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Reportaje especial
Panamá, viernes 24 de agosto de 2007
 

¡QUÉ BUENO!

‘La cosa está dura’

Penny de Henríquez

El panameño, como todos, tiene sus peculiaridades que lo caracterizan y lo clasifican en una idiosincrasia especial y única.

Pareciera que a la mayoría no le gusta cuando la economía está pujante, cuando hay más facilidades de conseguir empleos, cuando no hay grandes desgracias de las que lamentarse... en fin, cuando las cosas marchan bien.

Añoran la clásica frase "la cosa está dura", y se empieza entonces a buscar motivos para luchar, para hacer manifestaciones, tirar piedras, cerrar calles y hasta herir o matar a alguien si la circunstancias lo permiten para tener mayores motivos de salir con la cara pintada de guerra.

Uno de los rubros en donde más se afinca nuestra economía es en la construcción, lo que nos ha dado en el último tiempo esa imagen de país creciente y próspero. Pero ya hay quienes se sienten mal por ese auge y necesitan dar al traste con la bonanza.

Entonces salen todos, alborotan, vociferan y maldicen a los que consideran el motivo de sus desgracias: a los extranjeros que "vienen a abrir negocios trayendo sus malas costumbres", a los empresarios "que quieren imponer sus leyes", a la lotería "porque solo venden números altos y no ganan" y hasta a los brujos porque a pesar de los ruegos, "llueve mucho produciendo inundaciones" (y no porque al tirar la basura en las alcantarillas y los desagües, estas se obstruyen).

Empieza entonces a correr de boca en boca casi con una alegría draconiana el popular dicho "la cosa está dura".

Siempre tienen una razón para manifestar su descontento: culpan a los dueños de lotes baldíos porque no los limpian provocando que sus hijos sean picados o mordidos por alimañas, mientras ellos se pasan alegremente todo el sábado y parte del domingo libando licor en los patios a la sombra de un árbol de mango, junto a un juego de dominó y un asador. Ah, no, pero ¿cortar hierba o recoger la basura? Esa es tarea del gobierno o de los otros.

Vociferan en contra de los transportistas porque aumentan el pasaje o porque los autobuses están en malas condiciones, pero tan pronto suben a uno, lo primero que hacen es pegar un chicle por debajo del asiento, comer de una bolsa grasienta y tomar bebidas que gotean, dejando una estela de basura y malos olores a su paso.

Esto me recuerda cómo hace ya bastantes años teníamos en el país un hotel de una cadena internacional, muy elegante y de moda, en donde se celebraban casi todos los eventos de la época; tan pronto se hizo famoso se metió el sindicato porque "no les pagaban bien a los trabajadores y los estaban explotando". Al poco tiempo el hotel cerró, abrió luego con otro nombre, y luego con otro y otro... nunca levantó cabeza y jamás ha vuelto a ser lo que fue.

Siempre me pregunto que habrá sido de aquellos trabajadores "explotados y mal pagados", y me imagino que quedaron por allí felices saludando a todos con la clásica frase "la cosa está dura".

¿Por qué ese espíritu de destrucción tan negativo que no permite que avancemos por derroteros de triunfo?

¿Por qué no agradecer y darle apoyo a esos extranjeros que vienen a invertir en nuestro país a pesar de nosotros, y a los empresarios en general que son la simiente de la economía de la que luego todos de una u otra forma nos beneficiamos?

¿Dónde quedarían los trabajadores si los extranjeros y empresarios cerraran sus negocios? ¿Dónde están las grandes industrias y fábricas nacionales que podrían darle acogida a todos?

Miremos con visión positiva hacia el futuro y busquemos la solución a los problemas con sentido de responsabilidad y respeto para que empecemos a apreciar que la cosa marcha bien y no que "la cosa está dura".

La autora esesora de etiqueta, imagen y protocolo empresarial y social



 
 
 
 
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