| HISTORIAS REALES.
Con Pablo y Marcola
Berna D. Calvit
bdcalvit@cwpanama.net
El libro El verdadero Pablo: Sangre, traición y muerte, de la periodista colombiana, Astrid Lagarde, sobre Pablo Escobar Gaviria (PEG), revela la aterradora y real dimensión del poder del narcotráfico; John Jairo Velásquez, alias Popeye, el más cercano secuaz de PEG, cuenta sin atenuantes, con franqueza y hasta con admiración, cómo funcionaba el imperio criminal de don Pablo; su influencia en la política y la economía colombiana; las muertes que ordenó, a "troche y moche"; los atentados que ejecutó; su pasión por las mujeres bellas, y su papel de padre y esposo. Catorce años después de su muerte, aún retumban en Colombia los efectos del poder del delincuente que hizo de la muerte un negocio para doblegar a la sociedad y al Estado.
Hijo de un campesino y una maestra rural, se inició como carterista y ladrón de lápidas de cementerios y de autos; en la cárcel -allá como acá, la mejor escuela para perfeccionarse en el crimen- aprendió el negocio de las drogas y el contrabando. En 1975 hace su primera venta importante de cocaína y en 1977 tenía el primero de los miles de millones de dólares que lo llevarían a figurar en la revista Forbes. Pablo se dio cuenta de que como político podía reforzar su poder; llegó a ser miembro del parlamento; se convirtió en el "patroncito" querido de muchos humildes a quienes regaló casas, canchas de fútbol, escuelas, electricidad, y hasta iglesias; vivía con lujos, excesos y extravagancias que eran como imán para lisonjeros políticos, deportistas, gente de alta categoría social, policías, jueces, artistas.
Al mismo tiempo sembraba el terror; para él ordenar muertes era rutina, fácil como masticar chicle o cepillarse los dientes. Ordenó asesinar al candidato presidencial Luis Carlos Galán y al ministro del Interior Rodrigo Lara Bonilla, a quienes no les perdonó haberlo desenmascarado públicamente y cortarle su carrera política. Ante la posibilidad de ser extraditado logró, con dinero y amenazas, que se modificara la Constitución (era tal su poder) para ponerse fuera del alcance de las autoridades norteamericanas. Murió acorralado como fiera, desafiante, sin mostrar arrepentimiento; y a pesar de su final es emulado por otros delincuentes, más sutiles y "empresariales", pero tan dedicados como PEG al crimen.
Un periodista del diario brasileño O Globo entrevistó en el 2006 a Marcos Camacho (Marcola), delincuente excepcional y poderoso, nacido en Sao Paulo, Brasil; a los nueve años de edad era carterista y al cumplir los 35 ya había pasado la mitad de su vida en prisión. Allí finalizó la enseñanza básica y asegura haber leído más de tres mil libros; se expresa como hombre culto y lo que aprendió en sus lecturas lo utiliza para imponerse entre sus "colegas". Para Marcola, la prisión, gracias a los narcodólares, es oficina y hotel donde no carece de nada; desde allí, como jefe del Primer Comando de la Capital, organizó violentos motines en las cárceles del país. La impactante entrevista a Marcola ha causado mucho revuelo, y con razón.
Dijo, entre otras cosas: "Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron; durante décadas era fácil resolver el problema de la miseria. ¿Qué hicieron? Nada. Ahora somos ricos con la multinacional de la droga. Somos una nueva especie; somos otros bichos. Ustedes son lentos, burocráticos; nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. La post miseria genera una nueva cultura asesina ayudada por la tecnología, satélites, celulares, internet, armas modernas. Mis comandados son una mutación de la especie social, hongos de un gran error sucio.
Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Sabe por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno". Marcola niega que haya posibilidad de acercamiento con la sociedad "normal". Algunos creen que la entrevista es apócrifa. Tal vez lo sea. Pero Marcola existe, es tan real como su temible poder y es, como afirma, "una señal de estos tiempos".
La narcomafia es un pulpo de largos y poderosos tentáculos; nada está fuera de su alcance. Recientemente se descubrió en Costa Rica un plan para asesinar a los ministros de Seguridad Pública y de la Presidencia; dice la noticia que el cartel del Norte del Valle en el Chocó, Colombia, adelantó $50 mil dólares de los $150 mil contratados para que 10 sicarios colombianos y dos ticos, vengaran el decomiso de 40 toneladas de cocaína a lo largo de los últimos 12 meses. En Panamá, dentro de la Policía Técnica Judicial, fue envenenado el inspector Brewster, presuntamente por el decomiso de 300 kilos de cocaína a un narcotraficante colombiano.
Es tremendo error subestimar la capacidad que tienen los carteles de la droga para penetrar todos los estratos de la sociedad; o clasificarlos como simples delincuentes pese a su gran poder, una realidad que es mejor conocer y reconocer. ¿Quiénes permitieron que Escobar Gaviria lograra tanto poder? Políticos, funcionarios y empresarios corruptos; los necios que deslumbraba con lujosas extravagancias; los mariposones sociales a quienes no les importaba la mala reputación del anfitrión porque hacía "unas fiestas soñadas"; los que recibían regalos sabiendo que los compraba con dinero sucio; los que le pedían favores que tendrían que pagar; los que prefirieron "hacerse los suecos". Es así como se le abren las puertas al infierno de las drogas.
La autora es comunicadora social
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