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Panamá, martes 4 de septiembre de 2007
 

POLÉMICA.

La niña, la felicidad y la jueza

Carlos Alberto Montaner

Una jueza de Miami debe decidir cuál es la mejor opción para una niña de cuatro años cuya patria potestad se disputan el padre biológico y la familia que desde hace dos años la cuida y protege por concesión del Estado. La madre, debido a problemas psicológicos y a una notable inestabilidad emocional, perdió la custodia de sus hijos poco tiempo después de emigrar legalmente a Estados Unidos. El padre viajó desde Cuba a reclamar a su hija. Parece ser una persona buena, laboriosa y humilde.

Es de origen campesino y reside en un pequeño pueblo en el que cuida cerdos, pesca y siembra frutos menores. Se propone regresar a la Isla con la niña para criarla en su tranquilo ambiente, un segmento rural del mundillo comunista en el que ha vivido toda la vida, aparentemente con más resignación que entusiasmo, como le sucede a la mayoría de sus compatriotas. La familia que ha acogido a la niña y que ya ha adoptado a su medio hermano, hijo de otro padre también da la impresión de ser gente amorosa y bienintencionada. Son personas educadas y tienen una buena posición económica dentro del modelo capitalista que Estados Unidos encabeza en el mundo.

Pobre jueza. La decisión no es obvia. Lo que parece más razonable sería entregarle la niña a su padre biológico y ponerle punto final al litigio. Como principio general, los hijos deben criarse con sus padres biológicos. Ésa es la lógica de la naturaleza. Y luego siguen los matices: los campesinos pobres tienen derecho a tener hijos. Las personas que viven (y sufren) bajo dictaduras atroces también tienen derecho a tener hijos. ¿Cómo y por qué privar de la patria potestad a una persona que, según todos los síntomas externos, es un padre generoso dispuesto a luchar por estar junto a una hija a la que evidentemente quiere?

Pero la otra cara del drama complica sutilmente el juicio legal y moral: la ley le pide a la jueza algo tan vago, pero tan real, como que decida de acuerdo con la mejor conveniencia de la criatura. En este caso, la ley coloca la felicidad de la niña (una abstracción) por encima del derecho del padre (una realidad basada en la biología). ¿Qué hacer? Aunque la felicidad es un concepto subjetivo, el sentido común indica que hay situaciones en las que las probabilidades de ser felices aumentan o disminuyen tremendamente.

Movamos el escenario para entender mejor la cuestión: si el padre de la niña amoroso, decente, trabajador viniera de la espantosa guerra civil sudanesa y pensara regresar con su hija a su lugar de origen, ¿debía prevalecer el derecho del padre a estar con su hija bajo cualquier circunstancia, o el de la niña a tener una infancia normal en una sociedad estable, organizada y próspera en la que ya ha comenzado a encaminarse? Pongamos otro ejemplo nada infrecuente: si el padre de la niña fuera un honorable etíope, convencido de las ventajas de la ablación genital femenina, ¿debería la jueza entregársela en virtud de los indudables derechos que concede la paternidad?

Lo que quiero decir es que la jueza, si va a cumplir con el espíritu de la ley, y si realmente va a tener en cuenta la felicidad de la niña y a ella subordinará los derechos del padre, tendrá que poner en la balanza todos esos elementos adjetivos que complican el juicio moral: el tipo de sociedad en el que la criatura tendrá que vivir, la calidad material de su entorno y las reglas prevalecientes en el grupo.

¿Hay algún elemento capaz de indicar si un tipo de sociedad genera un mayor o menor grado de felicidad? Parece que sí. Aunque los estudios internacionales sobre la felicidad son relativamente recientes, las personas encuestadas destacan mayoritariamente la importancia de un aspecto clave: al margen de las cuestiones materiales y de los aspectos genéticos hay gentes predispuestas a ser felices o a lo contrario, existe una relación estrecha entre la capacidad de tomar decisiones que nos afectan personalmente y el grado de felicidad que se obtiene. En esos estudios, como en tantas otras cosas, las sociedades escandinavas encabezan la lista de los países felices. En ellos, y en las democracias del primer mundo, las personas tienen mucho más control sobre sus vidas. En las sociedades totalitarias, en cambio, el panorama es totalmente diferente.

En fin: pobre niña; pobres padres biológicos; pobres padres adoptivos; y pobre jueza. Hay circunstancias en las que todos pierden.

Firmas Press. El autor es analista político
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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