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Reportaje especial
Panamá, viernes 10 de agosto de 2007
 

CARTAS DESDE EUROPA.

Dueños del planeta

Camilo José Cela Conde

Fue John Locke, allá por el siglo XVII, quien sentó las bases del origen divino y por tanto indiscutible del ser humano —"hombre", decía él, pero entonces no se tenían en cuenta los sesgos sexistas— del derecho a poseer los bienes de la naturaleza. Dios, hombre y propiedad privada formaron así una trinidad capaz de legitimar cualquier expolio. Ha llovido desde entonces pero, sin más que sustituir un par de conceptos, equivalentes en la práctica, la piratería sigue gozando de respaldos. Ahora es la ONU como dios supremo —y, a menudo, tan invisible como el sumo hacedor— la que legitima, y el beneficiario, más allá de aquel hombre genérico de hace cuatro siglos, resulta ser el Estado. Así, para que quede claro que el Locke de los dos Treatises of Civil Government sigue vivo a los efectos que importan hoy es operación suficiente el acercarse al Polo Norte, es decir, al fondo del océano que lo cubre, y plantar allí una bandera.

Los rusos lo han hecho. No solo por aquello de simbolizar el orgullo patrio, que también, sino porque el previsible calentamiento acelerado del planeta va a permitir que la industria explote en breve los fondos árticos y es cosa de sentar carta de naturaleza acerca de quién es el dueño (divino) de sus recursos. El detalle administrativo importa poco: que si la plataforma continental, que si las 200 millas de su prolongación... Puestos a justificar los expolios, no irá de una migaja jurídica más o menos. Con un resultado previsible. La palabra "explotación" tiene la suficiente ambigüedad semántica como para que sirva muy bien de herramienta a la hora de imaginar lo que sucederá.

Las gentes biempensantes llevan décadas urdiendo cuáles podrían ser las razones morales para combatir el expolio de la naturaleza. La empresa no es absurda; al fin y al cabo el propio Locke recurrió a argumentos éticos para apuntalar sus argumentos. Pero los enfoques se vuelven a menudo ingenuos, como cuando se apela al origen divino de todo lo creado para justificar de tal suerte su conservación. Como, por suerte o por desgracia, esa creación primigenia —si se le llama selección natural hay más probabilidades de estar en lo correcto— incluye las plagas molestas, los virus que nos arruinan el sistema inmune y las bacterias que causan fiebre y diarreas. ¿Habría que respetar también tales formas de vida, negando tratamiento médico a quien enferma?

Pero volvamos al expolio en sí. Rusia quiere sacar del fondo del Ártico petróleo, oro y diamantes. Fuentes todas ellas de mucho dinero que convertirá en ultramillonario a unos pocos ciudadanos o aumentará la riqueza de la nación —a menudo es lo mismo. Pero si en la época de Locke cabía pensar en los bienes de la naturaleza como si se tratase de un maná que cae permanentemente del cielo, hoy es necesaria una visión más realista: se trata de recursos escasos cuya explotación hipotecará el futuro de las generaciones siguientes. ¿Por qué habría de tener derecho al expolio quien disponga de continuidad geológica a través de una plataforma submarina? En realidad, ¿por qué ha de tener derecho nadie a expoliar todavía más lo poco que queda de naturaleza? Da la impresión de que en estos cuatro siglos transcurridos deberíamos haber aprendido mejor la lección básica del pretendido derecho a apropiarse de los recursos naturales: las riquezas acumuladas hoy significan miseria y hambrunas para mañana.

El autor es escritor



 
 
 
 
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