablaba un gorila… hablaba un hombre de leyes. Durante el gobierno arnulfista aplicó a un puesto de un programa internacional en Ciudad del Saber y ganó el concurso muy lejos del que llegó segundo. Yo era síndico fundador de la Ciudad del Saber y sus administradores, con las manos en la cabeza, me preguntaron: "¿¡qué hacemos!?"… mi posición fue que había que nombrarlo, pues se había ganado un concurso por méritos propios; así fue, y cumplió sus tareas con igual eficacia.
Este gobierno lo nombró director de Aduanas (un tradicional y reconocido antro de corrupción) y en poco tiempo limpió con eficacia la operación, produciéndole al fisco nacional aumentos geométricos en las recaudaciones.
En conclusión, Delgado Diamante sin duda evolucionó, y se convirtió en un hombre de leyes y servidor público eficaz. Por supuesto que ahora -dirigiendo el ministerio que tiene autoridad sobre la Fuerza Pública y con el problema político mayor de este gobierno como es la seguridad- Daniel Delgado D. puede caer en la tentación de resbalar hacia atrás (confundiendo lo militar con lo policial) en vez de seguir evolucionando; el tiempo dirá. El país entero lo tendrá en la mira, y tiene que cuidarse de parientes políticos que andan usando su nombre para asuntitos personales, pero se ha ganado la oportunidad del beneficio de la duda (de por lo menos este ciudadano quien en el pasado, por su puesto militar, fuera su enemigo)… y adiciono una postdata: también merece mi respeto, pues durante la invasión –mientras Noriega y casi la totalidad de los uniformados huía– fue Delgado Diamante el único alto oficial que accionó como soldado.
Otro que evolucionó y ha accionado con sorprendente eficacia en sus recientes puestos públicos es Benjamín Colamarco; eso sí, metió la pata feo cuando hace poco dijo que sentía orgullo por su labor frente a los Batallones de la Dignidad. Defender el suelo patrio es digno, pero romper cabezas y matar a sus propios hermanos en la nacionalidad, siguiendo las directrices de un reconocido narcodictador fue un grave error que Colamarco debe afrontar como varón.
Otra evolución que merece atención es la de Balbina Herrera. De revolcarse en la plaza pública y defender negocios obscuros de parientes, pasó a convertirse en una dama con una dedicación y eficacia política extraordinarias. Una de sus virtudes como política es que dice lo que piensa, no lo que piensa que la gente quiere oír, y es comprobadamente eficaz en la ejecución (algo normalmente difícil de lograr en los políticos). Su carrera política está volando por evolución y méritos propios, no necesariamente por simpatías de los del círculo gobernante que seguramente la ven con cierto recelo.
Sin embargo, distinto es el caso de Pedro Miguel González: por una imperdonable chambonada política del Presidente de la República al dar luz verde a sus aspiraciones (aunque más tarde se haya arrepentido de haberlo hecho) -Pedro Miguel González fue electo presidente de la Asamblea… con los funestos resultados conocidos.
En la toma de posesión de la Presidencia de la Asamblea, Pedro Miguel González se disparó un discurso de nacionalismo trasnochado, propio de una época que ya pasó; parecía estar peleando una guerra que terminó hace casi dos décadas. Su elección y diatriba posterior no representaron un acto nacionalista, sino uno de crasa estupidez política. Nacionalistas serían los predecibles actos de los legisladores norteamericanos si meten en el congelador el convenio comercial que con tanto esfuerzo logró nuestro país a través de varios gobiernos.
Me adelanto a las peloneras que me enviarán algunos de mis compañeros de lucha por la democracia por estas opiniones, y les digo con un fraternal abrazo "no olviden, pero ¡evolucionen!".
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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