| TALENTOS.
Homenaje a Yoyo, Monchi y Salazar
Peter Szok
No se encuentran sus obras en el Museo de Arte Contemporáneo, ni se publicaron sus biografías en los lujosos libros que salieron para celebrar el centenario de la República. Sin embargo, estos artistas son los héroes de las multitudes quienes transitan diariamente en los "diablos rojos" o quienes admiran desde las aceras sus "galerías rodantes".
Yoyo (1926-) es el más viejo del grupo, y empezó a decorar las chivas en los años 40, cuando por la radio los panameños escuchaban a las orquestas afro-cubanas y se entusiasmaron con sus actuaciones en los cabarets y los toldos. Yoyo en esos tiempos también tocaba la trompeta, y sabía trasladar los pulsos de la época a las carrocerías y a otras partes de los autobuses, cuyo sentido estético siempre ha sido vinculado a la rumba y otros géneros musicales de las islas. Yoyo pasó parte de su juventud en el Caribe, cuyas playas después reproducía en pinturas capaces de causar asombro en las paradas y motivar a sus fanáticos a subir por la puerta. Los "diablos rojos" son un espectáculo, que igual que los boxeadores o los cantantes de salsa, utlizan apodos, pregones e imágenes para llamar la atención y humillar a sus rivales.
Monchi (1947) fue un rival y discípulo de Yoyo, que apareció en La Chorrera en la década de los 60 y controló las piqueras de Panamá Oeste hasta los principios de los años noventa. Como Yoyo, también se especializó en los paisajes, pero les dio un enfoque más interiorano. Monchi representó a Azuero y sus temas tradicionales, pero muchas veces su visión se complicaba con la aparición de un castillo o catedral de la Edad Media, una mezquita u otro elemento fuera del contexto. Las pinturas, igual que la música de los "diablos rojos", se abren constantamente a las nuevas influencias. Andan con stilo, humor e imaginación, y como demostró Salazar, al ritmo de la moda.
Salazar (1955) emergió en los años 70 y se convirtió en el decorador más ingenioso de su generación, tomando elementos de la radio y la televisión y haciéndoles algo muy propio y creativo. Sobresalen sus representaciones del mundo musical, sus pinturas de la Fania y otros cantores populares cuyas retratos mezclaba en combinaciones fascinantes. ¡Qué bonito es encontrar una de sus obras y admirar su talento y sentir sus ritmos! Salazar además ha sido un profesor bondadoso, y hoy su estudiante Oscar entretiene al público en la capital, mientras Tino, un alumno de Monchi, domina las rutas de La Chorrera. Ellos y otros artistas jóvenes batallan por preservar la decoración de los autobuses frente a la modernización del sistema de transporte. Es obvio que Panamá necesita modernizar el transporte público, pero soprende cómo avanza el debate sin tomar en consideración esta tradición valiosa. Es tiempo ya de abandonar los viejos conceptos, de abrir los museos y escribir nuevos libros y considerar cómo se puede conservar este legado, el legado de Yoyo, Monchi y Salazar.
El autor es historiador norteamericano
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