| EL MALCONTENTO.
Ogros en cuento de hadas del Canal
Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
El tema del Canal es sacrosanto en Panamá. Es lógico: costó sangre y tiempo recuperarlo y es visto como un mega activo para un país de nuestro tamaño. Pero el Canal tiene un efecto curioso en la élite del país y en cierta clase tecnocrática acomodada a lo que el viento del poder determine.
Ahora parece un brumoso recuerdo aquel mercado de las pulgas en el que se convirtió el referendo sobre la posible ampliación de la vía interoceánica. Nadie habla ya del tema en cafés ni foros, aunque durante unos meses se convirtió en el cara o cruz de los panameños. Así funcionan las democracias occidentales: un acelerón que nos hace sentir que somos parte de algo importante y un cheque en blanco al ganador.
Ya nadie habla del Canal, vemos pasar las embarcaciones como pelícanos de la bahía y, como en ese caso, no prestamos mucha atención a las aves que buscan la rapiña al pie del mercado del marisco.
Un ejemplo. En los últimos días, el administrador del Canal -este ejecutivo intergaláctico que juega en otras ligas- confirmaba que ya hay que pedir el crédito que tanto se temía. Ese que solo se iba a buscar en caso extremo porque los benditos peajes eran la cuenta corriente infinita para la obra. Ahora, la brecha del tiempo se ha cerrado y a finales del año, la ACP (Asociados para Comprar Panamá) estará en el mercado financiero buscando hipoteca para sus sueños.
Pero miento al decir que nadie se acuerda. Me sorprendió gratamente leer el sábado en este diario a un catedrático de economía de la Universidad de Panamá, Víctor Hugo Herrera Ballesteros, que se dio a la tarea de estudiar el posible efecto negativo de la ampliación del Canal en la generación de empleos de calidad y en la redistribución de la riqueza.
Es probable que cuando lea este artículo ya se haya publicado una respuesta técnica de la ACP desestimando los argumentos de Herrera y tratando al resto del mundo como tontos. Esa es una de las características de la política de la república paralela: cierto monopolio del conocimiento técnico que la hace mirar a la república real como si se tratara de un manicomio o un club de estúpidos.
Yo, que debo formar parte de esta asociación de no inteligentes -la de la república real- encontré muy razonables los argumentos de Herrera. Sé que la economía es una ciencia exacta solo para justificar sus propios modelos. Sé también que si voy mañana a una conferencia de la Fundación Libertad todo me puede parecer razonable, así como me seduciría al otro día una charla del denostado Jované. Los economistas son los magos del camuflaje. Pero, permítanme decirles que lo único malo del artículo de este catedrático fue el título -y probablemente no lo eligió él-.
"Efecto distributivo de la ampliación", se titulaba el ensayo arrumado en la página 26 del diario y, probablemente, lo más interesante de toda la semana. Y digo que estaba mal titulado porque el texto demostraba justo lo contrario: cómo la construcción del tercer juego de esclusas y el aumento del negocio canalero generará unos beneficios para un pequeño grupo empresarial y cómo no va a permear al resto de las panameñas y panameños.
El texto es una perla, pero las tablas que lo acompañaban eran aún más impactantes. Panamá se vende al mundo como un país de servicios, con alta tecnología, dispuesto a incorporarse al primer mundo en la vianda del Canal. Herrera nos recuerda la Encuesta de Hogares en dos aspectos cuasi dramáticos. El primero, sobre los sectores que más personal emplean. He ahí el primer descubrimiento: Panamá es un país de jornaleros del campo y de empleadas domésticas -sector que imagino crecerá sin límites gracias a la llegada de gringos a vivir en torres que no siempre se construyen-. Hay tres veces más empleadas domésticas que maestros de primaria. El mundo patas arriba.
Lo segundo que me pareció revelador es que, como alguna vez he denunciado, no es lo mismo tener empleo que tener dignidad. Nuestros agricultores juntan al mes 136 dólares en salario, nuestros pescadores apenas superan los 240 dólares, los albañiles, 350, y los docentes logran el milagro de los 500 dolarcitos mensuales. Y la perla: el tan potenciado sector de la hotelería y los restaurantes, la solución a todos nuestros males, le paga a sus trabajadores una media de 239 dólares al mes.
¿Qué país tenemos y qué país queremos? El profesor Herrera Ballesteros nos muestra cómo seguimos generando empleos precarios -"con bajo perfil de capital humano", escribe él, todo educado y eufemístico-. El Canal no es una solución sino para los que trabajan en la ACP o para los que hacen negocios alrededor de él. El modelo sigue siendo el de los señores feudales, preocupados por sus beneficios y haciendo creer a los vasallos que, en realidad, todo lo hacen por el bien de la plebe.
Amanecerá y veremos. Ojalá el profesor Herrera -y yo, of course- esté equivocado. Eso sí sería una buena noticia.
El autor es periodista
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