| NO ES UN ASUNTO DE SOBERANÍA O DIGNIDAD.
Indiferencia, hipercriticismo y anarquía
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Poder expresar libremente, sin condicionamiento alguno, lo que emana de la mente constituye un inigualable placer. Exceptuando los sesgos relacionados a mi familia cercana o al equipo azulgrana, procuro desgranar de forma imparcial cada tema elegido. Poseo, quizás, la fortuna de gozar de razonable independencia de juicio. Carezco de vinculación a partidos políticos, no tengo parientes ni amigos íntimos en el gobierno, no recibo pago por escribir en este periódico y mis principales fuentes económicas proceden de conferencias internacionales y asesorías en proyectos de investigación. Estas prerrogativas evitan, hasta cierto punto, que presiones externas intenten intimidar mi pluma. Advierto, sin embargo, que cuando percibo algún indicio de amenaza, mis dígitos se impulsan con resortes automáticos para desafiar a sus gestores. Me incomoda hablar de mi persona, pero deseaba aclarar que lo expuesto en mis columnas obedece exclusivamente a conocimientos o percepciones propias, asumiendo los riesgos y consecuencias por potenciales desaciertos.
La indiferencia con que la mayoría de miembros del Gobierno afronta las críticas de la sociedad es insultante. Esta imperturbabilidad parece confirmar la sospecha generalizada de que la política es el arte de generar fortuna en el menor tiempo posible y con el mínimo denuedo, engañando al pueblo con insolente demagogia. Pese al esfuerzo presidencial, previsiblemente maniatado por compromisos adquiridos, persisten clientelismos gubernamentales, privilegios de diputados o magistrados, favores en licitaciones, ocultamientos de patrocinadores en campañas electorales e incrementos furtivos de la deuda externa panameña. El hedor a corrupción es nauseabundo. Los subalternos parecen enemigos del eslogan del mandatario. Lo peor es que esto acontece en todos los gobiernos, independientemente de la facción que gane. Tristemente, mientras la justicia siga subdesarrollada y asimétrica, el futuro pinta inmutable y propicio para populismos retrógrados y denigrantes.
La crítica es una actividad vital para controlar excesos y enderezar senderos torcidos. Un pueblo sumiso y silente es presa fácil de desmanes y abusos, terreno de ensueño para tiranías, dictaduras, monarquías, poderes económicos y líderes religiosos. No obstante, así como emitimos duros cuestionamientos ante actuaciones espurias o poco transparentes, es loable reconocer cuando el gobierno ejecuta proyectos benéficos para la colectividad. Criticar por criticar, ese hipercriticismo patológico desplegado por amargados o inconformes crónicos, resulta pernicioso para cualquier nación. Puedo comprender, aunque no lo comparto, que la oposición lance dardos envenenados ante cualquier acción oficialista, sea esta buena o mala. La gente independiente, sin embargo, debe tener también la capacidad de emitir estímulos positivos, despojándose de ideas preconcebidas que no dan margen de provecho a la duda. Semanas atrás, un anárquico personaje atacó un escrito mío que aludía al optimismo por el rumbo en que transitaba la investigación científica en el país. Con epítetos de hipérboles y adulaciones sospechosas, fue masacrando sin brújula el despertar de la ciencia panameña. Cuando esto sucede, me gusta analizar las ejecutorías académicas del agresor y así ponderarlo en su justa dimensión. Decepción total. Acostumbro exhortar a los médicos que refutan toda gestión hospitalaria que, en lugar de preguntarse qué hace la institución por ellos, reflexionen primero sobre qué hacen ellos por dicho nosocomio. Como analogía, a nivel macro, sería qué hacemos cada uno de nosotros por Panamá y no qué hace el Estado por nosotros.
Con la indiferencia política por un lado y el hipercriticismo por el otro, la anarquía se empieza a apoderar del país. Sin duda, los políticos de profesión tienen mucha culpa en la inestabilidad que atemoriza a Panamá. Mientras no se perfeccione la democracia y se depure la podredumbre del sistema legislativo o judicial, tendremos que sufrir muchos años más. Ellos, empero, fueron elegidos de manera democrática y toca aguantar. Por eso, repudio las actuaciones irrespetuosas y violentas de líderes sindicales y algunos otros dirigentes. Huelgas a repetición, tranques de calles, actos vandálicos, insultos a diestra y siniestra o azuzamiento deestudiantes a la rebeldía son los mejores caldos de cultivo para alcanzar el caos. Desgraciadamente, estos son los nefastos ejemplos a que se expone nuestra juventud. Así como hay libertad para afiliarse o no a las distintas religiones o asociaciones gremiales, también debe haber emancipación sindical. Para desdicha obrera, las últimas arengas de Suntracs son tan vergonzosas que se han ganado la aversión de muchas personas independientes del país, quienes podrían ser, incluso, sus más fervientes aliados. Un consejo sano: no dejen que Saúl Méndez sea vocero de sus justas reclamaciones. Ganarían adeptos.
Me irrita la actitud postiza de algunos escritores de izquierda, que para exhibir un hálito de intelectualidad defienden ciegamente nacionalismos, excesos sindicales, peroratas anti-yanquis o revoluciones comunistas. De manera similar, ciertos ensayistas de derecha, en aras de posición socioeconómica ventajosa, sustentan con anteojeras neoliberalismos, alocuciones anti-castristas, clericalismos o regímenes fascistas. Pues ni lo uno ni lo otro. Hace falta plumas sinceras, sin esquemas mentales herméticos, que cobijen el bienestar de las mayorías y la incorporación de las minorías al desarrollo, con base en lo éticamente correcto. La ética es el antídoto de la injusticia. Es la forma de llevar una vida recta, una convivencia justa, solidaria y digna. La ética es una actitud que siempre tiene algo de irreverente porque requiere cambiar paradigmas y aburridas rutinas. Los valores morales tienden a esclerotizarse y a cubrirse con un manto de hipocresía, que convierte a las formas en más importantes que los contenidos, que convierte a la apariencia en más relevante que la sustancia. Trascender la ética como reflexión teórica y convertirla en práctica resulta imprescindible.
Un solo ejemplo ilustra la falta de sensatez ética en la política criolla. La designación del señor González como presidente de la asamblea fue un error garrafal. No se trata de un asunto de soberanía o de dignidad patriótica como lo interpretan analistas trasnochados y nacionalistas radicales. Además, la muerte premeditada del desarmado soldado Hernández aconteció tres años después de una invasión que no encontró ni un ápice de resistencia de nuestras fuerzas militares. Llamar a eso "estado de guerra" es un ridículo eufemismo. Si la asamblea realmente desea dignidad, que empiece a eliminar prebendas, depurar corrupción y acabar con la porquería que practica diariamente. La Patria estaría orgullosa de los diputados. Todos sabemos que Estados Unidos es un país que comete abusos y asesinatos por doquier, muchos sustentados en clamorosas mentiras, pero este conocimiento no debe nublar nuestra razón. Este problema es simple y llanamente un tema de moral nacional. OJ Simpson y Michael Jackson fueron también misteriosamente absueltos ¿Se imaginan ustedes si los designan Presidente del Senado y rector de un parvulario, respectivamente? Patético.
El autor es médico
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