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Reportaje especial
Panamá, miércoles 29 de agosto de 2007
 

PUEBLO COLONIZADO.

Asunto de autoestima

Emma Mendoza A.

Antes de adentrarnos en nuestra hipótesis acerca del constante maltrato social e institucional del que somos objeto los panameños(as) y del por qué nos los aguantamos, quisiéramos esbozar algunas ideas que tienen que ver con el concepto de valía que como personalidad nacional adquirimos a lo largo de nuestro desarrollo histórico y social, producto de las colonizaciones española y norteamericana.

Analizar la historia se impone para explicar el surgimiento de nuestra lengua, normas, tradiciones culturales e instituciones sociales y económicas. De hecho, "los factores económicos pueden cumplir un papel importante -algunos dirían que decisivos- al regir las relaciones entre los grupos en la sociedad, es decir, sobre las capacidades y los derechos de algunos grupos". (Rupert Brown). De esta forma se establecen instituciones y prácticas sociales tendentes a establecer y regular el acceso de los diferentes grupos sociales a los bienes y servicios, en ocasiones, con la consecuente ampliación de la brecha de la exclusión social y política que afecta innegablemente la identidad personal y nacional.

Ahora bien, cuando los factores económicos se encuentran tamizados por la discriminación racial o étnica, característica principal de las dos colonizaciones que padecimos con el "mantenimiento de posturas sociales despectivas, de creencias cognitivas, la expresión de sentimientos negativos o la expresión de conductas hostiles o discriminatorias hacia miembros de un grupo en tanto que miembros de ese grupo" (Rupert Op. Cit) el perfil de nuestra identidad asume un equilibrio precario.

Si la autoestima se refiere al concepto y conciencia que tenemos sobre nosotros, de quiénes somos, según género, etnia, clase; ¿qué expectativa podríamos tener como pueblo colonizado, dominado, sojuzgado por los imperios; las oligarquías criollas; dictadura militar y las nuevas formas "democráticas" de corte autoritario? Si al margen de nuestras disidencias, aceptamos resignadamente lo que nuestros gobernantes o directivos quieran realizar, aun continuas extralimitaciones, y solo doblamos la cerviz o nos convertimos en muñecos de goma para inclinarnos reverentemente al paso de los mismos y su corte; ¿en qué medida nos van a respetar?

¿De qué autoestima estamos hablando? No será de la positiva, dada las circunstancias en las que los ciudadanos toleramos al encontrarnos prisioneros en las residencias, por falta de seguridad; reos de un transporte, cuya mafia lo ha elevado a la más descarada impunidad; investigaciones sobre envenenamientos que surcan cortinas de humo, mientras las víctimas son apaleadas sin misericordia; manglares que se traspasan a familiares por sumas simbólicas e irrisorias; análisis de impacto ambiental, verdaderas patentes de corso para vender recursos estatales; envenenar ríos, afluentes, playas, bosques o para depredarlos; tal como sucede con el proyecto de explotación de la mina "a cielo abierto" de Petaquilla; que aun sin contar con el estudio de impacto ambiental, según confesara H. Mitchell (a confesión de parte…) opera contra viento y marea, no sé si por incompetencia, corrupción o ambos, de las autoridades de la Anam.

¿Por qué consentimos esto y mucho más? Por ejemplo, los millones de dólares que se invertirán en las "actualizaciones electorales" para tratar de asegurarse la continuación del festín, mientras la comida, la energía eléctrica y el combustible, aumentan de precio vertiginosamente; igual que los medicamentos y la canasta básica, que ni siquiera contempla transporte o renta de la casa, mucho menos aquello considerado por Maslow como necesario: seguridad, recreación, respeto, reconocimiento, gratificación, aceptación y afecto.

Todo lo anterior lo permitimos porque los panameños(as) no hemos construido una autoestima con la capacidad de vernos a nosotros mismos de manera positiva, apreciarnos y hacernos valer, reconociendo nuestro derecho a vivir plenamente en un país que nos pertenece a todos, producto del esfuerzo conjunto de nuestros ancestros y de nosotros mismos, no del grupejo que lo ha secuestrado sin mayores reparos de nuestra parte, debido a la impronta que nos dejaron los colonizadores, tesis que subyace en los planteamientos de Albert Memmi en el Retrato del Colonizado.

Urge que incorporemos la conciencia de valía y merecimiento en todos los órdenes de nuestra vida, sin distingos políticos, estratos, etnia, género o religión; urge elevar nuestra autoestima, empoderándonos de nuestros derechos sociales, políticos y económicos.

La autora es docente universitaria



 
 
 
 
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