| TRANSFORMACIÓN.
Tronco de distintas raíces
María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es
Después de vivir en Panamá 32 años, volví a España de modo definitivo en el 2006. Una vez que mi organismo se ha ajustado al cambio, puedo mirar el mundo que me rodea con una cierta objetividad y definitivamente con un punto de vista diferente al de la mayoría de mis paisanos. Dicen que viajar abre horizontes, pero una cosa es hacer turismo y captar apenas la pátina superficial de los países que se visitan, y otra pasar la mayor parte de la vida de adulto en una tierra distinta a la que señala la partida de nacimiento. Si además, como es mi caso, uno se involucra en el país de acogida hasta la médula, el resultado no puede ser otro que lo que soy: un híbrido de pensamiento, palabra y obra.
No era yo consciente de hasta qué punto mi permanencia en Panamá me había trasformado. Recién llegada a España, hasta las actividades caseras más nimias seguían los patrones panameños: meter el azúcar en la nevera por miedo a las hormigas, que aquí solo se ven en el campo, o revisar que la ropa no se llenara de humedad, aunque no sé qué humedad, porque la ciudad donde vivo está en plena meseta castellana y el clima seco arruga hasta la piel. Y me acordaba yo de esas octogenarias istmeñas de cutis terso y sin surcos…
Además, estaba convencida -la fuerza de la costumbre- de que los trámites oficiales para fijar mi residencia aquí iban a tropezar con funcionarios ineptos y malcarados, y para mi sorpresa se me atendió con eficacia y cortesía, si no en el 100% de los casos, tampoco hay que exagerar, sí en el 90%. El éxito, me dicen, es que la queja de los usuarios da resultados, y el funcionario no se la juega. En este tema nadie gana a los españoles. Se quejan por todo. Del 10% que no funciona, del frío en invierno, del calor en verano, y de que el verano no sea tan caluroso como se espera, y no digamos nada de las quejas contra los políticos y las instituciones. Comprendo que debo perder la sensación de impotencia ante la impunidad que adquirí en Panamá y empezar a quejarme.
Pero mi cambio es más profundo. Va desde el lenguaje hasta la velocidad de movimiento, pasando, y esto es lo más importante, por una tolerancia genuina a todo lo que es distinto a la norma.
En Panamá me bastaba abrir la boca para que quien no me conocía me preguntara de dónde era. Aquí se me pregunta lo mismo, pues sin duda hay un dejo panameño en mi acento, ciertas expresiones y vocabulario que enriquecen mi lenguaje materno y conforman mi actual modo de hablar. A veces la gente me corrige en un alarde de desconocimiento, pues el español de a pie se cree dueño absoluto del lenguaje que hablamos millones de seres humanos: pertenecer al primer mundo no quiere siempre decir que se tenga mundo. Y menos en cuestiones lingüísticas.
A fuerza de pasar calor, de la sensación de impotencia ya señalada y de la hora panameña, me convertí en una persona lenta y paciente. No solo me muevo despacio, sino que aprendí a tomarme las cosas con calma, lo que choca a mis paisanos, que hacen de la prisa una virtud aunque no sea necesaria. La prisa, no la virtud.
Y sobre todo, me hice lenta, lentísima, para emitir juicios apresurados, es decir, para prejuzgar. Después de vivir 32 años en Panamá, no hay verdad subjetiva que se sostenga. Su diversidad cultural marca. En España, la gente con un cierto nivel de educación, consideraría incorrecto despreciar a los emigrantes que se diferencian del español medio por su color o sus rasgos, pero de hecho, es evidente que son "distintos", que no son "como nosotros" y que inconscientemente se espera que su conducta se adapte a "la nuestra". Cuando esto no sucede, el prejuicio se dispara a la velocidad del rayo. Le falta a la sociedad española lo que sí tiene la panameña: la convivencia espontánea, natural y genuina de seres humanos diferentes entre sí por raza y cultura, entre los cuales, no pocos son tronco de distintas raíces. De ellos aprendí que en estas cuestiones no hay verdad subjetiva que valga y que el prejuicio no solo envilece sino que empobrece al que lo emite.
Creo que si no echo en falta Panamá es porque soy muy consciente de que lo que allí viví es ya una parte sustancial de mi modo de ser. Panamá enriquece, y para ello, no siempre es necesario especular en bienes raíces.
La autora es filóloga
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