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Reportaje especial
Panamá, jueves 23 de agosto de 2007
 

¡QUÉ ENORMIDAD!

Nuevos riesgos para el Canal

Darío Suárez

Ahora sí que se acomodó la cosa. Como si no bastara con la amenaza de cubrir grandes áreas próximas a la desembocadura del Canal con polvo de piedra caliza proveniente de la operación de una planta de molienda proyectada en la ribera del Pacífico, contigua a las esclusas de Miraflores y al Puente de las Américas, se ha presentado un proyecto para colocar tuberías de petróleo crudo y derivados debajo de buena parte de la ruta transoceánica en la vertiente atlántica canalera.

Pareciera una conspiración no planeada para atiborrar de riesgos la operación del tránsito por el Canal, -la que con la posición geográfica es el mayor activo panameño- que se podría interrumpir por tiempo indefinido si ocurriera un derrame por rotura o por desnivelación de la tubería a instalarse debajo de parte del lago Gatún y, en secciones, debajo de la ruta de navegación.

Realmente sería una temeridad inexcusable el concretar ambos proyectos, por muy perfectas y protegidas que resultaren las instalaciones, cuando, en cambio, pueden colocar el oleoducto sobre tierra firme, como se hizo de Charco Azul a Rambala, y eliminar todo riesgo de derrame en el Canal. Ello resultaría comparablemente preferible, aunque, para operarlo, por la ruta anunciada existiese una tecnología mediante la cual sensores adheridos a lo largo de las tuberías que detectasen fuga en el tramo acuático o en sus cercanías, transmitieran a una computadora una señal que permitiera a ésta ordenar un cierre inmediato de válvulas para evitar la circulación y derrame del fluido. Pero, ¿qué necesidad hay de contraer estos riesgos? Si modificando el proyecto, y eliminando el oleoducto debajo de aguas del Canal, aún hubiere tuberías por atravesarlo, deberían hacerlo transversalmente mediante un puente como el Centenario. Tal puente podría además servir para el paso de un tren suburbano que conectase estaciones con la capital desde La Chorrera, y en su recorrido.

Aunque no sean iguales las causas de un derrame, el temor al mismo ya ha provocado rechazo en localidades terminales del oleoducto proyectado. Está fresco en la memoria el producido en Bocas del Toro por averías en un barco petrolero, pero, en relación a Taboga y su entorno, también se temen contaminaciones por derrames durante la carga, descarga y almacenaje del producto, amén del peligro latente de daños en el oleoducto submarino entre Howard y la isla o la plataforma en donde se coloquen tanques y otras instalaciones, con todo y que se enfunden dentro de un túnel de hormigón armado impermeabilizado incrustado en el lecho marino. Tal técnica podría emplearse para el proyectado debajo del Canal, pero ¿por qué sembrar riesgos, además de que sobre tierra podría ser menos costoso, y, no afectaría tránsito por el Canal durante la construcción, mantenimiento y reparaciones del tramo acuático? Riesgo es riesgo, por más mínimo que sea.

Por lo anterior y por el riesgo de potencial interrupción de tránsito -o momentánea o prolongadamente,- por derrames, y, o, por la polvareda provocada por la operación de la producción de cemento, los usuarios del Canal podrían: o aumentar sus fletes para compensar potenciales demoras; o variar de ruta, especialmente los barcos crucero que no querrían exponer a sus pasajeros a la incomodidad del polvo. Todas las posibles reacciones que surgieran de parte de usuarios, por temores a retrasos e insatisfacciones en la travesía, militarían en detrimento de la competitividad del Canal como alternativa de paso económico de mercancías, recreativo, rápido, seguro, sin contaminantes y sin inconvenientes.

Independientemente de quiénes sean los inversores, propulsores, constructores y operadores de los presuntos proyectos, aunque no se lo hayan propuesto, atentarían contra la seguridad, valor económico, competitividad y hasta rentabilidad de la operación del Canal. ¡Qué enormidad!

El autor es jubilado



 
 
 
 
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