BUSCADOR
  Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Suscripciones | Portadas PDF | Titulares por e-mail | Contáctenos
Panamá, martes 11 de septiembre de 2007
 

EL MALCONTENTO.

El entierro de la historia

909531Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

No se asusten. Nada que ver con El fin de la historia con que nos envenenó Fukuyama. La cosa va de Historia en mayúsculas. Bueno… y de olvido consensuado.

Estas últimas semanas han estado repletas de juegos históricos. Primero, por la reaparición en portadas y tertulias del fantasma Noriega, esa sombra bajita y peleona que hace temblar a más de uno y que, en el mejor de los casos, parece remover la helicobacter memory que todos alimentamos al interior sin saberlo. Segundo, por el aniversario de los Tratados Torrijos-Carter que ha supuesto el renacer de rostros y figuras de una historia muy cercana que a veces, en estos tiempos de velocidades infernales, parece lejana como un sueño.

En general, los pueblos utilizamos la Historia a nuestro antojo. Y es así, porque ésta debe servir a varios propósitos -misiones, dirían ahora los consultores de la repetición-. Primero, la Historia debe ayudar a construir una identidad colectiva agradable, rellena de mitos y hechos de dudosa comprobación que nos hagan sentir que nuestro origen es digno, que su cadena genética está formada por actos heroicos, épicos cuando menos; segundo, porque la Historia hace de escoba de Penonomé a la hora de borrar cualquier huella de vergüenzas familiares, de verdades incómodas; tercero, porque la Historia es muy útil como arma arrojadiza contra el enemigo, al que tiramos la H mayúscula sin pudor, mientras nos callamos la multitud de h minúsculas que conforman nuestra humanidad imperfecta.

Panamá anda revuelta: tratando de adivinar si es bueno alejar los fantasmas de la historia, buscando la manera de celebrar aniversarios, pero sin nombrar mucho a sus protagonistas, viendo cómo seguir adelante sin que el lastre histórico se convierta en un estigma pesado… Y solo Panamá puede decidir cuánto de historia quiere asumir y cuánto quiere enterrar definitivamente.

A veces, siento que la Panamá reciente se parece mucho a la España de mi origen. Hay más diferencias que similitudes, pero también encuentro asuntos fundamentales que son como calco. Salimos de una dictadura militar de décadas, plagada de complejos y de mentiras. Un señor bajito también, pero cruel como pocos, murió en la cama convencido de que Dios era su mano derecha y de que España era la reserva espiritual de Europa -tradúzcase por el lugar más retrógrado y mojigato del continente-. Al morir el dictador, el país llegó a un consenso tácito y explícito -en los llamados Acuerdos de La Moncloa- que supuso olvidar mucho, perdonar bastante y seguir adelante obviando la vergüenza de un poder enfermizo nacido del seno de nuestra misma sociedad.

Se legalizaron partidos políticos clandestinos, y en la transición a la democracia se permitió que antiguos actores del franquismo ocuparan algunos de los principales puestos en el Ejecutivo. Nadie les echó en cara nada, aunque la desconfianza y una mirada de soslayo les acompañaba en su gestión. Algunos siguen ahí, mandando. La limpieza llegó, por supuesto, a las Fuerzas Armadas, pero fue tan lenta y gradual que hasta dio tiempo para que algunos con añoranza trataran de dar un golpe de Estado en 1981. No lo lograron y España otra vez hizo la vista gorda y no buscó demasiado a los verdaderos culpables de la intentona.

Tuvieron que pasar casi 25 años para que ciertas revisiones históricas se comenzaran a producir. Hoy, aún se están descubriendo fosas comunes donde reposan los perdedores de la guerra civil, las víctimas del franquismo. Hoy todavía se discute sobre las verdades mentirosas que la Historia oficial trató de remachar durante 40 años. Hoy, todavía nuestra historia reciente es un purgante indigesto en la mesa familiar, un tema tabú a veces, apasionado otras. Hoy, las librerías siguen atestadas de libros de una u otra mirada sobre la guerra, la dictadura y la incipiente democracia de final del siglo XX.

Pero lo cierto es que al enterrar parte de la historia durante unas décadas y esperar tiempos más calmados para hacer la autonecropsis emocional se permitió que el país saliera adelante, se proyectara moderno, eficiente y más justo. Imperfecto, mucho; pero viable, todo.

El ejemplo no debe ser ejemplificador. Durante años, España y los españoles se creyeron el cuento y fueron -fuimos- por el mundo pontificando sobre cómo se deben hacer las cosas. Conferencias en la Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín, proyectos en Latinoamérica… España trató de exportar su modelo sin saber que cada lugar debe encontrar el propio, que no hay tratamiento similar para Historias diferentes.

Sin embargo, quiero rescatar algo. Enterrar la Historia no siempre es malo. Igual que enfrentarla tampoco. Se trata de una decisión similar a la que enfrenta alguien con problemas del pasado cuando duda entre ir a terapia y hacer psicoanálisis o hacerse el loco y seguir hacia delante sin voltear la mirada. Depende del paciente y de lo pesada de la carga. Panamá está en esas y lo importante es que tome una decisión, que no se quede enganchada en la paranoia del "sí pero no", del "reconciliación, pero con pase de cuentas", de "justicia, pero en voz bajita"… La Historia, cuando se atraganta, cae mal y la goma histórica hay que pasarla. Ni modo.

El autor es periodista
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
Advertencia: Todo el contenido de www.prensa.com pertenece a Corporación La Prensa S.A. Razón por la cual, el material publicado no se puede reproducir, copiar o transmitir sin previa autorización por escrito de Corporación La Prensa S.A.
Le agradecemos su cooperación y sugerencias a internet@prensa.com y Servicio al Cliente.
En caso de necesitar mayor información accese a nuestra biblioteca digital o llámenos al 222-1222.
Corporación La Prensa: (507)222-1222
Apartado 0819-05620 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá