| CALVARIO.
El FBI, el caso Salvatti y nuestra justicia
Desmond Harrington Shelton
desmondfinian@gmail.com
Todavía no me recuperaba del asco hacia el fiscal de Carolina del Norte que había vejado la verdad ocultando información que hubiese evitado aquel calvario por lo largo de un año a tres atletas de Duke, cuando me entero del caso Salvatti. En 1965 hubo un asalto y muertos en Boston donde el joven Joe Salvatti (24 años) había sido señalado falsamente como partícipe y por esto pasó 30 años tras las rejas. Peor aún, su némesis, el FBI-Boston, ocultaba evidencia prima facie que lo hubiese exculpado desde el principio. Él es puesto en libertad condicional en 1997, se recupera rápidamente y opta por desgarrarle el velo a la añeja fabricación en su contra. El recuperar tiempo perdido como jugar mayor tiempo con sus nietos y reclinarse en su mecedora, tomaría un segundo lugar hasta el lograr limpiar su nombre y obtener una revisión a su inmerecida sentencia. Cuatro años después, y gracias a su perseverancia y estoicismo, Joe logra que el Departamento de Justicia de EU descubra la información que ocultaba el FBI-Boston. En el 2001 es formalmente absuelto.
Salvatti tiene que haber sido un fuera de serie, ya que su esposa lo esperó esos 30 largos años junto con sus cuatro hijos que jamás lo negaron como piedra angular de la familia. Días atrás, el Estado le otorga $30 millones y Joe no hace digna la minúscula restitución mencionándola sino el indeleble daño que aquel fallo le hizo en no ver a sus hijos crecer, asistir a sus bodas y presenciar los bautizos de sus nietos. Lo que no nos contará es que su mayor dolor fue el ser negado por muchos de sus amigos durante su estancia en la cárcel, el ser conspicuamente señalado por extraños en la calle cuando fue liberado condicionalmente y más aún, haber caído en lenguas viperinas de su respectivo Peyton Place por personajes que nunca lo llegaron a conocer pero graznaron desde un púlpito. Le minaron oportunidades de levantar cabeza en el umbral de un difícil siglo XXI. También, puede que Joe no nos cuente la cantidad de sueños y ambiciones personales en que jamás podrá embarcarse debido a aquella zorra llamada geriatría. Joe aportó su grano de arena en su corto tránsito libre por este planeta; nos enseñó que desenvainar contra gigantescos molinos de viento da frutos a las finales e inspiración a sus similares en el presidio (o auto exilio).
Meditando sobre esto me reconfirma que el primer mundo cuenta con órganos judiciales que contienen la dinámica interna para auto corregirse y son, contrario a nuestros tribunales del tercer mundo, receptivos a observaciones constructivas (sin solicitar destituciones de los que los investigan y escudarse detrás de una Asamblea poblada de eunucos vestidos de seda). A estas alturas de mi vida he concluido que para una nación incursionar colectivamente al primer mundo tiene que tener buenos modelos, afán y vocación de sus labores remuneradas, cortesía común hacia terceros, diálogos diarios con Dios y transparencia gubernamental. Aquí en Panamá, Salvatti todavía estaría preso y, me consta con Dios de testigo, que aunque el Procurador hubiese recomendado su libertad en la casación ante la Corte Suprema, algún magistrado no se hubiese recusado por su evidente vinculación con la parte acusadora. Mientras tanto, nuestro protagonista continuaría siendo ignorado por la directiva del Colegio Nacional de Abogados distraída con papalotes o rastreando unicornios. Aun así, son pocos en nuestra aún joven república que se atreverían a admitir públicamente que no ven el traje nuevo del emperador y que nuestra administración de justicia da vergüenza o provoca inmolación. En fin, muchos aquí padecemos del síndrome del avestruz, o, peor aún, el de Estocolmo. Paradójicamente, apoyamos a aquella minoría arropada en la impunidad que secuestra nuestra oportunidad de emerger al primer mundo como nación por medio de nuestro silencio o cooperando como si ellos fuesen virtuosos flautistas de Hamelin o nosotros unos diminutos lemingos auto defenestrándonos al abismo acompañados por los mejores años que nuestros padres tanto sacrificaron por nosotros durante nuestros años formativos.
Concluyendo, me alegro por Joe Salvatti, ya que no murió en la cárcel como sus otros dos coacusados por un crimen que no cometieron. Además, que fue expiado en vida de la conspiración orquestada por instituciones cuyo norte supuestamente era protegerlo y no vejarlo "rasputinamente". Nadie le devolverá sus 30 años en el presidio y el resto de sus noches continuarán siendo largas.
El autor es ciudadano panameño
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