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Reportaje especial
Panamá, jueves 9 de agosto de 2007
 

DEBATE.

¿Tiene derecho Noriega a la democracia que nos negó?

Roberto Ruiz Díaz

Como una persona que estuvo detenida en los peores momentos de la dictadura que lideró Manuel Antonio Noriega, incluso siendo menor de edad, y con esos 17 años que tenía en el año de 1987 y los años siguientes hasta llegar a la invasión norteamericana, pude ver la forma despiadada cómo las tropas y los famosos "batallones de la dignidad" golpeaban y vejaban a la población civil, desarmada e indefensa, con su única arma de defensa, un pañuelo blanco, que por cada ondeaba que daba, era una bala de dignidad y decencia que le disparábamos al tirano de turno.

Esto fue hace 20 años, lo cual no podemos olvidar y debemos recordar siempre, para que las generaciones que viven hoy una democracia, tengan presente que si bien no es perfecta, sí nos permite de alguna forma u otra expresarnos y transitar libremente, sin el temor a la represalia, por el solo hecho de llevar una prenda de vestir blanca. Fueron momentos difíciles en los cuales no había derecho a nada. Sola la camada de esbirros y aduladores del general Noriega tenían derecho a celebrar y servirse de la cosa pública, todo a costa de haberle hecho creer a Manuel Antonio Noriega que él era invencible; y mientras éste, aupado por sus falsos amigos, arremetía contra el pueblo civil, ese grupejo de personajes se llenaba los bolsillos con los recursos del Estado.

Cuando se luchó contra el régimen de terror, que se presentaba en aquel momento, la idea primordial era recuperar la democracia, pues es y será la base y cimientos de un Estado de Derecho, el cual nos garantiza la justicia, la paz y, sobre todo, el respeto al derecho ajeno, que nos fue negado.

Igualmente buscamos que todo ciudadano tuviese derecho a vivir y ser tratado con dignidad y decoro dentro de esta patria chica, que dividida por los caprichos de unos pocos, nos hacía ver diferentes los unos a los otros, aun cuando fuésemos, incluso, familiares.

Lastimosamente, la invasión americana fue la forma de terminar una tragicomedia, en la cual teníamos a un comandante que se sentía poderoso, porque unos cuantos, que ahora lo niegan, lo envolvieron con falsas informaciones de que tenía el control del país. Pero lo cierto es que luego de ese desenlace, volvimos a respirar aires de libertad y democracia, en donde nos hemos podido dar el lujo de tener tres elecciones libres, sin influencias ni imposiciones. Que no escogemos bien al gobernante, ya eso es materia de otro escrito, pero vivimos un estado en donde la justicia camina, con tumbos, pero camina, donde exigimos que se nos respeten nuestros derechos.

Si lo anterior es así, ¿por qué y con qué argumento podemos ahora decir que Manuel Antonio Noriega no puede regresar a su país, si para bien o para mal, es igual a nosotros, nació en este pedazo de tierra y, como tal, tiene todo el derecho a que la justicia, esa que él nos negó, le sea aplicada y que todos los derechos que tenemos los ciudadanos comunes y corrientes, también los tenga él?

Manuel Antonio Noriega no es un extraterrestre, ni nada que se le parezca, es un panameño más de nuestra tierra, que merece regresar a su país, pero con la condición de que pague sus culpas, las cuales han sido declaradas por los tribunales.

Noriega, ese comandante que lucía un machete y se mostraba invencible, ya es un veterano que tiene derecho a estar cerca de su familia, y si las normas con las cuales fue juzgado en Estados Unidos establecen su repatriación, ninguna autoridad nacional se la puede negar y así como se luchó diplomáticamente para que Pacífico Castrellón volviera el país, guardando las proporciones de los personajes, Noriega, ése que nos hizo la vida de cuadritos, tiene el derecho de regresar a Panamá y que la justicia y las leyes se le apliquen en su justa medida.

Así veo las cosas y así las cuento.

El autor es abogado



 
 
 
 
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