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Panamá, martes 4 de septiembre de 2007
 

EL MALCONTENTO.

El obsceno olvido
Paco Gómez Nadal

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Una de mis obsesiones -y desvelo habitual- como periodista es la tendencia a la eyaculación precoz que tenemos los miembros de este honorable gremio y los medios en los que nos expresamos. Entiéndase bien, me refiero a una eyaculación intelectual o productiva, por lo que afecta a periodistas de todas las configuraciones sexuales disponibles.

Somos demasiado rápidos, con una aceleración 0 a 100 en 1 segundo, y con una capacidad de parir tan rápida como la de matar. Nuestras criaturas son engendros nacidos a destiempo, antes de tiempo, después de su momento, casi nunca en el instante preciso en que se necesitan.

Este vicio, propio de la velocidad de la industria mediática y de las propias exigencias de los consumidores-fagocitadores de noticias, es un gran aliado del poder, tan necesitado de urgencias y de poca memoria. También es alabada por un amplio sector de espectadores-lectores-oyentes, fascinados por el efecto CNN y el virus de la inmediatez -una de las mayores patrañas conocidas del siglo en el que reptamos-.

Esta enfermedad gremial produce efectos perversos en la realidad, muy bien manejados por los políticos y relacionistas públicos -que siempre son privados… de su libertad-. Es decir, saben que las tormentas son pasajeras y que para mantener el sol brillando se necesita de una maquinaria de publicidad arrolladora -¿qué me dicen si no de "las miles" de realizaciones del gobierno Torrijos que se están divulgando con miles de dólares gastados en publicidad?-.

En esa batalla de precocidades, quedan heridos y muertos. Tristes desventuras arrinconadas en el olvido más infame y vidas reales amontonadas en el departamento de lo "poco llamativo".

¿Recuerdan ustedes Curundú? Sí, me refiero al barrio que por unos días fue el centro de atención por un incendio voraz y provocado y para el que se prometió de todo por parte de todos (teletones aficionadas incluidas). Ya nada sabemos de lo que ocurre allá, donde la vida no es mejor que antes. Si acaso, ahora tienen que remar contra una corriente más brava y espesa por culpa de los imaginarios y prejuicios que se diseminaron en aquellos días de foco mediático.

¿Qué ocurre en Colón? Sí, hablo de la segunda ciudad en importancia de Panamá, hundida en el olvido y donde se hizo el pasado jueves una reunión para hablar de seguridad y solo se concluyó que hay agentes de Policía corruptos. Es increíble que la ciudad pegada a la Zona Libre sea como el extra muros del medioevo, el lugar donde los señores feudales tiran las aguas negras y donde, de vez en cuando, mandan una cuadrilla a limpiar la inmundicia para que el fétido olor no llegue hasta sus locales de baratijas.

¿Qué pasó con las comisiones nombradas por Torrijos para casi todo? No pasó casi nada. Pura declaración retórica y resultados nimios para una realidad apremiante. El truco le ha servido al Presidente porque la memoria se aniquila con su plazo mágico de tres meses y, al final, no recordamos siquiera cuál fue el suceso que provocó la ágil reacción presidencial.

¿Cuánto duran las promesas? Como aquella que hizo el Presidente de que la ampliación del Canal nos llevaría por un atajo al primer mundo. Ahora, en la primera ocasión de demostrarlo -con la propuesta oficial para financiar los acuerdos de la Concertación-, ya hemos estrechado el atajo a un 20% de las utilidades de la vía interoceánica.

¿Qué nos parece obsceno? Es bastante impresionante ver cómo las radios se ceban con una supuesta película pornográfica -a saber qué se interpreta por pornográfico- y el terrible atentado contra la moral pública que esto supone y cómo las mismas estaciones han olvidado las obscenas muertes por desnutrición de niños indígenas en Darién, que solo llamaron la atención nacional por unas horas.

Tenemos un problema de foco y de memoria, y ese no es un mal exclusivo de los periodistas. Siempre he defendido que no somos ni mejores ni peores que nuestra sociedad: a ella pertenecemos y de ella salimos. Lo que ocurre es que cuando no paramos un minuto para reflexionar sobre el efecto de nuestro trabajo; cuando no calculamos la fuerza de las palabras -esas armas des-almadas-; cuando no damos las batallas que el yo moral nos dicta por miedo a perder el empleo o la voz; cuando seguimos reproduciendo los mismos prejuicios que mantienen anclada a nuestra sociedad… en esos momentos… somos tan culpables como el asesino en masa, como el político mentiroso, como el empresario sin escrúpulos, como el religioso dispuesto a tocar lo intocable, como el padre que se vuela la plata familiar en una noche de borrachera y putas. Es así de desagradable y el primer paso para no caer en ese círculo vicioso es recuperar la memoria. La memoria pública, la memoria social, esa que aunque duela, es la única sangre que puede mantenernos vivos y dignos.

El autor es periodista
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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