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Panamá, martes 11 de septiembre de 2007
 

ESPERANZA.

Quién sabe

María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es

La niña de la foto mira a la cámara con tanta soltura que pareciera que con un año ya sabe posar. La cosa es conmigo, se dirá para sí. Está vestida para su cumpleaños, con traje y zapatos del mismo color y un lazo en la cabeza a juego. Todo indica que es una niña querida, pues aparte del atuendo y la fiesta de la que es protagonista, sus ojos negros no tienen un atisbo de tristeza. Su piel está tersa, se nota, y sus manos caen en la falda confiadas. Estrena la vida.

La niña de la foto no se pregunta nada aún. Bastante tiene con descubrir su entorno, con decir sus primeras palabras y con alimentarse y dormir a sus horas. También basta de momento que ría para que sus padres rían o que emita un gemido en sueños para que se inquieten, pero viéndola así, tan ajena a su futuro, me pregunto cómo será su existencia y de qué modo la irá moldeando el tiempo. Ahora lo tiene todo para ser feliz, aunque para ser más precisos, la niña lo tiene todo para vivir, y eso, la vida, es otra cuestión.

Sus padres la educarán y protegerán hasta que la edad los separe y emprenda su camino. En la mochila llevará lo que le hayan enseñado y algo más: una hipotética procesadora de palabras conectada al cerebro, al alma y a la voluntad en la que escribirá su historia.

Quién sabe. Quizá al descubrir la primera imperfección en su piel se lamente de haber dejado atrás la niñez, o le diga al espejo que vea, usted no me amarga a mí el día. Y cuando esas manos confiadas estrenen la crispación de la duda, tal vez pida que alguien le resuelva el dilema o dé a luz con dolor a su primera decisión libre. En ese caso, ya se sabe, uno se acostumbra, se le coge el gusto a la libertad y luego no habrá manos opresoras que se le pongan encima.

Sus ojos seguirán siendo negros como la pez, profundos y llenos de luz, y brillarán aún más cuando se enamore, esas cosas pasan, pero se volverán un poco opacos si el enamorado, esas cosas pasan también, le rompe el corazón. Entonces, quién sabe, perderá la fe en la humanidad o, una vez recuperada la cordura, comprenderá que nadie está obligado a quererla, y más sabia -el dueño del amor no es el que lo recibe sino el que lo da- se arriesgará de nuevo. Amar es caminar al borde del abismo, decía Stendhal, y la caída puede ser muy humillante e hiriente, pero después de todo, el mal de amores nunca es eterno.

Algún día, cuando ni padres ni mimos le eviten el dolor, la soledad y el miedo -una pérdida, quizá, una enfermedad o un fracaso- se probará que ha crecido o se condenará a una niñez perpetua, aunque tiene a su favor que Peter Pan era varón, iba siempre vestido de verde, no con vestidos primorosos, y se la pasaba dando brincos por la cubierta del barco de Garfio. Eso sí, alentado por Campanita la perversa. Quizá ella elija el papel de Wendy, menos espectacular, menos protagonista, asustada a su vez, pero tan valiente y generosa que arrinconaba sus nostalgias para aliviar la de los niños perdidos. Mucho más eficiente que Peter. Y menos volandera.

Cuando la niña de la foto sea mayor, pero mayor mayor, leerá lo que ha escrito en su procesadora de palabras y se preguntará qué ha hecho con su inteligencia, si acaso no la dejó olvidada en una gaveta con los lazos del primer cumpleaños que su madre conservaba. Algunas mujeres son proclives a cuidar la apariencia más que lainteligencia. Siglos de atavismos. Pero si en la historia de su vida lee que en aquel momento crucial en que descubrió la primera imperfección en la piel, le dijo al espejo que no iba a estropearle el día, es que ya apuntaba maneras.

Con la edad se volverá un poco escéptica, la memoria le fallará a veces, tanto, que no recordará datos importantes y que le hará trampa al pasado para embellecer momentos que no dejaron de ser prosaicos, quién sabe, o quizá fueron tan hermosos como los recuerda. De cualquier modo, su vida ya estará escrita y nada puede cambiarse.

Vuelvo a mirar la foto con esperanza y un poco de aprensión. Quisiera hablarle, decirle, alertarla, pero no puedo llegar a ella. Solo es una imagen. Solo me queda ser paciente y esperar a que viva.

La autora es filóloga
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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