| EL EX GENERAL TIENE QUE SALDAR DEUDAS.
Noriega se ganó la cárcel
Bertilo Mejía Ortega
Sin eufemismos y en el tono más enérgico, los panameños y panameñas decentes debemos exigir la presencia de Manuel Antonio Noriega, en Panamá, para que salde sus deudas con la sociedad. La justicia debe estar por encima de la componenda, el favoritismo y el tráfico de influencias, utilizados por los socios del poder para evadir la misma.
El ex dictador panameño no tuvo escrúpulo para cometer escandalosos fraudes electorales que escamotearon Presidencia y curules legislativas, y que al mismo tiempo favorecieron a civiloides al servicio del entonces cuartel de la Avenida A.
Tampoco le importó con la vida de humildes panameños que como Edwin Heredio Amaya, un campesino santeño que laboraba en una hacienda en las tierras altas de Chiriquí, mandó detener, torturar y desaparecer. Igual suerte corrió Julio Samudio, joven esposo de una educadora, desaparecido cuando Noriega fungía como mayor de la ex quinta zona militar de la provincia occidental.
A la lista de víctimas del sanguinario militar hay que agregar al Dr. Hugo Spadafora, detenido por órdenes superiores en la frontera tico-panameña, conducido al cuartel de La Concepción, Bugaba, y luego torturado y decapitado salvajemente por subalternos del mandón de turno.
El padre Van Klief, un religioso que prestaba sus servicios en la parroquia de la comunidad de Santa Marta, también en el distrito de Bugaba, recibió un disparo cuando un subalterno del dictador lo encañonaba en momentos en que el sacerdote hacía un llamado a la comunidad religiosa para que asistiera al oficio dominical el día electoral de mayo de 1984.
La "Masacre de Albrook" constituye otra página lúgubre escrita durante la dictadura de Noriega, y que consistió en sus órdenes directas para que asesinos a su servicio descargaran las ametralladoras contra las cabezas y bustos de compañeros de armas, que hastiados de la corrupción y la represión contra un pueblo que reclamaba democracia, justicia y libertad, se alzaron el 9 de octubre de 1988 contra el dictador.
El ex dictador ha recibido condena por algunos de estos actos abominables y propios de un antropófago henchido de poder, y una celda sin lujos debe recibirlo en un país al que saqueó, ofendió y deshonró con prácticas lesivas a la dignidad humana y a la nación.
Los panameños estamos en el deber moral de exigir que cumpla su condena en nuestro país. La sangre de numerosos heridos, muertos y torturados por los organismos de represión que él (Noriega) dirigió, así como los atracos que esquilmaron las arcas del Estado, deben ser factores de inspiración para que el civilismo panameño alce la voz en un grito de ¡JUSTICIA! hasta que el encadenado ingrese a la prisión.
Debemos aprender de los chilenos que estoicos, dignos y conscientes de las profundas heridas causadas por una dictadura igualmente feroz, reclamaron la cárcel para el ex dictador Pinochet, hasta la última hora de su vida. Y en la actualidad, están llevando a la cárcel a militares que durante la tiranía violentaron los derechos humanos. Así debe ser si pretendemos que la justicia se pronuncie en el tono debido y que los enfermos escarmienten de los graves daños que han causado al pueblo y a los países que han corrido la mala suerte de ser sus víctimas.
Muy bien sabemos que los usurpadores del poder, sea por la vía de las armas, o por la vía del sufragio, cuando acceden al poder, hacen muchos amigos y que éstos, con la habilidad de ladrones de cuello blanco, hacen fortunas y reciben favores impagables. Que los beneficiarios de la "lascivia monetaria" quisieran recibir al criminal en un camino de rosas, en una avenida de claveles o en alfombra roja, pero ellos suelen ser muy pocos en comparación con las grandes mayorías de nacionales que sedientas de justicia por tanta sangre derramada, por tanto dolor arrancado y por tantas vidas segadas, de manera prematura, se unen al clamor nacional de cárcel para Noriega.
No dudamos que algunos pensarán que esto es llover sobre mojado, que se está utilizando la coyuntura para buscar protagonismo, incluso que ya el asesino pagó y que cuál es el temor. No se trata de eso, cuando un pueblo dobla la página y trata de olvidar un nefasto pasado, corre el riesgo de volver a sufrir un descalabro igual o peor.
El pueblo panameño, en mayoría, es digno y valiente; así lo ha demostrado en las guerras del siglo pasado y también durante las acciones de la Cruzada Civilista Nacional de los años 80, por ello, no dudamos, emulará siempre y al unísono, aquel pensamiento del Dr. Pablo Arosemena... "Cuando la opinión calla, el abuso se cree soberano y predomina; importa que la voz de los ciudadanos se haga oír en defensa de todo derecho y en protesta contra toda injusticia".
El autor es educador y fue legislador de la República
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