| DISCUSIÓN NACIONAL.
Mi vecina la violencia
Marcos A. Lim R.
La violencia, en sus invariables manifestaciones, se ha convertido, sin nuestra aprobación, en un fenómeno cotidiano: nuestra vecina. Su génesis y causas no han sido suficientemente analizadas, y sus consecuencias nos alcanza a todos.
Se observa una proliferación de las formas de violencia, a tal grado que corremos el riego de acostumbrarnos a esta forma de vida. La expresión de la violencia en todas sus faces y matices, a saber: violencia doméstica, violencia delincuencial, ambiental, contra el género y la violencia política, deben ser rechazadas porque destruyen la dermis social y aniquilan el estado de derecho. Hay que expresar taxativamente que estas conductas no pueden ser el camino del desarrollo como país y que como sociedad civilizada nos negamos a aceptar la imposición de estas costumbres.
Para muestra un botón: nuestro país se ha visto invadido por armas de grueso calibre y armas de guerra y cada día la situación se torna peor. Estas armas están en manos de delincuentes y menores infractores y nadie puede explicar el porqué pululan por doquier sin que la Policía pueda ejercer un efectivo control. Lo más lamentable es que gran parte de este arsenal ha sido suministrado por las mismas autoridades policiales a quienes les confiamos nuestra seguridad.
¿Pero qué están haciendo nuestras autoridades para contrarrestar esta violencia? Por más que veamos los titulares noticiosos sobre las capturas y desarticulaciones de bandas, es claro para nosotros que no hay voluntad para acabar con estos males endémicos. Y es que no hay de otra ante las omisiones y la negligencia de nuestras autoridades que se convierten en propulsores del crecimiento de la impunidad.
¿Y Qué estamos haciendo la sociedad civil, el ciudadano común, ante la plaga de la violencia? Nos hemos convertidos en cómplices silenciosos de su accionar. Todos sabemos dónde están y todos sabemos quiénes son los cabecillas. Incluso, somos amigos de estos capos difrazados de nuevos ricos y nos callamos. Y lo que es peor, departimos con ellos en fiestas y reuniones y les llamamos "Don" y "Señor". Son recurrentes patrocinadores de nuestras actividades comunitarias y hasta los convertimos en padrinos. No es de extrañar, entonces, que hasta en los tres órganos del Estado se encuentren bien camuflados estos desajustados sociales.
Emprendamos una discusión nacional, pero seria y racional, sobre la violencia, la impunidad y la seguridad pública. Pero esto no es suficiente, se debe profundizar y hallar las soluciones a este grave problema que nos rodea. Hay que mejorar las condiciones, no solo para neutralizar la violencia, sino para eliminarla.
El autor es ciudadano panameño
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