| ‘LA MANO LUCRATIVA DEL HOMBRE’.
Reclamo inédito de nuestra madre Tierra
Olmedo Carrasquilla II
Sin dudas son evidentes los acontecimientos naturales que percibimos en el entorno y a través de los medios de comunicación sin descansar en las corresponsalías y reportajes de todas las latitudes del globo.
Crecen los riegos y el pánico por las grandes dimensiones con que la madre Tierra recobra vida al observar inundaciones, desorden en el clima, radicales tormentas huracanadas, autoincendios forestales, sequías extremas, deshielo, desincronización de los ciclos de vida biológicas y la escasez de recursos que pasarán a nuestra historia expuestas en museos y enciclopedias.
Reconocemos los distintos niveles de estudios científicos ambientales realizados por cuerpos e instituciones jerárquicas y perfiles inigualables; sin embargo, no es cuestión de competitividad o de la razón pura de la calidad de investigaciones sino de la integridad de principios humanos que eleven el nivel de conciencia para evitar por "la mano lucrativa del hombre", la destrucción del planeta.
Inventar, rediseñar y hacer toda clase de maniobras tecnológicas para mitigar los cambios climáticos no son actos, porque el negocio del armamentismo y sus secuelas en distintas épocas alteraron el ecosistema como lo fue en Vietnam, y hoy es evidente con el armamentismo antibiológico como transgénicos, pesticidas, químicos y radioactivos reemplazan genéticamente al humano.
En nuestro caminar somos testigos y víctimas de aquel escenario, cuando sin piedad e intolerancia el mercado salvaje absorbe como aspiradora los últimos vestigios de las maravillas de la tierra. Un afán del sistema económico insostenible que opera en los cerebros de gobiernos y magnates de la depredación.
En ese mismo espacio no caben los terceros mundos, los de la exclusión social, los torturados y desaparecidos por la industria, maquilas generadoras de gases tóxicos y carbono que constituyen el oxígeno putrefacto de la incongruente atmósfera que sostiene miles de vidas desamparadas de las soluciones de los estados.
Distintos relatos nos dicen que el planeta no cicatriza y que la máquina del hombre trunca con su enana conciencia el futuro de las generaciones, quienes heredarán las consecuencias. Aquéllas debieron legar el amor a la vida planetaria.
¿Qué podemos hacer? Debe ser la interrogante. Cuando el clima sucumbe al desarrollo ecológico y humano. Creemos en las alternativas de fácil discernimiento, pero pecamos cuando de la unidad de las personas emanan artificiales principios e intereses financieros que divorcian la común solución.
Ironías casuales que como pueblos en desarrollo la dinámica de la globalización impone, y que nuestra madre Tierra reclama con sus cambios radicales convirtiéndonos en desafortunados, huérfanos y en entes irreconocibles de las tragedias producidas por los chupa sangre de los recursos naturales.
No es verborrea académica o de diarios, ni tampoco desahogo frustrado, sino que es una de las representaciones de viva reflexión del ambiente de zozobra e incertidumbre en el que vivimos. Cuando nos preguntamos qué pasará en 20 años si continuamos con la misma agenda de soluciones ambiguas y desfasadas que no contemplan nuestra realidad ambiental.
No esperemos el llamado. La participación colectiva como representatividad individual determinará la unidad para salvar nuestro planeta, y que las esperanzas no se abanicarán con plegarias, sino con el actuar y cambio de actitud hacia la Pachamama, nuestra madre Tierra.
El autor es activista ambiental y social
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