Yo le dije que no, porque sabía que iba a ser para problemas. Pero mi mujer se empeñó en llevarle de regalo a su primo de París una espada toledana.
Toledo fue famosa por su artesanía de aceros. Las mejores armas blancas de los siglos de capa y espada se acuñaron allí; todos los grandes espadachines ostentaron en el cinto una espada de Toledo. Ahora ya no ve uno espadachines, pero hay un puñado de artesanos tristes que sobrevive en esa ciudad encantadora gracias a los aceros que compran los turistas.
Pues fue eso lo que mi mujer resolvió llevarle a su primo: una espada toledana de turista. La compramos camino al aeropuerto y aparecimos tarde en el mostrador, con el corazón en la garganta y la espada en la mano. Por culpa de los terroristas de Al Qaeda, la aerolínea no le permitió llevar el arma en la cabina. Y como tampoco hubo tiempo de enviarla por el mostrador de equipajes irregulares, perdimos el vuelo.
La solución fue el tren. Allí nos dejaron subir la espada, porque hasta ese día a nadie se le había ocurrido secuestrar un tren sable en mano.
Todo iba muy bien hasta que subió ese tipo. Mi mujer dice ahora que le dio mala espina cuando vio que entraba a nuestro vagón un individuo de bigote oscuro, pelo rizado, ojos negros y piel cetrina con un envoltorio alto, como de dos metros y pico.
–El hombre del envoltorio, el que tiene un aspecto sospechoso – me dijo en tono inquieto. Estoy segura de que es uno de los miembros de la pandilla de Bin Laden. Va a secuestrar este tren con un lanzallamas o algo así.
Primero me reí. Luego le dije que estaba loca. Después le propuse que durmiera. Pero ella insistía en que algo grave iba a pasar durante el viaje. Confieso que desde el principio creí reconocer ese rostro. Era una cara familiar; es posible que la hubiera visto en los diarios que publicaron el mosaico de colaboradores del terrorista saudí. Al mismo tiempo, no había razón para pensar que ese señor fuera algo distinto a un tranquilo viajero que se dirigía a conocer la Ciudad Luz.
El problema se formó cuando nos acercábamos a París. En un momento dado, el pasajero se incorporó, bajó el envoltorio del compartimento y empezó a despojarlo del papel que lo cubría. Apareció primero un palo; después una cuerda, y al cabo de pocos minutos, había armado un arco indígena.
Pensé que en cosa de segundos antes podría montar una flecha en la cuerda, apuntar contra algún pasajero y anunciar el secuestro. Mi mujer me hizo una seña con los ojos para que sacara la espada y combatiera al terrorista.
Lo hice. Ágilmente agarré la espada; de un solo brinco enfrenté al talibán y, colocándole la punta del acero en el pescuezo, lo obligué a entregarme arco y flechas.
Alguien gritó, el tren se detuvo, vino la policía y puso orden.
Reconozco que hubo algo de precipitación. Al final resultó que el arma era uno de esos falsos arcos indígenas que venden en las tiendas de artesanías de los aeropuertos latinoamericanos, y el tipo de pelo rizado no era un talibán, sino un turista ecuatoriano de apellido Sadib, a quien jamás se le habría ocurrido secuestrar un tren, ni nada.
Es lo que yo he tratado de explicarle al comisario Levrais acerca de nuestra espada. Pero él insiste en que la guerra contra el terrorismo es una cosa seria y está feliz en su nuevo papel de héroe de la prensa.
En cuanto a mi mujer, empieza a aburrirse. Ayer me dijo:
–Si no me sueltan antes del domingo, voy a quejarme a la embajada.
–Pues que sea a la de Afganistán – le sugerí. Me temo que la guerra contra el terrorismo ha producido otros dos daños colaterales.