Ganarle la guerra a la corrupción no es cosa que se logra con leyes, con penas severas o con un "zar anticorrupción". Para enfrentarla hace falta voluntad y coraje, y ninguna de las dos cosas se perciben en la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Transparencia contra la Corrupción. Pero la verdad sea dicha: esa percepción no hay que facturársela por completo a la Secretaría.
Hay una concurrencia de hechos que dan como resultado una opinión desfavorable a los esfuerzos por combatir la corrupción, y la impunidad es una de ellas, atribuible al Órgano Judicial.
Otra parte hay que cargársela a los diputados, cuya labor se ve duramente lesionada cuando legislan solo para permitirse lujos que pueden pagar, pero que prefieren mantener al margen de sus chequeras. Y, por último, al Órgano Ejecutivo, que prometió una patria nueva con "cero corrupción". Lo que hay de nuevo son los rascacielos y una inédita forma de hacerse rico: comprar tierras en centavos y venderlas en millones de dólares. Lo demás sigue siendo el paisaje de la patria vieja. |