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Reportaje especial
Panamá, martes 24 de julio de 2007
 

EL MALCONTENTO.

¿Quién nos protege de la seguridad?

885579Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Domingo en la tarde. Una constante y metódica lluvia cae sobre la ciudad de Panamá, y las solitarias calles de la capital son arterias de un cuerpo semidormido, aletargado. Se maneja distinto en estas circunstancias. Hay un grado de relajamiento, de contemplación dominical que se disfruta en contraste con el caos semanal.

De pronto, caído con la lluvia y mojado por esta, un motorista del SPI se atraviesa en la vía provocando una serie de frenazos en cadena que no terminan peor gracias al duende que reduce las estadísticas de accidentalidad para salvarnos de las odiosas aseguradoras –esas aves carroñeras que te penalizan hasta por eructar-.

¿La razón de la arriesgada operación? Pues, imagino que la Primera Dama o similar venía de una parrillada con unos amigos y ante un súbito apretón en los intestinos le pareció adecuado parar tráfico y arriesgar la vida de los agentes de seguridad para llegar pronto al sagrado trono familiar.

(Paréntesis: Así uno entiende por qué ningún político podrá solucionar el asunto del transporte público, porque en cuanto llegan al poder no vuelven a ver un semáforo, un tranque o similar. Se acaba el paréntesis).

Esas son nuestras fuerzas de seguridad, las mismas que un domingo cualquiera montan guardia en las cuatro esquinas del restaurante habitual del director de la Policía mientras este departe con la familia entre pulpos al carbón y otras lindezas.

Son las mismas fuerzas de seguridad que atropellan los derechos de jóvenes negros y tatuados y que no ponen multas a blancos, en Toyota Prado y con apellidos.

Son esos policías que soportan lluvia y sol y que se ensañan con el más débil presuponiendo que cuanto más elegante o adinerado menos delincuente –cuando la fórmula es otra: cuanto más elegante y adinerado mayor será el delito cometido–.

Este no es un problema solo de Panamá. Leer el diario estos días de paranoia terrorista es como un chiste. Es decir, si hay que confiar en unas fuerzas de seguridad que se equivocan tanto, ahora sí hay que temblar ante los posibles ataques endiablados.

Unos ejemplos para la memoria. ¿Recuerdan los atentados frustrados de Londres en las últimas semanas? Los diarios –este incluido– titularon señalando lo grave que era que fueran médicos los presuntos terroristas. Se especuló, se divulgaron diversas hipótesis proveniente de Scotland Yard y se alertó al mundo estigmatizando a miles de médicos de origen musulmán. La noticia de la liberación sin cargos de dos de estos médicos tras días de arresto arbitrario salió publicada pequeña, invisible, sin peso periodístico. Ahora confío más en la policía británica, la misma que asesinó a un joven brasileño que pasó de ser un terrorista islámico a un pobre desgraciado que no había pagado el tiquete del metro.

Algo parecido le pasó a la policía y a la seguridad privada del aeropuerto de Miami. Hace ocho días cerraron la Terminal F, evacuaron a miles de viajeros y sembraron el terror por una bolsa que contenía cenizas de un difunto. El titular en algunos medios era "Bolsa que obligó a cerrar Terminal del aeropuerto de Miami contenía cenizas de una cremación". No, hombre… la bolsa no obligó a nadie y el titular que deberíamos ver algún día es: "Policías ineptos obligan a cerrar aeropuerto generando pérdidas millonarias y sembrando pánico".

Tercer ejemplo. Las líneas aéreas gringas, que se han convertido en algo así como una policía privada de los aires, son otras de las que habría que cerrar y sus directivos, encarcelar. American Airlines, dispuesta a controlar los impulsos terroristas de sus pasajeros, desvió un vuelo de Nueva York a Londres para bajar a un pasajero porque uno de los empleados de la aerolínea tenía sospechas. Por supuesto, el pasajero no había hecho nada incorrecto.

La pregunta no es qué derechos son conculcados diariamente por las fuerzas de seguridad, sino ¿cómo podemos confiar en las policías diversas si cada día meten la pata y esto no tiene ninguna consecuencia legal?

Mi teoría tiene que ver más con una estrategia del miedo más calculada de lo que un principio se podría creer. Cuando se nos bombardea todos los días con información sobre lo malas y peligrosas que son las cuatro pandillas de Panamá y se asocia estas a cualquier joven de barrio pobre, con los jeans a la cadera y tatuaje, se está generando el clima de permisividad social ante los abusos policiales. No pasará nada si se le va la mano al agente.

Esto a escala galáctica ocurre con la sacrosanta "guerra contra el terrorismo". Hemos animalizado tanto al ‘enemigo’ que las torturas ya son públicas y no incordian la moral pública, que la detenciones ilegales y los vuelos secretos de la CIA parecen un paquete vacacional a Disneyland, y que se ha logrado convertir a los ciudadanos atemorizados en los mejores perros de caza –o sapos caseros– del poder omnímodo.

A mí, personalmente, me da miedo este panorama y siento que si alguien no nos protege de tanta seguridad terminaremos escondiéndonos de nosotros mismos, asustados de nuestra sombra y, especialmente, de las de nuestros vecinos.

El autor es periodista



 
 
 
 
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