Al concluir los Juegos Panamericanos, nos queda un sabor agridulce. La participación panameña fue modesta, aunque lo suficientemente robusta para ofrecer un par de medallas –incluida una de oro– a un pueblo que ama el deporte y a sus atletas.
A estos, que vistieron con orgullo la insignia tricolor, nuestro sincero reconocimiento no solo por el esfuerzo que supone prepararse físicamente, sino por el desprendido gesto de permitirnos a todos saborear junto con ellos el goce de la victoria. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de la dirigencia.
La vergüenza es un concepto que no tiene significado para ella, que solo ve en el deporte la forma más fácil de comer y beber mejor, de viajar más y de sacar provecho político. Los deportistas solo vienen a justificar la existencia de federaciones y comités, pero no son su prioridad. Irving Saladino, por ejemplo, hace unos años entrenaba sobre un charco de agua de lluvia estancada. Y ahora esa misma "dirigencia" fue a entregarle su medalla. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a estos oportunistas del deporte? |