| ¿REGRESARÁ NORIEGA?
El color del miedo
Joaquín González J.
La encuesta El Pulso de la Nación publicada el pasado 16 de julio revela sobre el tema del posible retorno de Noriega a Panamá, que las opiniones están encontradas y curiosamente muy parejas. Casi la mitad de los panameños prefiere, según parece, que Noriega se exilie en otro país y que, por lo tanto, no venga a Panamá. Esta preferencia tiende a incrementarse conforme pasan los días y se aproxima la fecha de su liberación en Miami programada para el 9 de septiembre.
En general, para quienes así piensan es obvio que les importa poco si los crímenes y vejámenes cometidos por Noriega en contra de cientos de panameños los paga o no en la cárcel cumpliendo las condenas recibidas por estos actos. Increíblemente, al margen del dolor de las viudas y madres panameñas que aún claman por justicia, hay quienes ni les va ni les viene si Noriega, al salir de Miami, decide irse de vacaciones por el resto de su vida a algún idílico y recóndito lugar del planeta, lejos de nuestras fronteras. La prioridad, en consecuencia, para un significativo sector de panameños, que puede llegar a ser la mayoría, es que Noriega se vaya para donde le dé la gana, pero que no venga a amargarnos la existencia en Panamá. A mi juicio esta insólita conducta tiene un nombre. Sencillamente se llama miedo.
A diferencia del miedo natural y humano que se produce instintivamente cuando está en peligro la vida, este tipo especial de miedo es un miedo miserable que nos retrata de cuerpo entero ante el mundo, como un pueblo pusilánime que no se respeta a sí mismo como nación, o lo que sería igualmente penoso y terrible, un pueblo incapaz de apuntalar y fortalecer la endeble democracia que tenemos y que prefiere no correrse el riesgo de que con la llegada de Noriega a Panamá se multiplique el servilismo, el oportunismo y la complicidad que hasta la fecha no hemos podido o querido, sacudirnos del costillar de las instituciones democráticas. cierto es que podrían volver a convertirse en plaga endémica como en los tiempos de los militares en donde la corrupción se constituyó en dogma de fe.
Para colmo de males, el color de este miedo con sus diversas tonalidades y matices, Noriega lo conoce muy bien. Es por ello que se muere de ganas por regresar a Panamá. se siente con el poder de volver a pintar con el color del miedo a este país.
¿Cuál sería entonces el perfil de los diferentes grupos de panameños que sienten este miedo visceral ante el eventual retorno de Noriega a Panamá?
En primer lugar, por supuesto, y aunque parezca paradójico decirlo, están sus antiguos amigos y compinches del actual partido en el gobierno. Si, así como lo oyen, la razón es muy simple. Muchos de los miembros del PRD que vociferaron su apoyo irrestricto a Noriega en los aciagos momentos de la dictadura, son hoy altos funcionarios del gobierno de Martín Torrijos, quienes obtuvieron el triunfo electoral en la pasada campaña con el pregón de "Patria Nueva" y el compromiso de cero corrupción. Ahora ni susurran su nombre entre ellos ante la posibilidad de tener que enfrentar el eventual retorno de Noriega al país. El miedo de este grupo surge pues ante la incertidumbre de no saber a ciencia cierta si acatar lo que les dicta su corazón o su conciencia. Tener que lidiar con esta papa caliente, a no dudarlo, es un problema para el PRD y el gobierno de Martín Torrijos. Si deciden extenderle la alfombra roja a su llegada a Tocumen, acogiendo los dictados de su corazón, saben de sobra que el costo político sería muy alto. Si, en cambio, apelando al rescoldo de conciencia que los llevó a promulgar semejantes postulados de decencia y honestidad decidieran congraciarse con el pueblo panameño y le encomendarán, por ejemplo, a Balbina o a Colamarco la tarea de llevarlos esposado a la cárcel tan pronto se baje del avión, también es malo y que feo se vería.
Ante esta crucial disyuntiva, por supuesto que para el gobierno actual, es mejor que Noriega esté lejos y quien mejor que Francia, la cuna de la Revolución Francesa. La madre de los Derechos Humanos para que se encargue de este apestoso asunto. Además, según ellos, de esta forma matarían dos pájaros de un solo tiro, puesto que la patria boba panameña se sentirá de seguro complacida de que allá a lo lejos, otros hagan justicia por nosotros. Claro que se da por descontado que el pueblo panameño no recuerda, debido a su natural amnesia histórica, que el 7 de febrero de 1987 el presidente de Francia, Francois Miterrand, condecoró a Manuel Antonio Noriega con la medalla de Comandante de la Legión de Honor, precisamente durante la época en que Noriega abrió sus cuentas bancarias en París con los fondos del tesoro nacional de Panamá.
Por supuesto, tampoco nos acordaremos los panameños que luego de instaurada la "democracia", el gobierno del entonces presidente Endara solicitó formalmente por los conductos diplomáticos y legales al Gobierno de Francia, la devolución de este dinero (casi 35 millones de dólares), sustentando que eran fondos públicos robados por Noriega al pueblo panameño. En aquel entonces, el Gobierno de Francia, a raíz de esta formal solicitud de Panamá, autorizó la devolución de un franco simbólico como sublime bofetada a nuestro país y a nuestro flamante gobierno de aquel entonces. Por su parte, el Tribunal Correccional de París, paralelamente, condenó al encarcelado militar a 10 años de prisión por lavado de dinero del narcotráfico y la obligatoriedad de pago adicional a Francia de 75 millones de francos (unos 15 millones de dólares), para lo cual expidió una orden de detención internacional replanteada recientemente al conocerse la proximidad de la culminación de su condena en Miami. Esta solicitud formal de extradición de Noriega al Gobierno de Washington por parte de Francia ocurrió en momentos en que la diplomacia panameña, en cambio, esperaba convenientemente la decisión del Gobierno norteamericano, ya que según palabras del canciller Lewis Navarro "... es facultad soberana de los Estados Unidos decidir qué hacer con Noriega".
Pero bien, el segundo perfil de panameños que exhibe el color del miedo ante el eventual retorno de Noriega a Panamá corresponde a un selecto, diverso y numeroso grupo de panameños que van desde acaudalados empresarios y honorables ciudadanos de las altas esferas sociales, políticas y no políticas, de oposición y de gobierno que lograron camaleónicamente mantener un bajo perfil en la sociedad panameña durante la dictadura militar, pero que bajo cuerda participaron a doble carrillo de las francachelas de los milicos e hicieron sus fortunas mal habidas a la sombra de Noriega. Saben que les deben hasta el alma y el tener que depender del benevolente silencio de Noriega si regresa les produce un miedo en las entrañas que oscurece hasta la palidez del tuétano.
En este grupo encontraremos a quien menos uno se imagina. Es por ello que la flamante Comisión de Reconciliación Nacional nombrada por el presidente Guillermo Endara en marzo de 1990 con el propósito de descubrir la verdad sobre lo acaecido durante la dictadura de los militares y sus socios civiles nunca logró su cometido porque el Ministerio Público y los altos funcionarios del mismo gobierno de Endara pusieron obstáculos a la tarea y la clase política panameña suscribió un tácito pacto de silencio que se selló cuando el propio presidente Endara abrió las puertas de la impunidad al declarar al respecto que: para lograr la paz interna era necesario otorgar el perdón a los ex funcionarios del régimen de Noriega acusados de delitos políticos y a los encumbrados civiles que los apadrinaron y pelecharon a sus anchas. (La Prensa, 29 de marzo de 1990).
Pero entonces a fin de cuentas, ¿quiénes son los que no tienen miedo por el posible retorno de Noriega e incluso se atreven a exigir su retorno? Se trata de los civilistas de tuerca y tornillo, no de los aplaudidores de balcón ni de los conversadores de café, sino de los que saben a qué huelen los gases lacrimógenos y enfrentaron a Noriega sin más armas que el deseo vehemente de justicia para nuestro pueblo y un pañuelo blanco en la mano.
A este grupo de panameños idealistas, casi ingenuos, que lamentablemente fuimos utilizados por los políticos criollos y los oportunistas de siempre para lograr sus objetivos sin sudar la camiseta creo pertenecer. Por eso no tengo miedo de que Noriega regrese a Panamá. Estamos dispuestos a correr el riesgo de que Noriega y los panameños y avivatos miedosos se salgan con la suya, con tal de considerar la posibilidad de que finalmente se haga justicia y Noriega acabe con sus huesos en una cárcel panameña por el resto de sus días. No hay peor desgracia para una nación que el silencio cómplice de quienes pudiendo hacer el bien no lo hacen. Amanecerá y veremos.
El autor es docente, escritor y pintor
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