| DE MILITARES, SECUACES Y JERARCAS.
Muertos de la risa
892746Carlos Guevara Mann
Usted no habrá dejado de leer, en La Prensa (1 de agosto), las declaraciones del pundonoroso militar Felipe Camargo, quien -como tantos de sus secuaces- exterioriza opiniones, presenta recomendaciones y hasta asiste a actos religiosos sin manifestar el menor atisbo de rubor.
Vaya país éste, en que golpistas, torturadores, salteadores del erario y sofistas de la peor calaña son autoridades consultadas por los medios de comunicación, para que opinen sobre la más variopinta temática, que abarca desde la construcción de letrinas mejoradas hasta las supuestas actividades de ovni en el territorio nacional. Quienes deberían estar encerrados -per saecula saeculorum- en un calabozo, por todas las maldades que infligieron al pueblo panameño, andan -por el contrario- muertos de la risa, satisfechos de todas las hazañas realizadas y de la ineficaz acción de la justicia en "democracia", que ha sido incapaz de sacarlos de circulación y exigirles la correspondiente retribución a la sociedad por sus perversidades y degeneraciones.
Cierre por un minuto los ojos, concéntrese y escuche las carcajadas de estos sujetos cuando se reúnen a celebrar los desatinos del sistema judicial y las bondades de la "papa nueva", que -con apoyo de un partido autodenominado "popular" (antes "demócrata cristiano")- ha dado empleo a tantos de ellos. No le será difícil imaginarse las risotadas de Delgado Diamante y Severino Mejía, las expresiones de gorilesca camaradería entre Papo Córdoba y Nivaldo Madriñán, las conversaciones esotéricas entre Díaz Herrera y Paredes del Río y los "choteos" entre Colamarco y el mentado Camargo, todos ellos compinches y pasieros.
Invitados permanentes a esos jolgorios han de ser Illueca y Solís Penca, quienes arribarán a las festividades en una ambulancia del Meduca. Fraudito y Tutsi Blanco, no cabe duda, concurrirán en la grata y lucrativa compañía de sus amigos inversionistas del PRD dominicano. El colombiano Epaminondas no se perderá uno de esos eventos, a los cuales seguramente asistirá acompañado del presidente vitalicio, quien le pagaba la beca en Transit, S.A., ese negociazo redondo en el que participaban militares y civiloides, que nunca fue investigado y del que ya nadie se acuerda. La fiesta no estará completa hasta que lleguen la sin par Balbina, Mike Bush, Nils Castro y el "diplomático" Paulino, aspirante perpetuo a las grandes ligas del perredismo, a las cuales, sin embargo, no termina de entrar, por más tinta cepillera que invierte semana tras semana, mes tras mes y año tras año.
Qué dicha, qué alegría y qué gran felicidad la de los torturadores y los saqueadores en nuestro país. En Haití, tras la caída de la tiranía de Duvalier, el pueblo enardecido incineraba vivos a los tonton macoutes, los integrantes de los escuadrones terroristas de la dictadura, similares a los batallones de la dignidad de Colamarco o los codepadis de Norieguita Alemán. Acciones de ese tipo -de venganza tribal- son inadmisibles en sociedades civilizadas. Pero la impunidad absoluta que prevalece en Panamá también es señal de barbarie. Y nada hacen quienes se complacen en llamarse "jerarcas" del sistema judicial por enmendar el rumbo de la justicia panameña.
El cinismo de un ex jefe batallonero, quien no muestra arrepentimiento alguno después de dirigir campañas de maltrato y persecución contra mujeres, hombres y niños panameños y llevar a la muerte a muchos ciudadanos engañados por una campaña de falso nacionalismo (La Prensa, 5 de agosto), es el más reciente ejemplo de esa barbarie que predomina en el país, a ciencia y paciencia de las autoridades judiciales. Gracias a ella (la barbarie), tenemos a torturadores actuando como jefes de seguridad de entidades públicas; a individuos acusados de asesinato, fungiendo como directores generales en dependencias del Ejecutivo; y a terroristas desempeñándose como ministros de Estado y pronto -quizás- como presidentes de la Asamblea. Ellos se mueren de la risa, mientras la ciudadanía paga sus salarios con impuestos cada vez más altos e intolerables.
La opinión pública y los medios de comunicación que se consideran democráticos deben tener el valor de censurar moralmente a estos sujetos (así como a los responsables del envenenamiento masivo con dieti-Alleyne-glycol). Ninguno de dichos elementos tiene los rasgos de humanidad o ciudadanía para dictar lecciones de democracia ni presentarse como funcionarios idóneos del sistema democrático que tanto deseamos procurar para nuestro país. ¿Hasta cuándo la burla?
El autor es catedrático de Ciencias Políticas y fue director general de Política Exterior
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