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Reportaje especial
Panamá, viernes 31 de agosto de 2007
 

EDUCACIÓN.

Asombrarse… y descubrir

Elda Maúd De León

Hace varias décadas que psicólogos y pedagogos han propuesto el "descubrimiento" como un excelente método para el aprendizaje y aunque concordamos con ellos, lo hemos aplicado muy poco en la enseñanza. Más bien, en el último medio siglo esta se simplificó hasta convertir las lecciones en un número de preguntas y respuestas que se copiaban, memorizaban y luego se "evaluaban" en un "examen objetivo". Es decir: lo básico que es asombrarse ante lo desconocido, motivarse para buscar una respuesta y así acceder al conocimiento, es precisamente lo que se eliminó.

Entre los niños pequeños todavía se ven algunos llevando una plantita germinada a la escuela y probablemente algo se haga en los laboratorios de ciencias en la media o secundaria. Pero lo real es que el mecanicismo se ancló en la educación y a pesar de los asombrosos avances científico-técnicos, lo que no se forjó en ningún nivel educacional fue el método científico como herramienta para aprender. La Filosofía, que es "la madre de todas las ciencias", ha sido desterrada de tal modo que los estudiantes creen que no sirve para nada, que es "locura" de los genios y ello viene emparejado con la minusvaloración de la ética y la estética. Entonces, hacer poesía o practicar valores ¿tampoco sirve para nada?

Probablemente la relación parezca traída por los cabellos, pero para mí, allí está la culpa de la tan repetida aseveración "a los panameños no les gusta leer". Si no dejamos nada para que el estudiante explore; si no lo instamos a indagar en los libros ni a disfrutar en ellos la creación más humana que es la de las artes; a observar y a maravillarse con la naturaleza; a experimentar y errar para sacar conclusiones, ¿cómo queremos exigir que sepan leer comprensivamente, expresar oralmente y por escrito su pensamiento y mucho menos que desarrollen la curiosidad y el deseo de seguir conociendo a lo largo de su vida?

Cambiar la metodología de la enseñanza es un imperativo moral y, como tal, tiene que empezar por la convicción de quienes educamos que necesitamos actualizarnos en materia de psicología del aprendizaje, -Piaget fue excelente en su momento, pero el cognitivismo fue superado hace tiempo- y en metodología de la investigación científica, sobre todo en el campo de las ciencias sociales; no para que los educandos puedan hacer una tesis al final del pensum, sino para que aprendan investigando y puedan seguir haciéndolo siempre. Salir de las aulas, observar la realidad del trabajo, ya sea en una fábrica, un juzgado, una clínica o una escuela y ¡también en la construcción!, posiblemente nos enseñaría a todos dónde están las fuentes de la falta de aprendizaje significativo, de los problemas sociales y ¿quién sabe? del poco sentido que parece tener la vida.

En verdad, los educadores hemos dejado el campo abierto a Walter Mercado, así como a los demás adivinos y simultáneamente multiplicado geométricamente en la nueva generación la creencia en la magia como solución a todas las cosas y la evitación del esfuerzo tanto en el aprendizaje como en la vida. Pero sé que muchos estamos ansiosos de poder sentir que nuestra profesión es -sobre todo- muy digna, además de hermosa y altamente gratificante.

La autora es docente universitaria



 
 
 
 
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