| Acelgas. ‘Beta vulgaris’
Intensos colores, delicado sabor
Se conoce de su consumo desde la antigua Mesopotamia, y también por los griegos y romanos.
A Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán, le gustaban mezcladas en un arroz con toque de bacalao.
909747Ana Alfaro
Especial para La Prensa
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Entre la omnipresente pila de libros por leer que yace al pie de mi cama hay uno que se llama Mesopotamia: The invention of the city. Comienza por Eridu, el edén mesopotámico, y culmina, por supuesto, con la gran Babilonia, que hasta a Alejandro Magno le quitase el aliento.
Y me parece bellísima coincidencia que el Oxford Companion to Food me informe que existe evidencia del cultivo de la acelga en Mesopotamia, y que esta hortaliza tenga raíces profundas en el mundo árabe.
Es más, hasta su nombre nos viene del árabe silq. A Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán, le gustaban mucho mezcladas en un arroz con toque de bacalao, aunque yo más bien las prefiero salteadas con un poquito de limón, o con especias que evocan el medio oriente, como en la receta de hoy, que tiene un gran parecido a la de las espinacas a la catalana.
Muy bien puedo imaginarme a Alejandro pegándose un banquetazo con unas acelgas preparadas de forma similar, pero por supuesto que sin disfrutarlas tan intensamente como nosotros, ya que el hambre del señor aquel no era de comida, sino de conquista.
Y hablando de espinacas, en realidad me gusta utilizar la acelga como sustituto de esta, ya que la espinaca nacional no me gusta para nada, por lo babosa que es.
(Vea La acelga, polifacética)
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