| NO PODEMOS SEGUIR VOLTEANDO LA CABEZA.
Otro país es posible…
Pedro Sittón Ureta
Cuando la sociedad civil reclama a la clase gobernante una serie de políticas públicas claras en materias tan sensibles como educación, salud, medio ambiente, respeto a los derechos humanos, transparencia gubernamental y lucha contra la corrupción, o que los altos funcionarios empiecen a afrontar sus respectivas responsabilidades políticas es algo delirante, ya que pareciera que ese tipo de país no es posible con nuestra idiosincrasia.
Lo anterior, al menos en parte, pareciera ser cierto ya que debido a la propia indolencia de los panameños que nos hemos ido acostumbrado a aguantar "hasta que se pueda" o escandalizarnos "por momentos" de las situaciones denunciadas en los medios de comunicación, olvidándonos de ellas casi de inmediato, es algo que nos impide salir del círculo vicioso donde nos encontramos y que causa el agobio ciudadano en torno a sus instituciones democráticas.
Existen una serie de situaciones nacionales que son "secretos a voces" que todos conocemos pero, de igual forma, todos esquivamos la mirada o permitimos que la clase política gobernante nos convenzan que es parte del juegavivo del panameño, que nadie lo podrá solucionar y, a lo sumo, la ciudadanía solo cuenta con el "derecho al pataleo".
Lo anterior, queda reflejado en la corrupción en los entes de seguridad, en los escándalos existentes en la Corte Suprema de Justicia, en las actuaciones de fiscales ineptos del Ministerio Público, o en la "cara dura" mostrada por un viceministro que se encuentra involucrado en un claro caso de conflicto de intereses y tráfico de influencias para beneficiar a sus familiares.
Asimismo, pareciera que en nuestro país la responsabilidad política es cosa de "otro mundo", ya que el ministro de Salud y el director del Seguro Social siguen en sus puestos pese a ser, sin lugar a dudas, los responsables finales de la mayor tragedia sanitaria ocurrida en Panamá.
De ese "otro mundo", que acorde a la versión oficial se enrumba nuestro país, pero que la realidad nos demuestra que no es posible si sigue manteniendo los mismos vicios políticos heredados desde inicios de la república y que se acrecentaron durante los 21 años del régimen militar que promovía una cultura de corrupción y nepotismo con la cual se premiaba a los adeptos y se violaba sistemáticamente los derechos ciudadanos de los que se oponían a sus desmanes.
Si realmente queremos un país distinto, no podemos seguir volteando la cabeza e ignorar situaciones inaceptables como el atropello salvaje y violatorio de los derechos humanos por parte de los gorilas militaristas que pululan en el Servicio de Protección Institucional en contra de las víctimas y familiares de los muertos con medicinas envenenadas.
Tampoco deberíamos callar ante la actitud manifiesta de falta de transparencia gubernamental que ha habido en torno a la extradición de dictador Noriega y que evitará colmar la sed de justicia del pueblo panameño que una vez más ha sido engañado con un discurso oficial que no ha ido a la par de las acciones realizadas por las autoridades nacionales para lograr efectivamente tal fin.
No dudo que otro país pueda ser posible, pero mientras sigamos manteniendo en democracia una Constitución de origen militarista, de la cual ningún ciudadano se siente plenamente orgulloso, y no se dote a la sociedad civil de mayor participación ciudadana para exigirle cuentas claras a los gobiernos; ese Panamá del primer mundo tendrá que esperar, muy a pesar de los cuentos chinos que nos quieran contar.
El autor es abogado
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