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Panamá, viernes 7 de septiembre de 2007
 

CARTAS DESDE EUROPA.

Contra lo inútil

Camilo José Cela Conde

El parlamento de Kabul, Afganistán, ha solicitado de manera oficial al gobierno del presidente Hamid Karzai que elimine el Ministerio de Asuntos femeninos, habida cuenta de que no sirve para nada. La razón aducida es pragmática donde las haya y situaría las prácticas políticas afganas entre las más sensatas del mundo, hasta que se desvelan los motivos aducidos de esa falta de eficacia.

Según los padres de la patria afgana, con las mujeres que existen en los puestos administrativos de su país ya hay representación sobrada y está de más, por tanto, un ministerio específico que trate de equiparar la muy maltrecha condición femenina a la mucho más holgada de los hombres. Eso sucede en un país de credo musulmán fundamentalista hasta ayer mismo —si no continúa siéndolo todavía hoy— en el que la mujer está considerada como algo muy inferior. Basta con echar un vistazo a las fotografías de las mujeres amparadas a la fuerza en sus burkas mientras pasean por Kabul para darse cuenta de que es mucho el camino que falta por recorrer hasta que la equiparación femenina sea un hecho. Pero no solo en Afganistán, ciertamente. Que un país tan próspero como la Arabia Saudita prohíba a las mujeres incluso el conducir un automóvil pone bien de manifiesto cómo el problema va mucho más allá de la esfera de influencia de los talibanes. Hasta la muy civilizada Europa reconoce de vez en cuando que hay muy pocas mujeres ocupando cargos de relevancia en las universidades, en las empresas y en la administración. Pocos son los países que pueden tirar la primera piedra.

Pero estábamos en el hallazgo excelso de proponer que un ministerio desaparezca porque no cumple con las expectativas que generó su creación. Aplicando el mismo criterio, se me da que en el reino de España y en la totalidad de los Estados europeos se podrían disolver los ministerios de Cultura, Obras Públicas, Sanidad, Educación, Asuntos Exteriores, Agricultura, Medio Ambiente, Defensa, Trabajo y Justicia. Todos, en realidad, excepción hecha del de Hacienda —que en su labor de cobrar impuestos suele lucirse— e Interior, necesario del todo para garantizar que los contribuyentes cumplan con sus obligaciones fiscales o vayan a la cárcel.

Jubilar a quienes no sirven podría convertir la administración pública en un vergel vacío de vida animal, con perdón, y apto para la actividad contemplativa de los eremitas. Es más, ese criterio de podar lo inútil vaciaría en buena medida los colegios profesionales y sacaría de los escaparates de las tiendas no pocos de los trastos ineficaces que nos venden. Aunque una vez obtenido semejante ahorro, quedaría por decidir qué hacemos con los ingentes recursos del Estado que se emplean hoy en bobaditas como las que lleva a cabo el Ministerio de Vivienda. Los ultraliberales anglosajones al estilo de Robert Nozick llevan décadas proponiendo el Estado mínimo, pero no son capaces de explicar de qué manera los menos favorecidos por la herencia o la fortuna habrían de contentarse con lo suyo sin incordiar. Las medidas de orden público necesarias para imponer ese Estado casi inexistente llevan a un paradójico ultraestado policial, así que a lo mejor es cuestión de crear un nuevo ministerio de Innovación represora. En la Gran Bretaña se está planteando tener fichado el ADN de todos sus ciudadanos. No sé si las mujeres quedan incluidas en el lote.

El autor es escritor
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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