| CONCIENCIA CRÍTICA.
Ciudadanos, vasallos y megaproyectos
Carlos Guevara Mann
En La Prensa (7 de junio), Erika Mouynés pretendió criticar mi columna titulada "Megaproyectos, megadesastres y megacorrupción", publicada en este diario el 30 de mayo, con una serie de generalizaciones no comprobadas, lugares comunes y relaciones espurias (no "espúreas", como suelen escribir algunos). Me refiero a ella (la serie) para aportar al fortalecimiento de la conciencia crítica, elemento fundamental en toda sociedad democrática. Porque, contrario a lo que piensa Mouynés, la crítica debidamente sustentada es elemental para la ciudadanía democrática. No criticar o cuestionar es propio de las sociedades autoritarias y las mentalidades serviles.
Escribe Mouynés: "Los panameños nos caracterizamos por criticar todo ..." Lo primero que debe aprender quien pretenda fungir como analista o comentarista de opinión es que las opiniones (o aseveraciones) requieren sustento sólido y medible. Fue esa una de las principales contribuciones de los filósofos griegos de la antigüedad. Es raro que Mouynés no la conozca.
¿Qué pruebas pone a disposición del lector para sustentar su afirmación de que los panameños todo lo criticamos? No sé qué opine usted, apreciado lector, pero al respecto de este mismo tema, mi sensación -no corroborada- es que la mayoría de los panameños tiende a aguantar el abuso de poder. (Por algo escribió Demetrio Herrera Sevillano su famosa poesía Tú siempre dices que sí). De otra forma no toleraríamos los desmanes y la rapiña de los sectores gobernantes, incluyendo -por supuesto- el cuartelazo de 1968, la entronización de los militares y su saqueo desaforado de las arcas del Estado.
Dice Mouynés que los panameños también nos caracterizamos "por desechar los proyectos a largo plazo en pos de resultados inmediatos y efímeros". En primer lugar -nuevamente- no sustenta su aseveración. ¿De dónde deriva esa inferencia? En segundo lugar, insinúa que quien se opone a los megaproyectos necesariamente está en favor de proyectos "de resultados inmediatos y efímeros". He allí lo que en las ciencias sociales se llama un "falso contraste": oponerse a un megaproyecto no implica, necesariamente, estar a favor de proyectos "de resultados inmediatos y efímeros". En tercer lugar, Mouynés sugiere que los proyectos con resultados a corto plazo no tienen efectos sostenibles o importantes en la generación del desarrollo humano, lo cual es, también, absolutamente falso. Se ha publicado tanto sobre el particular, que sería cansón incluir aquí una lista abreviada de los autores que tratan el tema. Una fuente, sin embargo, merece mención, por su relación con nuestro país, su rigurosidad académica y su calidad literaria: el libro Panama's Poor: Victims, Agents, and Historymakers, de la Dra. Gloria Rudolf.
El mensaje subyacente en el escrito de Mouynés es que los megaproyectos son actividades positivas y naturalmente beneficiosas para las poblaciones aledañas. Como lo demuestran los estudios académicos sobre el tema, esa actitud hacia los megaproyectos es equivocada y peligrosa. En Megaprojects and Risk: An Anatomy of Ambition, el Dr. Bent Flyvbjerg, de la Universidad de Aalborg (Dinamarca) analiza en detalle los riesgos implícitos en los megaproyectos -provenientes, muchas veces, de la ambición desmedida de sus promotores y de los gobernantes interesados en llevarlos a cabo- y recomienda medidas que las sociedades deben tomar para asegurar la mitigación de los efectos negativos. El libro del profesor Flyvbjerg fue publicado por Cambridge University Press, una de las principales editoriales académicas del mundo y reseñado, en La Prensa, por nuestra corresponsal en Washington, Betty Brannan Jaén, el 9 de mayo de 2004.
Hay ciertos puntos que conviene destacar, sobre todo en el marco del bombardeo propagandístico al que nos tienen sometidos el gobierno y sus sectores empresariales aliados, con relación a las supuestas bonanzas procedentes de los megaproyectos iniciados o por iniciar. Para comenzar, el objetivo de un megaproyecto -como de toda empresa económica- es producir ganancias a sus promotores y accionistas, no resolver los problemas de subdesarrollo de la región donde está localizado. Los efectos positivos que un megaproyecto pueda tener en el desarrollo del área en que está situado dependen de la acción del Gobierno y de la fiscalización ciudadana, elemento importantísimo en toda democracia.
Los antecedentes históricos que tenemos en Panamá no apuntan hacia el compromiso del Gobierno con el interés público. Por el contrario, de la lectura cuidadosa de dichos antecedentes se desprende la tendencia al propagandismo con fines electoreros y, sobre todo, al atraco. Si, frente a semejantes antecedentes, hay quienes todavía quieren creer, a ciegas, en los supuestos beneficios de cuanto megaproyecto se anuncie, allá ellos (o ellas). Tienen vocación de vasallo: de creer y obedecer. Usted y yo, por el contrario, seguiremos exigiendo pruebas, cuestionando y demandando responsabilidades, pues ésas son -precisamente- las funciones del ciudadano en el sistema democrático que los panameños inteligentes y amantes de nuestra patria queremos instituir.
El autor es catedrático de ciencias políticas y fue director general de Política Exterior
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