En adición a la brecha socioeconómica que divide a nuestro estrecho istmo, hay otra realidad lacerante que subyace en las espesas tierras darienitas: los extranjeros que entran huyendo en un desesperado intento por salvar sus vidas. El tema migratorio –que es imperativo resolver– nos obliga a voltear la mirada ante el drama humano. Se trata de padres, madres, hijos, ancianos y niños, quienes se enfrentan a limitaciones impuestas ya no por la violencia o el narcotráfico, sino por una peligrosa burocracia.
En la crudeza de la marginación, el abandono, la segregación y la imposibilidad de movilizarse fuera del pequeño espacio que llaman morada; con limitado acceso a la educación, casi nula atención médica y con la impotencia de no poder comercializar sus productos como fuente de sustento, sus días transcurren en un largo penar por malvivir en territorio seguro.
El lado humano no tiene nacionalidad y los panameños somos un pueblo de gente receptiva, humanitaria y sensible. Nos toca darles la oportunidad real de reconstruir su andar, sin penurias innecesarias ni miserias. |