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Panamá, domingo 26 de agosto de 2007
 

EL SER MÁS TIERNO.

La mujer ante un desamor

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Intoxicado de tantas noticias repulsivas, decidí alejarme por un rato de los temas preferidos por mis dígitos. Ver a políticos que antes exhibían armas de grueso calibre y pertenecían a batallones de la indignidad nacional y ahora son adalides de la decencia ciudadana, abogados y copartidarios del PRD que defienden el patriotismo del tirano Noriega ante el pánico por su potencial retorno, líderes eclesiales que hacían invisibles los actos de pederastia parroquial y de pronto, aunque castos, se convierten en expertos de sexualidad humana, personajes del gobierno anterior acusados de corrupción y ahora rezando ante la tumba del Fufo y sindicalistas insultando, trancando calles, paralizando construcciones y hasta matándose entre facciones de diverso color ante la impasibilidad gubernamental, es como ingerir un trago de ipecacuana y arquear con velocidad de proyectil, expulsando jugos gástricos y bolos alimenticios a suficiente distancia para evitar el embarre.

A propósito de unas reflexiones enviadas por el virtuoso ensayista, amigo y colega colombiano Álvaro Bustos, sobre un relato romántico del filósofo alemán Friedrich Schiller, quien describía la habilidad con que las mujeres solventan sus desavenencias sentimentales, decidí abstraerme de sucesos noticiosos locales y plasmar mis ideas sobre este peculiar argumento. Por respeto a la hermosura de las palabras originales, tendría que haber plagiado su escrito y así rendir homenaje a tan elegante prosa. No obstante, la divulgo con modificaciones debido a ese prurito que tiene todo comunicador de dejar grabada su impronta personal para que alguien, no importa quién, profiera arrumacos o censuras. Hablaré, pues, de la venganza femenina, intrincada cualidad que ejecuta la mujer cuando sufre despecho por un estropeado amor. Si un hombre quiere ser recordado con vehemencia, no debe nunca lastimar a una dama durante el acmé de su enamoramiento. Alguna experiencia tuve. Durante la adolescencia e incipiente adultez, mis novias se aburrían de mí por preferir deporte, ciencia o travesura juvenil a sus tiernas cercanías. Además, jamás supe cortar el nexo umbilical que me ataba a mi progenitora y sigo amarrado, cual síndrome de Edipo, a las peticiones maternas. Cuando se tiene una madre como la mía, resulta difícil encontrar una compañera duradera que cumpla, a satisfacción, con esas excelsas cualidades. Debo confesar, sin embargo, que ya la tengo.

Varios novelistas han explotado la capacidad de disimulo que pueden llegar a tener las mujeres. Los caudales de cálculo y oportunismo que las caracteriza para el alcance de sus objetivos en el escenario práctico de la vida, las hace infalibles al momento de clavar la daga de la retaliación. Al amparo de maquillajes, gesticulaciones y encantos, puede ocultarse un ánimo de reivindicación que solo adquiere henchida satisfacción el día de la revancha. No siempre acontece, empero, que la hembra se quede rumiando por mucho tiempo la reparación de una ofensa recibida, ni ésta se va a manifestar necesariamente por actos de infidelidad lacerante. Circunstancias propias del temperamento, desde luego, o el despertar de impulsos contradictorios que yacen entre la vacilación y la audacia, la pueden llevar al desquite en un lapso muy breve, o a diseñar, por contra, una vindicta solapada y refinada, especie de obra maestra de carácter insondable, con la cual podría ella lograr el resarcimiento de su virtud ofendida. Viene a mi memoria una cita que advertía, "a la mujer hay que temerle todo, especialmente su perdón". Alzheimer borró de mi mente el nombre del autor.

Ilustro, con un ejemplo habitual, esta pieza dramática. Imaginemos a una jovencita que, iracunda, por pillar a su pretendiente romanceando con otra doncella, llama a un compañero de curso y le propone una salida inmediata para desahogarse por la inquina padecida. El joven escogido, ni más faltaba, en pleno ejercicio de sus instintos biológicos naturales, acepta gustosamente el motivo y se apresta a consentirla sin reato alguno. Al día siguiente, con espontánea indiferencia, ambos se miran de reojo con discreto recelo. El mundo, obvio, sigue su marcha, y ninguno de los dos opta por voltear hacia atrás, porque en estas circunstancias lo que menos cuenta es el goce compartido. Se trataba de una mera represalia y las reglas del juego hay que seguirlas sin mucho discernimiento.

Tiempo después, por esas cosas del ego masculino, cuando el imberbe estudiante anhela a que el episodio de placer se le redoble en condiciones menos azarosas y fortuitas, decide recordarle a su compañera, en plan de seducción, por supuesto, algunos detalles de aquella lejana tarde bajo los arbustos, pero ella, impasible, se hace la desentendida: nada sabe, nada experimentó, de nada se acuerda. Y mientras él se siente mísero por el desinterés que suscita su deseo de repetición, la otra parece ufanarse de no guardar sobre dichos actos ninguna memoria, como si nunca hubieran compartido más que el polvo de anaqueles y el moho de unos folios apolillados en el laboratorio de química.

Sin el menor resquicio de duda, la mujer es mucho más avispada y sagaz que su contraparte heterosexual. En mis años mozos, me causaba hilaridad escuchar a machos, durante tertulias en bares o disfrutando partidos de fútbol, vociferar sus destrezas para la conquista y asegurar que ellas habían sucumbido por la gracia de sus estrofas y hechizos. Desengáñense, amigos de género. La mujer es quien decide cuándo y con quién caer. Por tanto, aquél hombre que devanea riesgosamente por fuera de su ofrenda idílica debe ser lo suficientemente hábil para burlar las intuiciones y pesquisas de su prometida si no quiere sufrir el doble del dolor que a ella le infligió por torpeza. Ante un acto de perfidia, ciertas mujeres, con tal de preservar su privilegiado estatus y simulando incondicional entrega, se tornan calmadas y flemáticas, sin demostrar en ningún momento que su orgullo flaquea o que su temple se desvanece. Así, simulan no enterarse de los deslices caninos de su compañero, mientras allanan el terreno para reforzar su andamiaje bélico y preparar inmejorable ocasión para dar el puntillazo de gracia y provocar una herida irreversible en la víctima en el momento menos esperado.

La mujer es el ser más tierno sobre la faz de la tierra, siempre y cuando se le brinde cariño, respeto y comprensión, pero cuando se le agravia o humilla, hay que prepararse para lo peor. Ya percibía Voltaire dicha ambivalencia cuando expresó, "el primero que comparó la mujer a una flor fue un poeta; el segundo, un imbécil".

El autor es médico
 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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