| URGE CAMBIO DE ACTITUD.
Yo colapso, tú colapsas…
Adán Castillo Galástica
Desde hace tiempo acariciaba el escrito que comparto con ustedes, sobre algunos de los síndromes que de vez en cuando se ponen de moda entre nosotros, o mejor dicho, entre algunos comunicantes. Tal el caso del colapso. Si uno lee, escucha y ve por televisión, no hay frase donde no aparezca el bendito término; tal pareciera que el mundo se nos hunde entre crímenes, violaciones y narcos. En días pasados, por ejemplo, escuché que un puente se venía abajo, colapsaba, porque se encontró varios pernos, presumiblemente de la estructura. Así, "colapsan" las casas, los cultivos y hasta la mente de algunos parece colapsar. El vocablo no estaría tan mal empleado, si comprendiéramos que poco a poco nos hemos venido retrasando en muchos aspectos de la vida. Tome Ud., la educación; el transporte, la organización institucional, en fin.
No obstante, cuando se trata de introducir algunos correctivos al efecto de medio empatar el retraso, entonces aparecen los catastrofistas esparciendo el colapso. Lo que en realidad existe en muchos de estos atavismos es el temor a lo nuevo, el miedo a avanzar en saltos. En suma, la lucha entre el progreso y el atraso. No el progreso de los que mucho tienen, sino el atraso de los excluidos, los del cuarto mundo. Otro temor es poner orden en las cosas: En los cultivos, en la producción, en los mercados y la comercialización; en la pesca y el ordenamiento de los recursos marinos y costeros; en las concesiones que afectan el desarrollo sostenible. Y así de seguido. Veamos el asunto de la red vial. Quienes hemos sufrido los entaponamientos en la carretera central durante períodos de cosecha, aprendimos rápidamente que la modernización se fundamenta en una red vial debidamente trazada en un país tan pequeño como el nuestro. Imaginemos el movimiento portuario de un postpanamax sin vías de acceso. O, en consecuencia, la actividad de la Zona Libre de Colón. ¿Se lo imaginan?
Veamos otro ejemplo: la ciudad ha crecido en forma desmesurada. Eso lo sabemos y lo sufrimos todos. La capital está siendo empujada hacia el mar o, mejor dicho, hacia el tanque séptico que nosotros mismos hemos creado, con la consiguiente contaminación de nuestra hermosa e histórica bahía. ¿Resultado? Menos pesca, ¿Y en la vías?: un verdadero infierno. Se afirma que unos 70 mil vehículos transitan la Avenida Balboa diariamente. ¿Qué hacer? ¿Seguir deshojando la margarita? ¿Hacer consultas hasta el fin de los tiempos hasta que los profetas decidan de una vez por todas cuál, cómo, dónde y en qué momento se atacará el problema?
El colmo, según leo, es que en medio de un mundo que viaja a velocidades siderales, no faltan argumentos que señalan que algunas obras marchan "demasiado aprisa", tal si tuviéramos todo el tiempo del mundo. A todo esto hablamos de competitividad, de ganar mercados, etc. Me da la impresión de que ya va siendo tiempo que nos dejemos de tanta mojiganga y enfrentemos nuestras realidades pensando en futuros. Y esto no tiene nada que ver con transparencias angelicales, consultas in eternum, etc., tal como ha venido ocurriendo con la limpieza de la bahía de Panamá, que al fin parece realizarse con la cinta costera, si es que no aparecen los profetas del pasado y entorpecen estos urgentísimos proyectos.
Nos urge en definitiva, un cambio de actitud y hasta de conductas ético-profesionales. O seguimos adelante con firmeza y audacia mental, o el tren-bala del desarrollo nos dejará a la vera del camino. Y esto no es nuevo, ya que se nos viene anunciando desde hace tiempo. Por el momento, reflexionemos y actuemos con un mayor sentido de país, optimismo, sin tanto egoísmo y estrechez. A menos que realmente pensemos que estamos condenados a colapsar de todas maneras, fatalmente.
El autor es comunicador
|