| VIENE DE LA 1B.
Proliferación de un fruto
Así sea de los importados en el supermercado, o nacionales del semáforo, el mango está por todos lados.
Ana Alfaro
Especial para La Prensa
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Como empecé a explicar en portada, las únicas indias que comían mango en el siglo XVI eran las que usaban sari, no enaguas ni taparrabos, cualquiera que fuera el rango social; y aunque es sabido que los estadounidenses trajeron muchas especies experimentales de mango, así hubieran los gringos sembrado mangos desde el río Tuira hasta el Calderas, no hay otra forma de explicar la proliferación de este exquisito fruto por toda la América tropical, desde el Perú hasta México.
Por tanto, he de asumir que el mango llegó, igual supongo, junto con el tamarindo y otras especies como el mangostín que ya contamos como propias, en los galeones de Manila que el emperador Carlos mandó a intercambiar especies entre Nuevo Mundo y Viejo, por allá cuando aún creían que había bastante planeta que repartir.
En realidad el objetivo de esta nota es explicar lo inexplicable: me percato de que aunque yo sea una purista, que disfruta del mango au naturel, para mí es inexplicable que alguien que vea un mango no tienda a comérselo tal cual e ipso facto. Inexplicable, sí. Incomprensible, no.
Existe, por ejemplo, un magnífico Napoleón de Mango y atún fresco que me he comido en 1985; innumerables inventos de Manolo Caracol y una ensalada que aprendí a hacer en las Islas Vírgenes hace más de 20 años, con mango, tomate, aguacate y albahaca. Es una delicia y solo necesita un chorrito de aceite de oliva y otro de limón, con pizca de sal. Pero la mejor forma de comerse un mango sin estrés, incorporado en una comida, es como una ensaladilla fresca, acompañando un sencillo filete de res frío o puerco liso; solamente hay que añadirle una cucharadita de aceite de oliva, sal y pimienta, y si se desea, o el mango está demasiado dulce, unas gotas de jugo de limón.
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