Santiago de Chile ha ido, lentamente, consumiendo los fértiles campos y viñedos que rodearon la capital chilena durante siglos; por ello, no es sorprendente que, en vista de los millonarios precios de la finca raíz, muchas bodegas santiagueñas hayan optado por trasladarse a otros puntos, otros valles de importante mérito vitícola. Pero la imponente Viña Santa Carolina, fundada en 1875 a escasos 6 kilómetros de la Plaza de Armas, continúa manteniendo su sede en el mismo sitio; con adición de tecnología de punta dentro de las entrañas de las venerables bodegas, es no solamente una institución, sino un productor de clase mundial de excelentes vinos. En compañía de sus enólogos Julio Pérez del Río y Evelyn Israel, tuve el placer de degustar varios de sus vinos: Comenzamos con el Reserva de Familia Chardonnay 2005 (Valle de Casablanca); 8 meses en barrica sin fermentación maloláctica lo mantienen fresco, aunque con el indiscutible carácter de la cepa, con equilibrada acidez. Luego pasamos al Reserva de Familia Carmenere 2005, que viene de 300 hectáreas en el sector de Cachapoal del valle de Rapel, atemperado con 8% de Cab. Sauv. y 6% de Petit Verdot, con más de un año en barrica. Tiene un leve resabio a “umami”, el famoso “quinto gusto” tan abundante en la soja y las algas, una sensación a savia, y luego el tabaco impartido por la madera y especias clásicas de la variedad. Me encantó además la personalidad que aportó la Petit Verdot. Otra muestra notable de la nobleza de los diversos terruños chilenos nos viene del afamado valle de Maipo: el Syrah (utilizan la etimología francesa ya que las viñas vienen de un clon francés) 2005 Barrica Selection, al que un año en barrica junto con 10% de Cab. Sauv. le dan “espinazo”, con las especias (pimienta, clavo, chocolate, vainilla) y las frutas del bosque que tan bien se funden al complementar la Syrah con un pequeño porcentaje de la reina de Bordeaux. En resumen, pasé una velada encantadora probando estos vinos, que luego tuve también la oportunidad de disfrutar con platos insignes de la cocina chilena, como el pastel de jaiba.
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