| MANUEL ANTONIO NORIEGA.
El fantasma a distancia
| LA PRENSA |
|
|
| Manuel Antonio Noriega908809 |
Eduardo Ulibarri
Todos los fantasmas políticos son incómodos. Pero el de Manuel Antonio Noriega resulta particularmente difícil para Panamá y Estados Unidos. Porque el ex general y hombre fuerte encarna, como muy pocos personajes, embarazosas dualidades de la política estadounidense hacia Centroamérica, y comprometedoras actitudes de algunos dirigentes panameños hacia su propio pueblo.
Por esto, amplios sectores de la población y la élite política y económica de Panamá no quieren que Noriega regrese tras cumplir su condena en una cárcel de Florida. Tampoco lo desea Estados Unidos.
Quienes así piensan o actúan cometen un grave error, aunque existan inmediatas y estrechas razones que explican su actitud.
No es un secreto que muchos altos dirigentes del Partido Revolucionario Democrático (PRD), en el poder, fueron actores o cómplices del arbitrario régimen que el general y la desaparecida Guardia Nacional impusieron por varios años, hasta la invasión estadounidense de 1989. Y algunos hombres de negocios, quizá a su pesar, se doblegaron con oportunismo ante sus actos.
Para ambos sectores, especialmente el primero, un Noriega hablando y chantajeando en su propio patio se convertiría en una papa (o piña) demasiado caliente y difícil de manejar.
En cuanto a Estados Unidos, el eventual retorno podría representar un estímulo para revivir algunos de los episodios más turbios de sus estrategias contrainsurgentes en la zona durante las décadas de 1970 y 1980. Porque tampoco es un secreto que, por años, Noriega tuvo estrechas relaciones con la CIA, primero como informante, luego como aliado en operaciones secretas contra grupos guerrilleros centroamericanos y como canal para trasegar drogas por armas.
De aquí pasó a ser agente libre del narcotráfico, pero también colaboraba, selectiva y despiadadamente, con la policía antidrogas DEA, en un múltiple ejercicio de oportunismo y doble moral claramente reprobables.
Conclusión: mejor lejos que cerca, y mejor callado que hablando. Traducción: mejor en Francia que en Panamá.
Por esto, en lugar de regresar a su país para enfrentar cargos de corrupción, tortura y asesinatos, de los que ningún ex dictador debería escapar, es un hecho que, tras cumplir su condena en Estados Unidos, será extraditado a Francia, donde le aguarda una condena por lavado de dinero.
La decisión, técnicamente, fue tomada por la justicia en Florida. Pero, políticamente, es producto de que el Gobierno panameño no se interesó por repatriarlo y dejó la iniciativa al francés, con el estímulo estadounidense.
Para la tranquilidad inmediata de Panamá, y para sufrimiento del ex dictador, se puede argumentar que este desenlace es el mejor. Sin duda, Noriega tiene algún potencial de desestabilización local, aunque quizá menor que el que se le atribuye. Además, por su edad y las normas de la justicia panameña, en muy corto plazo se le otorgaría la casa por cárcel. Al otro lado del Atlántico, en cambio, le esperará una celda, cómoda, pero celda al fin; es decir, mayor castigo.
Sin embargo, cuando los fantasmas no son exorcizados, tienden a seguir apareciendo en los momentos más inesperados, para embarazo de todos. Por esto, lo mejor es sacarlos a la luz y neutralizarlos con la verdad, aunque sea dura.
El traslado hacia Francia implica lo contrario: eludir un verdadero rendimiento de cuentas abierto y público por el oscuro pasado reciente de Panamá, que es una necesidad del país y un deber de todos sus sectores dirigentes.
Guardando las distancias, el caso de Chile debería servir de referente. Cuando, gracias a la iniciativa del juez español Baltasar Garzón, los chilenos no tuvieron más remedio que afrontar a plena luz el fantasma aún vivo del ex dictador Augusto Pinochet, la sociedad pasó por un trauma, pero salió más aliviada, vigorosa, informada y conciliada del trance.
En Panamá, el balance público sobre Noriega, sus actos y sus cómplices, no debería esperar más. Aún vive la mayoría de los dirigentes que, desde el régimen o la oposición, fueron los protagonistas de esa convulsa historia. Y son ellos quienes tienen el mayor deber de abrir el libro de cuentas, para que el balance resulte claro y visible, aunque sea duro para muchos.
Mientras más se demore este proceso, peor. Y si, como puede ser posible, la muerte alcanza a Noriega antes de que termine sus 10 años de prisión francesa, uno de los períodos más traumáticos de la historia panameña quedará envuelto en grandes penumbras. Es algo que el país no merece, pero que, por desgracia, es probable que suceda.
El autor es periodista y fue director de La Nación, de Costa Rica
|