| DARIÉN.DESPLAZADOS Y REFUGIADOS SE SIENTEN DESATENDIDOS Y ANALIZAN VOLVER A COLOMBIA.
El agridulce sabor de la libertad
Información de la Oficina Nacional para la Atención de los Refugiados (Onpar) indica que en el área de Boca de Cupe, poblado al que se llega en piragua luego de tres horas y media de recorrido, residen 357 desplazados.
A los desplazados y refugiados que habitan a lo largo del río Tuira nos les importa sudar para ganarse el pan, vivir con lo básico o hacer malabares para mantener a la familia. En eso coinciden todos.
| LA PRENSA/Bernardino Freire |
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| TRISTEZA. Hernán Álvarez y su familia salieron de Colombia con la esperanza de vivir mejores días, pero hoy, después de 10 años, se sienten encarcelados.903370 |
Jovanka Guardia
jguardia@prensa.com
En los rostros de cientos de desplazados y refugiados a lo largo del río Tuira, en Darién, hay reflejado un mismo sentimiento: desesperanza. Si se les pregunta, responden sin rodeos: "Acá tenemos el pueblo por cárcel".
Así se siente Hernán Álvarez. Tiene 53 años y llegó a la selva darienita hace 11. Su piel oscura muestra las duras batallas que ha librado en "el monte", como le llaman allá al único lugar de trabajo en esas lejanas tierras.
De allí obtienen el sustento diario. Cosechan yuca, plátanos, arroz, eso sí, para consumo de sus familias. Los procedimientos burocráticos de su estadía en Darién les impiden pensar en trasladarse a áreas cercanas para venderlos.
La mañana en que se sentó a contar los tristes episodios que viene observando, su voz temblaba. A su lado, su hija Judy, de 27 años, y tres hijos intentaban no dejar correr una lágrima, pero cada vez se les hacía más difícil.
"El año pasado mi hijo se rompió el brazo y en Yaviza hasta lloré porque no nos daban el permiso para ir al médico", narró Hernán.
Mencionar el término "permiso" encendió el ambiente.
Más de un desplazado tenía razones para quejarse. Dicen que cuando necesitan viajar a El Real, Yaviza o a Panamá, les toca "rogar por un permiso" que en ocasiones, no llega.
Gladys Mora puede dar testimonio de ello. Embarazada, hace unos años, se subió a una piragua rumbo al hospital de Yaviza. Su viaje fue corto. En Vista Alegre, cuando solo había andado una media hora, fue detenida en el puesto policial.
Tuvo suerte. Un doctor que pasaba por el área intercedió por ella y poco después dio a luz a una hermosa niña.
UNA DIFÍCIL DECISIÓN
A los desplazados y refugiados del Tuira nos les importa sudar para ganarse el pan, vivir con lo básico o hacer malabares para mantener a la familia, al menos en eso coinciden todos, sin embargo, depender de un permiso para movilizarse, los desalienta.
"No podemos vender nuestros productos y eso no nos permite tener dinero... así no se puede vivir", manifestó Hernán, quien por momentos se convirtió en el vocero del grupo de Yape, donde viven siete familias de desplazados y dos de refugiados.
Hernán está desesperado, tanto así que analiza la posibilidad de volver a Colombia, a pesar de la violencia.
Igual que Hernán, otros de sus vecinos confiesan sentirse "cansados y agobiados por tantos problemas para el desplazamiento".
Rosa Elena Higuita, de 56 años, está haciendo lo imposible por convencer a su esposo de que se queden.
A ella le da miedo volver, pero él vivió hace poco una experiencia que lo hizo rendirse. Enfermó de una pierna y aunque sus hijas insistieron en que le dieran permiso para ser atendido por un médico, fue imposible. En la Policía lo retuvieron.
"Al final lo curamos con hierbas", dice Rosa Elena.
En Yape no termina la historia de los desplazados y sus quejas.
De hecho, más allá está Boca de Cupe, que es la comunidad donde habita la mayoría de estas personas en el Tuira. 357 en total.
En ese poblado fronterizo vive Alfredo Morelos, de 43 años. Lo encontramos disfrutando de su libertad.
En enero, una zorra rondaba su casa a eso de las 10:00 de la noche. Alfredo asegura que "amenazaba la comida de sus hijos", por lo que sacó su escopeta y le disparó.
A la mañana siguiente fue detenido y llevado a La Palma. La hazaña le valió tres meses en la cárcel por "alterar el orden".
Su esposa, Nidia, todavía está indignada por lo ocurrido y su tono de voz la deja en evidencia.
Con su cara enrojecida, como si la presión arterial le estuviese jugando una mala pasada, expresó: "Dios es grande y poderoso, por eso no ha sucedido una desgracia en este pueblo". Esas palabras sustentan su disgusto por la demora en la expedición de permisos para trasladarse de un punto a otro.
Y ¿cómo hizo Nidia para sobrevivir por tantos días? Preguntárselo logró alterarla todavía más.
Sonrió de forma sarcástica y contestó: "No quiera saber usted cómo...".
Lo que más le molesta de aquellos días, según recordó, es que "en Onpar se dijo que a mí me dieron una ayuda y no fue así".
Nidia se refiere a la Oficina Nacional para Atención de los Refugiados (Onpar).
"Si ellos tienen presupuesto dizque para colaborar con nosotros, ¿por qué no lo hacen?", cuestiona. Ella y el resto de los desplazados que se reunieron una noche en casa de los Morelos, buscaban explicaciones.
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