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Reportaje especial
Panamá, martes 14 de agosto de 2007
 

EL MALCONTENTO.

La ociosa caridad de las élites

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Prometí no escribir sobre esto. Contenerme y no dar más razones a los que la agrura del Malcontento les sabe a leche cortada –tradúzcase por mala leche–. No ponerme a pontificar –tendencia que no logro controlar– ni a criticar a los demás, aunque ahí sí me siento tranquilo porque la mitad de mi tiempo lo gasto dando latigazos en mi espalda, en la de nadie más.

Así que, una vez dadas las disculpas previas y tras explicar que hubo personas razonables que me aconsejaron no deslizarme por estos vericuetos, me lanzo al abismo.

Una noche cualquiera de la pasada semana, que no era cualquier noche, y por razones del trabajo y las amistades, la pesadilla real se coló en mi vida. En pocas horas recorrí la desigualdad, el choque de realidades, el verdadero, profundo y dramático problema de fondo de muchos países de Latinoamérica. Un paseo por las caras bonitas, el poder y el desarrollo que nos venden como bueno, pero que tantas víctimas colaterales deja en el camino.

Empezaré por el final. La noche concluyó con un frenazo de carro provocado por una moto del SPI y otra de los mal llamados linces –me parece un insulto para el animal y un sobredimensionamiento de la capacidad mental de esas tortugas ninja con ínfulas de power rangers–. Los esmerados agentes paraban el tráfico cerca del Centro de Convenciones Atlapa porque el poder se desplazaba sobre ruedas. La caravana escoltada contemplaba una veintena de vehículos entre los que estaban ambulancias, furgón de bomberos, decenas de escoltas con radio en mano y cara de estreñimiento, y carros con vidrios tintados para que los ciudadanos no veamos bien el poder.

Era la caravana del presidente brasileño Lula, antes sindicalista, antes persona, antes pobre, ahora hombre en el poder. Me dolió el estómago al ver cómo los que están destinados a gestionar lo público toman esa distancia presuntuosa, agresiva y violenta, como casi toda demostración de poder.

¿Cómo pueden los presidentes dar solución a los problemas si la velocidad de sus caravanas no les deja ver la realidad?, ¿cómo abordan los problemas del tráfico si ellos no los sufren? ¿quién les dijo que ganar unas elecciones es convertirse en buda sobreprotegido?, ¿cómo se puede tener tanto miedo al contagio de la realidad?

Imagino que ese encogimiento estomacal ya venía aderezado por los anteriores sucesos nocturnos.

El primero fue en el Hospital Santo Tomás. En contra de la prudencia que aplico a mi vida social –es decir: no tenerla–, visité Casa Cor (esta vez lo escribí bien) y lo único en lo que pude pensar fue en un acto de boicot en el que una jauría humana entrara a esta casa de mentiras y la utilizara. Imaginé los baños en uso, las botellas de vino abiertas, las sábanas de las camas calientes de amor, el yacuzzi con un patito de goma flotando después de una fuerte marejada... No sé, hacer algo de utilidad en este lugar que me apareció como un homenaje al gusto dudoso y al despilfarro sin duda.

¿Por qué gastar tanto dinero para recaudar fondos para causas de pobres?, ¿por qué las mismas empresas que regalaron materiales y plata para este evento de alta alcurnia son luego tan duras para colaborar con la cultura, el deporte o simplemente para cumplir con los derechos laborales de sus empleados? ¿Por qué no emplear la sabiduría de los que diseñaron los espacios para trabajar en pro de las comunidades de manera directa?

Los nombres de los espacios podían parecer hasta insultantes: ‘Loft para pareja de recién casados’ se denominaba un lugar que es una bofetada para los miles de jóvenes panameños que cuando comienzan su vida en pareja se suman al hacinamiento de la casa de los papás por la imposibilidad de pagar un alquiler de 100 dólares al mes.

En el lugar, todo era gente bonita, que hablaba en este spanglish innecesario de la clase alta, comentarios elogiosos y sorpresa por esas maravillas del desarrollo traducidas en un baño de 5 mil dólares que hace casi todo por ti.

Por eso, alcancé a pensar que el loco soy yo. Y así debe ser. Claro que, al salir del recinto y dar la vuelta con el carro por el verdadero hospital, la visión de las mamás cargando niños en llamas, indígenas tirados en el andén, los puestos precarios de comidas de a dólar y el caos, me devolvió a una realidad dura y agreste que la clase alta trata de solucionar con cocteles y actos de caridad de dudosa efectividad.

Esa noche pasaron más cosas, pero ni el espacio ni el aliento me aguantan. Lo que sí siento ahora es una especie de remordimiento, por las veces que yo me alejo de la realidad con las excusas más ridículas, y un profundo dolor al comprobar que las élites –políticas, económicas o culturales–, las únicas con el tiempo y los recursos para cambiar las cosas, cada día cierran más la burbuja de cristal en la que viven y desde la cual ven al resto de los ciudadanos. Mundos paralelos. Uno muy chiquito, caliente y cómodo. El otro, demasiado vasto, inabarcable, y violento. Y en medio, nada, políticos viajando tras vidrios tintados.

El autor es periodista



 
 
 
 
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