PAULO COELHO
En el monasterio de Melk
Paulo Coelho
Especial para La Prensa
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ENCUENTRO. Una vez al año voy al monasterio de Melk, en Austria, para participar en los Encuentros Waldzell. Allí, durante un fin de semana, logramos lo imposible: hacer realidad una combinación de silencioso retiro espiritual con discusiones sobre la situación actual del planeta. Una vez al año me encuentro con el antiguo prior del monasterio, el abad Burk- hard. No disponemos de una lengua común para comunicarnos, pero su presencia me transmite no sólo paz, sino una especie de comprensión especial del sentido de la vida. En 2006, di una entrevista a la revista News en la que decía que Burkhard era mi silencioso mentor, advirtiendo que a él no le gustaría que le llamaran así. En un artículo, él niega ese título que le di, pero mostrando a un tiempo, una vez más, su sabiduría. A continuación, algunas de sus reflexiones.
EN BUSCA DEL SENTIDO. En uno de nuestros encuentros en los sótanos de la abadía, [Coelho] preguntó cuáles eran los pasos que debería dar toda persona para acertar con la buena dirección. Sin duda, hay muchos caminos equivocados en este mundo, que pueden conducir a la destrucción y al arrepentimiento. Hay otra serie de acciones que podrían compensar todo eso, pero que no son siempre realizables. Incluso las personas que no tienen fe conocen la situación del mundo. Esta conciencia nos permite (si contamos con la voluntad necesaria) mover rocas o volver a encender todas las luces que se han apagado. Cuando entré en la Orden Benedictina, tenía pocas razones para haber tomado esa decisión. Poco a poco, comencé a recorrer mi camino, a identificarme con él, al tiempo que no conseguía entender bien todo lo que pasaba a mi alrededor. Cada vez que sugería que algo debería cambiar, escuchaba: "¿Qué es lo que quieres exactamente? En este monasterio fuimos educados para pensar en procesos de siglos, no en transformaciones instantáneas".
Este comentario no me ayudaba, y yo me sentía distante de todos los ideales que traía dentro de mí. Una conversación con un viejo monje cambió mi visión del asunto. Cuando le comenté mi problema, me respondió:-¿Qué te molesta que aquí lo midamos todo en siglos? Sin problemas: no pienses más en esta cuestión, entonces, y haz lo que mejor te parezca, a la velocidad que juzgues adecuada. En ese momento me di cuenta de que todas mis grandes transformaciones interiores progresaban con gran lentitud, y que la presencia del Señor en mi alma surgía gradualmente. Para eso, es necesario que la persona pueda equivocarse de camino, probando atajos que no deberían tomarse. Poco a poco, gracias justamente a estos altibajos de nuestras vidas, comenzamos a comprender cuál es el buen camino. Y entonces sentimos una inmensa libertad para seguir adelante. Es necesario aprender a vivir con la energía que viene de nuestro interior, y que mantiene despierto el entusiasmo por lo que hacemos. En lugar de buscar en las grandes cosas las respuestas que necesitamos, basta con prestar atención a los pequeños detalles que normalmente nos pasan desapercibidos. Cuantos más cambios logramos en lo pequeño, mayor es la transformación de lo grande.
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