| LA INFANCIA.
Entre la violencia y el tiempo
Emilio García Méndez
Por lo menos en materia de infancia, el siglo XXI atrasa. Sobran noticias que nos retrotraen a 1984, la célebre novela de George Orwell donde un gran hermano omnipresente controla cada uno de nuestros movimientos. En los países anglosajones muy particularmente, las obsesiones correccionales y su consecuencia inevitable, las manías clasificatorias, suelen estar a la orden del día. Un sentido común ramplón e irreflexivo se constituye en una muralla virtualmente impenetrable para cualquier actitud crítica. Piénsese por ejemplo en las reacciones que suscitó en su momento (corría el año de 1982), una obra como The Wall, la celebre película de Pink Floyd.
Su aceptación solo fue posible, en un mundo que obviamente no es el de hoy y además luego de confinarla al universo de lo extravagante. Pareciera que, en los tiempos que corren, el tema de las relaciones padres-hijos y las de estos últimos con la institución escolar, solo pueden abordarse seriamente desde una perspectiva explícitamente represiva. El proyecto de almacenar huellas dactilares y otros datos igualmente sensibles de millones de niños británicos, con la excusa del uso de las bibliotecas, es solo uno de los tantos ejemplos de un mundo en el que el diálogo y la disciplina parecen excluirse mutuamente.
En estos días se ha puesto en marcha en Inglaterra y Gales un nuevo régimen disciplinario en las escuelas, según el cual las suspensiones de los alumnos se complementan con la privación de libertad bajo arresto domiciliario que, además, forzosamente deberá ser ejecutado y supervisado por los propios padres. En palabras de Ed Balls, ministro de Educación, "Es hora de terminar con una situación que ha permitido que la suspensión sea interpretada como un premio, porque les da tiempo a los chicos para juntarse con sus pandillas para hacer travesuras, en el mejor de los casos, o delitos en los peores… No podemos esperar que la escuela cargue con todo el peso de mantener la disciplina. Los padres tienen que asumir la responsabilidad por la conducta de sus hijos".
Las sanciones de este tipo que en promedio son de cinco días, se han incrementado notablemente en el último año. Más de 13 mil sanciones de 15 días en el 2006, confirman plenamente esta tendencia. No faltará seguramente quien considere estas medidas no solo como positivas en sí mismas, sino además como un verdadero progreso. Un progreso sobre todo si se tiene en cuenta que la abolición de los castigos corporales en las escuelas británicas no tiene todavía 10 años y muchos menos años aún algunas normas que por equiparadas a los estándares europeos de derechos humanos han relativamente mitigado la plena imputabilidad penal desde la más tierna edad.
Como era de esperarse, una medida como esta ha generado fuertes controversias. Pero si los argumentos de quienes las defienden no presentan mayores novedades, concentrándose en la necesidad de apelar a la coacción para forzar la asunción de responsabilidades por parte de los padres, un párrafo aparte merecen los argumentos de los críticos de esta medida. Casi invariablemente, todos los enfoques críticos se concentran macizamente en argumentos de carácter utilitario. La obligatoriedad de la presencia de los padres para supervisar el arresto domiciliario de sus hijos, incide diversamente según sea la clase social de que se trate. La legitimidad del castigo adicional para los padres trabajadores de los sectores más humildes, resulta verdaderamente difícil de justificar. Compartiendo plenamente este tipo de críticas, considero las mismas peligrosamente reduccionistas.
Mas allá incluso de la preocupante reutilización de la idea de libertad (considérese el uso creciente del arresto domiciliario para delincuentes adultos), el enfoque represivo conspira en forma directa contra la única forma de encarar con seriedad problemas como este que pertenecen al núcleo central del malestar social contemporáneo. El padre o la institución que rechace la idea acerca de que la educación de un niño o un adolescentese construye a través de un proceso de negociación permanente, está perdido antes de comenzar.
De los recursos debidos a los niños, el tiempo constituye el más escaso y al mismo tiempo el más necesario. Detrás de toda forma musculosa de disciplina se esconden fracasos cada día más difíciles de disimular.
El autor es abogado y es catedrático de la Universidad de Buenos Aires
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