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Panamá, domingo 5 de agosto de 2007
 

MANUEL ANTONIO NORIEGA.

Igualito que siempre

891715Betty Brannan Jaén

Panamá, RP. -Después de ver a Manuel Antonio Noriega en la audiencia de la semana pasada en Miami, me inquieta la percepción de que él es un hombre que no ha cambiado. Que se aferre al mismo uniforme muy almidonado y al mismo cabello negro muy engominado me parecen manifestaciones externas de que sigue igual a lo interno, donde la megalomanía, la maldad, y la mendacidad son características inamovibles. Por ello es absurdo sostener –como hizo Felipe Camargo, en declaraciones que este diario publicó en primera plana el miércoles– que si Noriega regresa a Panamá, él nos podrá revelar al fin "la verdad" sobre la muerte de Omar Torrijos o, como sugieren otros, "la verdad" sobre el asesinato de Hugo Spadafora. Todo lo contrario. Lejos de hablar verdades, tengo claro que Noriega usará todos los micrófonos posibles para dar una versión de los hechos que lo absuelve y repara su reputación a la vez que cobra facturas viejas y prepara el retorno al poder que sus delirios acarician.

En Miami, la semana pasada, observé, por ejemplo, que este es un hombre que todavía ve al mundo por el prisma de que él imparte miedo. Fíjense en que Frank Rubino, el abogado defensor de Noriega, acusó que el embrollo sobre la extradición de Noriega a Francia es motivado por el hecho de que los políticos panameños "tienen miedo" de dejar que el ex dictador Noriega regrese al istmo, repitiendo la misma tesis que Noriega ha estado acariciando por 17 años como explicación de lo que lo llevó a la cárcel. "Mi enjuiciamiento fue orquestado por aquéllos que me temen", dijo Noriega al juez federal William Hoeveler en 1992, minutos antes de que éste lo sentenciara. "Como Dios fue mi pastor y no dejó que me mataran", tuvo Noriega el cinismo de afirmar, "me traen hoy aquí para que usted les haga el favor de matarme en vida". Hoeveler respondió sentenciándolo a 40 años de prisión, condena que (como señaló Rubino a la época) significaba que Noriega moriría en la cárcel. Pero Hoeveler lo salvó de esa "muerte en vida" cuando después le redujo la sentencia a 30 años.

También me queda claro que la autoestima de Noriega depende de su estatus como "prisionero de guerra", como si él hubiera sido capturado defendiendo a su país de la invasión en vez de huir cobardemente. Es cierto que Hoeveler le concedió ese estatus después de analizar el tema muy cuidadosamente y que algunos artículos del Convenio de Ginebra respaldan el argumento de que un prisionero de guerra tiene que ser repatriado y no extraditado a un tercer país; Hoeveler ha programado una audiencia sobre ese tema para el 10 de agosto. Pero también es cierto que Noriega vive del auto-engaño al arroparse con el Convenio de Ginebra, porque no hay nada en ese tratado que prohíbe que los prisioneros de guerra sean enjuiciados y condenados por delitos ordinarios. El hecho innegable es que Noriega fue condenado por narcotráfico, y nada en el Convenio de Ginebra lo podrá borrar.

No obstante, Noriega se da el lujo de creerse un prisionero político, no un criminal común. En 1996, en una entrevista con Larry King de CNN, Noriega -quien no se atrevió a tomar el estrado de los testigos en su juicio- declaró que la Casa Blanca había intervenido en el juicio cuando "el presidente Bush salió en la televisión y le habló al jurado, pidiendo mi condena".

Falso. Lo que sí ocurrió es que en determinado momento había 11 jurados a favor de condenar a Noriega y solo una –una señora llamada Bernadine Cooper– estaba obstinada en absolverlo. (En Estados Unidos, los veredictos en un caso penal tienen que ser unánimes). Algunas de las señoras en el jurado decidieron rezar para que Dios las iluminara y cuando terminaron de rezar, una de éstas le dijo a Cooper, "El mundo entero está esperando este veredicto. El presidente Bush está esperando este veredicto". A la mañana siguiente, Cooper repentinamente anunció, "Ahora veo de lo que se trata: éste es un hombre malo que debe ir a la prisión". Y así se dio el veredicto unánime.

Pero si la megalomanía de Noriega no le permite verse como un criminal común, ciertamente no le permitirá venir a Panamá a estar en su mecedora, como alega Rubino. Noriega quiere regresar a Panamá para tratar de ser lo que era antes porque para él, nada ha cambiado.

La autora es corresponsal de La Prensa



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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