| CRISIS POLÍTICA.
Memorias de una gira histórica
893733Carlos A. Alvarado
y Franklin Castrellón
En noviembre de 1988, cuando Panamá y los panameños hacíamos frente a la peor crisis política y económica de nuestra historia, nos correspondió participar de una "gira de mercadeo" por varios países de Sudamérica, junto al entonces subadministrador de la Comisión del Canal, Fernando Manfredo Jr., y el jefe de Mercadeo, Sandy Hinkle.
A diferencia de otras giras de mercadeo, esta revestía características especiales. Lo usual es que la agencia canalera utilizara estas giras con el propósito de intercambiar con los clientes y usuarios información de mutuo interés. Esta era, y sigue siendo, una herramienta esencial para que tanto los clientes y usuarios como el propio Canal conozcan los planes de cada uno.
Pero en esta ocasión había un ingrediente especial. La transición del Canal de Panamá caminaba hacia su etapa decisiva –el traspaso de la vía y todos sus activos al control de Panamá y los panameños. El dictador Manuel Antonio Noriega, como parte de su estrategia para captar respaldo internacional a su enfrentamiento con Estados Unidos, había denunciado que ese país planeaba retener el control del Canal, cosa que –evidentemente– no era cierta.
La gira incluyó a Brasil, Chile, Perú, Ecuador y Colombia. Cuando estábamos en Brasil –en donde se efectuaba una conferencia-exposición marítima mundial organizada por Seatrade–, se presentó nuestra primera sorpresa. En la reunión inaugural se presentó Rigoberto Paredes, quien pidió la palabra en medio del solemne acto para reiterar la denuncia hecha por Noriega de que el "imperialismo yanki" no iba a entregar el Canal a Panamá, acusando a la comitiva de la CCP de ser instrumento del imperialismo.
Luego de que Paredes fuese declarado fuera de orden, la reunión inaugural retomó su cauce y pudo concluir como se había programado. Lo que quedó claro fue que Paredes había sido enviado por Noriega a neutralizar lo que éste suponía era el propósito de nuestro viaje: denunciar su régimen y lograr apoyo para la lucha del pueblo panameño contra la dictadura.
Consistente con la política de la organización canalera, nuestro propósito era absolver las inquietudes que tuviesen los clientes y usuarios sobre el futuro del Canal, darles las seguridades, con información a mano, de que se hacía todo lo necesario para que la vía continuara siendo una ruta eficiente, segura y confiable. Además, se les informó que todo marchaba conforme se había pactado en los Tratados Torrijos-Carter, como efectivamente ocurrió el 31 de diciembre de 1999. La iniciativa de Noriega de hacer fracasar la gestión de Manfredo tuvo un efecto contrario. La intervención de Paredes despertó la curiosidad de los presentes y de la prensa, lo que contribuyó al éxito de nuestra misión.
Las visitas a Chile y Perú fueron normales, ya que cumplimos con nuestro propósito de divulgar lo que el Canal hace para apoyar el comercio exterior de esos países. Ecuador fue una carrera contra el tiempo. Llegamos a Quito al atardecer. Personal de la embajada americana que nos esperaba en el aeropuerto nos llevó al hotel a dejar las valijas y de allí directamente a la residencia del embajador, donde éste había organizado una reunión con funcionarios del gobierno, navieros y exportadores, a quienes escuchamos con atención y les absolvimos sus inquietudes sobre el Canal.
Regresamos al hotel y temprano al día siguiente salimos a la primera reunión que duró toda la mañana. Al mediodía, luego de almorzar, nos dirigimos al aeropuerto para tomar un vuelo hacia Guayaquil. Cuando regresamos a Quito escuchamos la noticia de que un vuelo de Avianca había sido volado por terroristas, muriendo todas las personas a bordo. Nuestra comitiva tenía programado volar por Avianca a Bogotá, lo que efectivamente hicimos con la consabida preocupación.
Al llegar a Bogotá recibimos informes de la inteligencia estadounidense de que Noriega habría pedido la cabeza de Manfredo al Movimiento Guerrillero M19. Cierto o no, la verdad es que Manfredo enfrentaba un dilema para regresar a Panamá, a sabiendas de que el dictador lo tenía entre los "traidores" a su causa.
En Bogotá fuimos protagonistas de algo parecido a las películas de James Bond, pero en vivo. Fue una muestra de lo que vivía Colombia en ese momento. En el aeropuerto nos esperaban funcionarios de la embajada americana, quienes nos llevaron a la residencia del embajador. Viajábamos en un Van blindado, mientras otro similar nos abría paso. En cada vehículo viajaba un guardaespaldas armado. Al llegar, éstos bajaron dándonos instrucciones de no descender hasta que nos avisaran, mientras apuntaban hacia los edificios cercanos. Al concluir el examen del panorama nos autorizaron a descender, pero nos urgieron que lo hiciéramos lo más rápido posible. Esta fue la rutina durante el fin de semana que estuvimos en Bogotá.
Como el sábado no teníamos agenda, se nos sugirió visitar el Museo del Oro. El embajador, que no lo conocía, decidió unirse al grupo. Partimos del hotel hacia el museo, en medio de un tráfico pesado. Al rato nuestro conductor comentó: allí adelante va el embajador. Efectivamente, en medio del intenso tráfico se podía observar tres vehículos Van avanzando a velocidad: el del embajador con una escolta adelante y otra atrás.
Al aproximarnos a una esquina, cambió la luz a roja, pero nuestro carro y el escolta la rebasaron, no así el grupo del embajador que se detuvo bruscamente. Al observar que el carro del embajador se había quedado atrás, nuestro conductor frenó y llamó por radio, enterándose de que el auto del embajador había colisionado con el de su escolta delantero y no podían moverse. Nuestro conductor retrocedió rápidamente, esquivando los autos que rodeaban al del embajador. Se detuvo a prudencial distancia, mientras el embajador corría y entraba a nuestro auto, seguido por sus guardaespaldas. Con el embajador a bordo, nuestro auto partió a gran velocidad mientras uno de los guardaespaldas daba un salto y se colaba por la ventana delantera, cayendo sobre Alvarado con su rifle automático.
Mientras todo esto ocurría, Manfredo comenzaba a recibir mensajes desde Panamá que le avisaban que Noriega había dado órdenes de apresarlo al llegar al aeropuerto. La embajada hizo los arreglos para que Manfredo viajara con nombre falso, algo prácticamente imposible con un panameño tan conocido. Al día siguiente, al registrarnos en el mostrador de COPA, la joven que atendía resultó ser panameña. "Buenos días señor Manfredo", saludó amable. "Disculpe señorita, no soy Manfredo, soy Juan Rodríguez", contestó, ante la cara de sorpresa de la joven. Finalmente llegamos a Panamá y Manfredo, conocedor del aeropuerto, se adelantó y se escabulló por la puerta que llevaba al Salón Diplomático, en donde era esperado por su chofer, que lo trasladó hasta su residencia en Balboa.
Nuestro regreso a Panamá ocurrió el 2 de diciembre de 1989; 18 días después se produciría la invasión estadounidense que depuso al dictador y al régimen que lo apoyaba.
Los autores son jubilados del Canal de Panamá
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