El sentido de las palabras es dinámico. Rebasa en forma radical la referencia que ofrecen los diccionarios de distinto signo, sostiene en este artículo mi amiga Edilia Camargo, humanista, atleta y doctora en Filosofía.
“¿Cuántos gestos reales, posibles e imaginarios, puede emitir nuestro cuerpo? Las manos tienen los suyos: bástenos recordar el “teatro de sombras”, en donde, a falta de palabras, “las manos hablan” … Y los ojos también lo hacen…
Nos sorprendería entonces saber que la palabra es un gesto corporal muy particular. La capacidad de emitir sonidos no es sólo un trabajo mecánico que concierne únicamente a ese maravilloso instrumento que todos llevamos oculto. La emisión de sonidos pone en movimiento nuestro aliento vital: abrimos el pecho para cantar o en un gesto de cólera para golpear la palabra con la que quisiéramos herir.
La palabra, antes de convertirse en sonido, se prepara, en el mismísimo centro de nuestro cuerpo, invierte el movimiento que hacemos al comer: éste baja de la boca (la cabeza) al centro (el estómago e intestinos). Y así, del centro de nuestro cuerpo “sale” la palabra por la boca, expresando la comunión afectiva que se relaciona con el conocimiento y además, posibilitando la comunicación de la interioridad. Al vibrar nuestra respiración a través de la voz, la palabra queda ligada a nuestra intimidad afectiva y por lo tanto puede ser calificada con justicia como un gesto.
¿En qué se distinguirá del gesto puro? Al estructurarse asociaciones simbólicas y significados que constituyen lo propio de una lengua. En los otros gestos se nos dirá que la significación está en movimiento, hasta determinando la posición del cuerpo. Cuando hablamos una lengua en cierta forma pinchamos, a través del sonido vocal, un universo simbólico que tiene su raíz en nuestro propio cuerpo: la palabra “soltará” o romperá o reafirmará en forma casi inmediata su significado.
Si todo lo dicho hasta aquí remite a un universo tanto corporal como simbólico (espiritual), ¿cómo entonces pensar que un diccionario, con su consabido ejercicio contable, puede recoger esta función mediadora entre la palabra con nuestro mundo afectivo y simbólico?
La escritura atraerá la palabra hacia la contemplación y con la voz despertará el amor… la adoración, esa embriaguez producto del amor.
Pensé en algún momento que nos enamorábamos de las palabras, pero no… son ellas las que nos impregnan con el perfume del amor, son ellas las “llaves de paso” hacia la fuente de nuestro amor.
¿Qué ha pasado con la enseñanza de las lenguas? ¿Por qué golpeamos los panameños con nuestro hablar al punto de desestructurar los acentos tónicos? Y hasta nos atrevemos a llevar ese tinglado al canto litúrgico presentándolo como ofrenda ante el altar :
“Empieza un nuevo tiempo
un nuevo despertar
Vamos hermanos, vamos a cosecha´
Que en nuestro campo la tierra
A punto está pa´dar su fruto,
Ay, ombe, fruto de unidad”.
Canto para el Ofertorio
Como contadores de significados, los diccionarios son útiles en el estudio de una lengua, pero las palabras vehicularán el espíritu de esa lengua, encarnada en un cuerpo, que emite sonidos, produce movimientos… conserva símbolos, comunica, ama”.
Equilibrio. Puntuar es pensar. Los signos de puntuación facilitan el traslado del pensamiento a la lengua. Debe mantenerse un equilibrio al usarse: ni exceso chocante ni omisión desordenada. Quien no los domina transita a ciegas el bosque idiomático. Los dos puntos garantizan la exposición de un pensamiento organizado y aportan elegancia a un texto. En los fascículos de ortografía de esta semana, que publica La Prensa, se han presentado las principales funciones de los signos de puntuación con sus correspondientes ejemplos.
Lo dijo
“Habemos muchos panameños...”. Así empieza su conferencia un letrado. Como verbo impersonal, ‘haber’ solo se conjuga en tercera personal del singular. Lo correcto: “Hay muchos panameños...”. Si el asunto consiste en que el autor se incluya en el relato, entonces que eche mano al verbo ser: “Somos muchos panameños...”. Pariente correcto del decir del letrado es ‘habemus papam’, que es la expresión de alegría que se pronuncia cuando resulta electo el máximo jefe católico. El ‘habemus’ es una inflexión del verbo tener: “Tenemos papa”. Cuando ‘haber’ adopta su función de auxiliar de otro verbo, la inflexión en primera persona plural es ‘hemos’: ‘Hemos expuesto sobre el verbo ‘haber’ y no nos cansamos de insistir en su uso correcto’. Verbo maldito, al fin.