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hsucre@prensa.com Me gusta conversar con el colega Pete Romero. Dialogar con él es como subirse a una torre alta del conocimiento. Un día lo vi venir con el pecho alzado y un paso napoleónico. Estaba acompañado de una encantadora joven. Cuando me estrechó la mano, su leve sonrisa cambió de botón a rosa. Me miró a los ojos, levantó la mano izquierda y, como buen músico, comenzó a mover los dedos como se estuviera tanteando el clavijero de una guitarra invisible. Y al instante su orgullo de padre se confesó: "te presento a mi hija Sasha Veruzka Romero Ulloa, mi ruiseñor, la niña de mis ojos, mi inspiración..." Ya el ruiseñor no limpia los aires con su armonía. Su canto quedó aprisionado entre los hierros retorcidos de un día aciago en La Mata de Santiago de Veraguas. Pero como dice su padre: "Sasha deja huellas imborrables, era una caminante incansable; recorría la ciudad de canto a canto. Yo le preguntaba: ¿por qué tanto caminar? a lo que respondía: me hace bien para mi profesión". Tenía un porte impresionante. En ella se combinaba el romanticismo y la personalidad soñadora de Pete y los ojos almendrados, la gracia y el donaire de su madre, Gladys Ulloa, la inolvidable compañera del Ministerio de Comercio e Industrias. Sus estudios primarios los hizo en el Colegio Javier, los secundarios en María Inmaculada, estudio Bellas Artes (danza moderna) en la Universidad de Panamá. Posteriormente hizo estudios superiores en La Habana, Cuba, Ecuador y Costa Rica. Después incursionó en el teatro y dejó su corazón tatuado en obras musicales, comedias e infantiles. Una de sus últimas actuaciones fue bajo la égida de la primera dama, Vivian de Torrijos: "Detrás del Muro-Pandilla y la Torre de los Sueños". El día que murió las montañas de Veraguas se quedaron esperándola. Relata su padre que Sasha "era como un ruiseñor que cada mañana canta y canta para iniciar el día dándole paz y alegría a la vida. ¡Como las avecillas que vuelan de flor en flor para tomar el néctar y nutrirse de savia, para seguir viviendo y trabajando para la alegría, cultura y sano entretenimiento de los demás!". A sus 28 años llevaba consigo una sapiencia moral y espiritual prematura. Para todos tenía una sonrisa amable y una gran capacidad para entender a la gente. Cuentan sus colegas de danzas (Ramsés, Angelo, Felipe, Alexis, Gisela, Marieta, Marianela, Zelideth...) que le gustaba crear mucho, en cada baile ponía todo su empeño y en cada actuación improvisaba para inyectarle más vida a la escena. Su muerte fue como una estocada con sable caliente para todos, fue el detonante que rompió el dique que dio paso al torrente de lágrimas guardadas. Podríamos escribir tanto de Sasha que llenaríamos páginas enteras, en la misma forma que se llenaban los teatros en donde ella actuaba. Su paso por la vida fue efímero, pero todos sabemos que cuando una estrella fugaz cruza el cielo, este se torna más luminoso. Además en nacionales
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