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Panamá, domingo 15 de julio de 2007
 

EL PAPA DE VACACIONES.

¿El último exabrupto?

Emilio García Méndez

Como diría mi abuela usando una frase, de la cual dicho sea de paso, jamás supe su origen ni entendí su significado preciso, con este Papa, "uno no gana para sustos". Sin ninguna pretensión de exhaustividad, en los últimos meses Benedicto XVI, más conocido como Joseph Ratzinger, nos ha colmado de novedades. Algunas nos han dejado solamente perplejos, otras literalmente estupefactos.

Primero fue su exabrupto en torno a la identificación histórica del Islam con la violencia, reproponiendo una burda versión teológica del "choque de civilizaciones". Luego, durante su reciente visita (¿pastoral?) al Brasil su mención idílico-cínica sobre el carácter consensual de la aceptación de la fe cristiana por parte de los pueblos originarios del continente americano: "Cristo era el salvador que los pueblos indígenas anhelaban silenciosamente" (ver mi nota del 27.5.2007 en esta columna, El exabrupto como política).

Hace pocas semanas, fue el turno de la restauración del rito Tridentino con la misa en latín y de espalda a los fieles. Sin embargo, todas esas medidas pueden ser percibidas hoy, retrospectivamente, como una pálida introducción a transformaciones que apenas están comenzando y cuya real dimensión resulta hoy extremamente difícil de identificar.

En estos días y pocas horas antes de abandonar el Vaticano para salir de vacaciones, Benedicto XVI hizo público un texto oficial que sin la menor exageración ya está siendo considerado como la madre de todos los exabruptos. Se trata del documento titulado Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la iglesia. Ni falta haría hacer mención al carácter retórico de respuestas elaboradas por el mismo autor de las preguntas. El objetivo del documento no parece ser otro que el de cerrar cualquier debate, así como cancelar definitivamente algunas interpretaciones de corte ecuménico que desde el Concilio Vaticano II (1962-1965), parecían definitivamente instaladas, no solo entre los partidarios de la teología de la liberación, sino en la inmensa mayoría de la iglesia, con excepción obviamente de pequeños grupos representantes de las distintas variantes del fundamentalismo.

El corazón del documento en cuestión se refiere en forma inequívoca, al carácter exclusivo y excluyente de la identificación de la iglesia de Cristo con la Iglesia católica, lo que implica obviamente el reconocimiento automático de la autoridad papal. Dicho en otras palabras, la Iglesia católica es la única iglesia de Cristo y el Papa debe ser aceptado como autoridad suprema por todos los cristianos. Curiosa base para el diálogo de un pontífice que proclamó como una de las prioridades de su papado, el acercamiento con otras iglesias, comenzando obviamente por las cristianas ortodoxas.

Sólo resta desear al Pontífice unas largas vacaciones. Necesitamos tiempo para acostumbrarnos a la idea de la inminente restauración plena de la Santa Inquisición.

El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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