| ESTRELLA SE APAGA.
Rice busca redimir su legado
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Helene Cooper
Washington. -El periódico estudiantil de la Universidad de Stanford, The Stanford Daily, dedicó la mayor parte de su primera plana a la ex rectora, quien está con licencia para terminar su mandato como secretaria de Estado. "Condi Eyes regresa", decía el encabezado, "¿pero en calidad de qué?".
Unas cuantas horas después, empezaron a llegar cartas al editor. Condoleezza Rice trabaja para un gobierno que ha golpeado duramente los valores básicos de la academia: la razón, "la ciencia, el conocimiento y la honestidad. Stanford no debería darle la bienvenida", escribió Don Ornstein en una carta publicada el 31 de mayo, e identificado por el periódico como profesor emérito de matemáticas.
Los comentarios publicados en línea en el sito del periódico en la red fueron aún más duros, un auténtico raudal de virulencia. Uno de los más ligeros fue el de Jon Wu, quien no proporcionó su afiliación: Por favor aléjate Rice. "No queremos que alguien responsable de la matanza de toda una nación enseñe en nuestra escuela".
Hubo una época en la que, quizá más que Hillary Rodham Clinton o Barack Obama, Condoleezza Rice parecía tener las mejores posibilidades de convertirse en la primera mujer o la primera afroestadounidense en ser presidenta. Pero eso fue antes de que hiciera sonar las alarmas públicas basada en inteligencia deficiente para justificar la guerra en Irak diciéndole a CNN: "No queremos que la pistola humeante se convierta en una nube en forma de hongo". Fue antes de que un ex colega del gobierno de Bush, David Kay, encargado de encontrar armas no convencionales tras la invasión de Irak, se refiriera a Rice en State of Denial (Estado de negación) de Bob Woodward como: "probablemente la peor asesora en seguridad nacional desde que se creó el cargo".
Y fue antes de que un libanés furioso colgara una manta en la que aparecía el rostro de Rice, con sangre escurriendo de los labios, desde un puente en el centro de Beirut.
Hoy, Rice de 52 años, sigue teniendo mucho más atractivo de celebridad que cualquier otro de los altos funcionarios de Bush. Apenas el mes pasado, la revista GQ la ubicó como la persona más poderosa de Washington. En dos ocasiones, Forbes la calificó como la mujer más poderosa del mundo, y Time la enlistó cuatro veces como una de las personas más influyentes del mundo.
Sin embargo, ha disminuido gran parte de su brillo al ritmo constante del tambor marcado por libros que revelan detalles escandalosos sobre el desempeño del gobierno de Bush y específicamente sobre la incapacidad de Rice, en tanto asesora en seguridad nacional, de arbitrar en forma efectiva la guerra por territorio en curso entre los secretarios de Estado Colin L. Powell y de Defensa, Donald H. Rumsfeld por la política para Irak, la que ella y el presidente Bush permitieron que ganara el segundo.
Rice ahora está trabajando duro para remodelar su legado en los 16 meses que le quedan en el cargo. Está cooperando con una diversidad de escritores que han hecho fila para escribir libros sobre ella: The Confidante: Condoleezza Rice and the Creation of the Bush Legacy (La confidente: Condoleezza Rice y la creación del legado de Bush) por Glenn Kessler de The Washington Post sale a la venta la semana entrante, mientras que Condoleezza Rice: An American Life (Condoleezza Rice: una vida estadounidense) de Elisabeth Bumiller de The New York Times saldrá en diciembre. Twice as Good: Condoleezza Rice and Her Path to Power (Doblemente bueno: Condoleezza Rice y su camino al poder) por Marcus Mabry, ahora un editor en The New York Times, salió en mayo.
Aun cuando se espera que tanto el libro de Kessler como el de Bumiller critiquen a Rice en muchos puntos, funcionarios del Departamento de Estado dicen que no es común que un secretario de Estado en funciones coopere para tantas biografías. Por otra parte, pocos de sus predecesores tenían múltiples autores abriéndose paso para escribir libros sobre ellos. Así es que se ha dedicado enérgicamente a mejorar el resto de su legado, concentrándose, en los últimos meses, en la paz árabe israelí como una fuente posible de redención.
En Washington y en todo el mundo, muchos ahora creen que Rice, después de dos y medio años en el cargo, es muchísimo mejor secretaria de Estado de lo que fue asesora en seguridad nacional. En tanto principal diplomática de Bush, ha reducido en algo las tensiones entre Estados Unidos y sus aliados, tras cuatro años de una diplomacia de voy solo que había enfriado las relaciones trasatlánticas.
A pesar de las críticas de conservadores dentro del Gobierno, le dio espacio suficiente a Christopher R. Hill, su asesor en Corea del Norte, para negociar una tregua con este país que condujo al cierre de su reactor nuclear principal en julio. Apresuradamente, integró una campaña diplomática con seis países para frenar las ambiciones nucleares de Teherán con la que, aun cuando hasta el momento sin éxito, se ha podido mantener por más de un año en cuanto a una serie de sanciones de las Naciones Unidas contra Irán. Y quizá lo más importante, ha usado esas sanciones, junto con una retórica dura, para presionar al personal de línea dura en cuanto a seguridad nacional de la oficina del vicepresidente Cheney que ha argumentado en favor de darle más consideración a los ataques militares contra Irán.
Sin embargo, nada de eso ha sido suficiente para borrar la percepción de que cuando fue asesora en seguridad nacional en gran medida fungió como incondicional de una serie de errores de política exterior, durante un período que los críticos dicen que en última instancia tendrá un peso mucho mayor en su legado. "Resultaron ser cuatro años muy desastrosos, desde mi punto de vista", dijo Lawrence B. Wilkerson, coordinador de asesores de Powell en el Departamento de Estado cuando Rice era asesora en seguridad nacional.
AP
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