| NO DEJEMOS DE SOÑAR.
Destino incierto del Ballet Nacional
Lilah Troitiño A.
Cierto día, mientras pensaba qué se podía hacer por la Escuela Nacional de Danzas y el Ballet Nacional de Panamá, me hice la pregunta como la abogada del diablo: ¿Para qué un país como el nuestro necesita una compañía de ballet nacional?
A una persona como yo, que ha disfrutado el placer de bailar, de estar en un escenario, de sentir una emoción corporal al oír alguna de las músicas que componen el repertorio de los ballets clásicos o de extasiarse al contemplar la grandeza de la técnica con que los buenos bailarines ejecutan sus pasos, es fácil decir "es que el ballet es hermoso, es un arte que todo hombre o mujer debe apreciar".
Lo cierto es que la mayoría de los panameños o panameñas que no ha tenido un contacto directo con este arte escénico, podría señalar que existen en el país, problemas y necesidades de mayor magnitud, a los cuales el Estado debe hacerle frente de forma inminente.
Esto resulta cierto, sin embargo, no excluye la responsabilidad que tiene el Estado de definir dentro de sus políticas públicas un sitio de importancia para el tema cultural, llámese baile, música, teatro, pintura, literatura, etc. En esta oportunidad quisiera plantear algunas reflexiones en cuanto a la necesidad que nuestro pueblo tiene de nutrirse de la cultura, para buscar alternativas a esa situación de marginalidad que lo agobia.
Algunos afirman que esto de la danza clásica es para las élites sociales. Puede que en estos momentos lo anterior sea cierto, pero alguien se ha preguntado ¿por qué? La respuesta a esta interrogante es sencilla. No se le ha brindado a los hombres y mujeres comunes de este país, la oportunidad de participar activa o pasivamente de este arte. Quien no ha probado un exquisito manjar dice de salida que no le gusta, quien no ha ido al ballet o a una ópera, también dice que no le gusta; simplemente el ser humano es así, no nos gusta lo que no conocemos.
En estos momentos tanto la Escuela Nacional de Danzas como el Ballet Nacional están pasando por momentos difíciles, en los que no hay presupuesto estatal para pagar un salario digno a los bailarines, coreógrafos y maestros; no hay una instalación que llene los requisitos mínimos de seguridad y las especificaciones técnicas para bailar sin temor a lesionarse y, por último, son muy pocas las oportunidades que tienen nuestros bailarines, quijotes de la danza, de bailar en presentaciones, mucho menos irse de gira o de competir internacionalmente. Los únicos espacios que hay para el ballet en nuestro país son llenados por iniciativas privadas, que con su loable esfuerzo por lo menos brindan la oportunidad de que este bello arte no fallezca irremediablemente.
Pero yo me pregunto: ¿Aquellas niñas panameñas de estratos sociales no tan privilegiados, simplemente no tienen derecho a saber si pueden ser bailarinas de ballet? Yo creo que sí, yo creo que el Estado tiene que darle la oportunidad a todos los niños y niñas de este país para desarrollar sus talentos y habilidades. Si el día de mañana, u hoy mismo, no queremos estar quejándonos de la violencia, las drogas, los embarazos no deseados, etc., en los que se ven involucrados nuestros niños y niñas, abrámosles un espacio diferente, mostrémosles un camino distinto en el que se enriquezcan ellos como seres humanos y con el que gana el país. Yo creo que vale la pena.
Es cierto que el ser humano tiene que alimentar su cuerpo para vivir, pero también tiene que alimentar su alma para soñar, y todo el que triunfa en la vida es porque algún día soñó. No dejemos de soñar, no dejemos que muera el ballet en Panamá.
La autora fue integrante del Ballet Nacional de Panamá
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